Antes de fin de mes Editorial Martín publicará la segunda Edición de mi libro: Les adelanto un fragmento
INVIERTA UN HIJO
Un ángel llora con un niño muerto entre los brazos
Sobre un pesebre de humo seca angustia
Garganta de Dios
Día de gritos mudos
en la campana hermética de corazones yertos
Los vientos entrelazan almas en rondas
suben
bajan
flotan alas
No hay victoriosos ni vencidos
Infierno
Cielo
Una misma cruz germinada en el Hongo del Dolor
Se han perdido los rumbos en vahídos
y un idiota
besa
vientre al suelo
los pétalos intactos de su sangre
Se confunden los olores
el sudor que aventuró heroísmo en las alturas de la noche
lágrimas como lentes aguzando los ojos
Y es certera la metralla
porque la eternidad se elevó en niños
de lodo y disparos
Yo no creo en fantasmas
pero disparo al centro
del alma
(por si acaso)
Sé que morirás
como se resiste a morir esta guerra
con una granada entre los dientes
recordando el campo de tu padre
como un equilibrista a la borda de las Parcas
ante enloquecidos ojos
en el océano de las tumbas
Y vas cayendo
muerte
a
muerte
cada noche en que una sombra de enigma
se abre entre las grietas de la selva
—¡Disparen! —fue la voz del sargento
Ya no hay duda cuando el miedo nos aprieta la garganta
...Un quejido leve
como el llanto de un niño que espera el pecho de su madre
—¡Son niños! ¡Diablos! ¡Eran niños!
Y corrimos
Los dejaba caer el ángel ojos pájaro
Y nuestros cuerpos
a través de todas las madres
hundieron palmo a puño en las heridas
Entonces
toda la música del universo
es un grito ahogado a los abismos No hace falta llorar
Estás solo
El hambre se desmembra frente a los escombros
abre sus vísceras como fauces gigantescas
devora hombres
El prejuicio es un sabor inexistente
cuando las costillas arden como sables en la espalda
Comimos esa noche
y se hincharon los estómagos
con los aullidos bailando desde adentro
Escapa la luna a su tibieza
se refracta en pómulos brillantes de betún y hueso
Suspira la noche en su mudez
Los latidos son pesadas botas de escuadrón
resbalando por el cuerpo
Más sordo que un timbal abigarrado de melancolía
tan ciego
como el bastón con el que guían sus miedos enredados
En cada jirón del uniforme
la maleza del hombre
y sus pedazos
No conocen el rostro del verdugo
pero existe un hacedor de verdugos
bajo el antifaz de la bandera
de ahí la lucha:
Ver entre las franjas del emblema su cárcel
y la otra
la de ellos
en victoria
Hoy lloramos
Soy yo
y
seré yo
bandera a colores entre rejas de horror
iEs buen negocio el negocio de la muerte!
Miles de ataúdes cubrir de gloria
Manto ultraje
Millones los billetes
Infinita
la mezquindad
Nos sentimos invierno
amparando nuestros huesos para la emboscada final
La escuadra herida de muerte
ante nosotros
Entre las filas
abre boquetes la distancia
Cada uno reliquia el medallón de un compañero
El que estalló en el refugio
El que emprendió la avanzada
El que alzó nuestro cansancio
Pesan sus cadenas al bolsillo
como espectros que profetizan en el miedo su miedo
Ese miedo que nos torna más sagaces
Una línea de fuego despeina los anhelos
—Algún error —gemía el novato con el esternón alzado en lápida
¡Debe haber algún error!
Borra el caos ese instante de infantil lucidez
Alucinación presentida
Conciencia inútil de buscar a cada paso
nuestro nombre
entre los otros sin pasos
Horror
iAún quedan espacios vacíos más allá del universo!
donde las estrellas se nos antojan siniestras
donde la ausencia de la luna es el mejor de los regazos
Nada más será
Sólo humedad de tierra
y un beso de sangre que destemple los cuchillos
jCubran con un manto la fosforescencia de los huesos!
Hay lujuria en el rictus de las calaveras que desfilan sin tráquea
Y como una cachetada
el sarcástico pincel de una mariposa
Un fracaso de gusto áspero
como cientos de lenguas
reptando solas
por las grietas de la tierra
Cintillos sin dueño recorren las falanges
Acá
en esta hoguera miserable de sulfuros
fardos negros de plástico amontonan húmeros
rótulas
clavículas
rompecabezas del Dante
—jY aún faltan piezas! —llora un niño
Escápulas
fémures
la foto de sus padres
Y reza el reglamento:
No embolsar caliente
—Es un dogma culinario —sentenció la mujer del general
No embolsar caliente
mientras las trincheras aún estén tibias por el latir de la sangre mientras el llanto sale las botas del amigo
mientras aún se huela el sudor cubriéndonos la espalda
Me asfixia esta guerra etiquetada de incoherencia
Infiltradas de perfume las hembras generales
De las rocas florece un arcoiris
Hoy al arribo siete rostros afeitados
novatos imbéciles de uniformes impecables
seducidos voluntarios para el frente
Frente ingenua
Y yo estoy al pie
mirándolos
lamiendo profético
sus heridas
arropando terrores
cansado de este nido de serpientes
del derrumbe astral de cada bomba
del aullido agonizante que transforma en caos
los susurros expirados
Quiero ver a la vida ahuyentarse de la muerte
No más envíos
La portezuela del avión se me antoja una llaga que sangra verde oliva
Y seguir
Seguir el vuelo de metrallas con los brazos anidando las cabezas Seguir el rumbo de aguas rojas y cuerpos entroncados
Seguir el miedo
Seguir el himno que pesa herrumbre en nuestros pasos
y ya no continuar
El delirio de una brizna con curvas de mujer trepa las sienes Municiones como senos al pecho la tersura del acero
La sangre
semen
escapando agotadas nuestras fuerzas
De palpar los huesos beso y rojo
Manos desvariadas
Azota una granada el ángel
Siento que algún error
descuelga el infinito
Es más allá del canto de la piedra
donde es blanca cuna el estómago de un muerto
anónimo el caos
ajeno
el pastar de las ovejas
Dolor de ser uno y sin porqué
en una nueva plantación de tinta sobre la foja de las bajas
Luto encabritado
Tronar cañones y silencio de emboscadas
Hay un precepto solitario en un puño que se cierra
porque ayer lo vi
ese rostro que viste de enemigo no es un rostro
ayer lo vi
casi humano
casi niño
desmesuradamente solo
enfermo
aterrado
soñando bastones de azúcar
(como yo)
como yo
bárbaro
asesino
bestial que corre
lanzado sin piedad a un mismo abrazo de fuego
que nos mate y nos acune
Sobrevivo más allá de los acordes bajos de una acústica vacía Sobrevivimos ellos y nosotros
mientras nos horadan los tímpanos los aullidos de la peste
Mortal arrebato arrebatando mortales
Una sinfonía somnolenta en el pentagrama del poniente
Blancas calaveras de silencio
jMaldigan al hombre!
Soy un gorjeo que agoniza en la marcha de los pájaros
Se agujan los cadáveres en el tapiz de la muerte
Penetra el humus la sangre
Allí
donde el pájaro enhebraba semillas
en los antes jardines
los antes huertos
los antes cielos
hay un reloj destrozado con los brazos apuntando al infinito
ese espacio esposado hermano de lo eterno
profano y paradójico
como los misiles
las gotas de lluvia
las plegarias
Se fuga el trozo de hierba en medio de un corazón ensangrentado
Miro a lo lejos
tan cerca abrirse
las mandíbulas desencajadas de la sonrisa de Mefisto
y otro ojo
abierto
redondo
y brillantemente inútil
rodar por la ladera
Soy la profecía viviente de una cruz sin nombre
La boca en trino de un pájaro de lodo
Como un bostezo hastiado de tanto esperar la muerte
daré la vida sin un porqué a las fauces de la tierra
Pronto
las palas cubrirán de polvo el polvo de los huesos
¿Quién burlará una lágrima en los ojos del juego?
Ayer un compañero desertó en la lucha
no a la guerra de mentiras y verdades
de laberintos y emboscadas
de colinas tomadas y bases destru1das
no a la guerra de dioses y banderas
de tropas y aeroplanos
de tierras de nadie y tierras del error
Era su guerra de rocíos tempranos y sudores nocturnos
de cantos de cigarra y oídos sordos
de llanto de niños
Él cubrió con el vientre una granada
los brazos extendidos en santa inmolación
—Debo cuidar la simiente —arrullaba abierta su garganta
al nido de las vísceras
—Regar las semillas —lloraba con el llanto
Y alumbrando una explosión
la espalda en un hueco de corolas
vistió de sangre los ocasos
Ayer un compañero escapó a las nubes
Yo no puedo irme de la muerte
De la mano me lleva moribundo
y me voy
en ella
hacia adentro
cargando restos de sal por el llanto de las olas
resplandeciendo en la última bengala que un grito lanzó al cielo
abrigando miembros helados en esa zambullida
más allá de los abismos
Y los navíos fueron
Me pierdo en mí mismo
en ese laberinto de congojas donde extravié la ajena
en el desafinado acorde de los gemidos de la derrota
en el silencio de los pasos sin dueño
en este rompecabezas
que no quiero componer con mi parte de pésame
¿Correr?
¿Hacia dónde?
Los féretros se apilan como torre de cubos en manos de malabarista
Es tanto el llanto como los corazones púrpura en camas de hospital
como la fiebre y el terror
como las confesiones de haber asesinado
en los oídos del presbítero
(Hay extrema unción en los extremos de su mano)
Huir
Abrir las alas
El fin de la guerra nos dejará cachorros
huérfanos en este nido con olor a cuartel y sudor de batalla
con sabor a miedos y betún resbalando por las sienes
con dolor de llagas nuevas
y viejas caras esfumando la memoria
Pero amamos ese olor sabor dolor
lo reconocemos
a ciegas
como un niño recién parido al pecho de su madre
La guerra nos alimenta con su calostro
y nos inmuniza
A mi costado la humedad de la tierra tiembla
hay mil ojos en los ojos de la noche
en los ojos de la jungla
en los ojos del aire
Y ya no hay ojos
Un arco de horizonte se ha tragado los gritos
y truena
en rodada estampida
el frío rodar por las muñecas
Metrallan los dientes el beso de metrallas
el aire está cargado de siluetas
los espectros acarician con viento los cabellos
A mi costado la humedad de la tierra tiembla
y el sol enceguece espejismos de mujer
Es el alba
con un sol creciente que hará renacer el hedor de la carne
Pateo la furia de la fruta en el despunte
Ahora
que su madurez me recuerda el sexo de las moscas
iquitame
oh Dios apócrifo
esta hambruna de cuerpos calcinados por el mediodía!
La angustia pende boca abajo en el pendular del campanario
Cada vez más cerca de nuestras soledades alas cartilaginosas como un delta de lava
florecen en ramilletes de terror
De nuestras manos crispadas
escapan de las sienes
como escapaba al sol nuestro secreto de cuerpos desnudos
bajo el pudor de la paja
como el llanto en luto de la boca del hombre
como el gorjeo de una alondra ante la muerte de una estrella
La angustia pende boca abajo sus alas
hasta rozarnos
Por eso grita
Grita hasta que no haya oídos sin voltear a tus espaldas
Grita hasta el cielo y grita hasta las grietas
Grita insultos lágrimas sangre
nombres de nadie nombres poderosos
en nombre del pecado y en nombre de la guerra
en nombre del mar que muere
en nombre del hombre que ríe
por el nombre de Dios
por nombre diablo
al nombre del llanto y de la cruz sin nombre
Grita
Grita hasta detener la rotación del universo
Más allá de la noche del alma
La tierra aprisiona soldados bajo lápidas en línea
En el horizonte germinan dagas con empuñaduras en cruz
Y caerá la última bomba como lágrima de Dios
para vomitar del suelo a sus espectros
(Las mujeres se persignan)
Yo tengo una esquirla en la memoria
y alucino a mi madre pariendo
pariendo
pariendo
Genocidio de mi sangre en el vino espeso de la hiel
pariendo
hasta emborracharme de amargura
pariendo
una y otra vez
fetos con rostro de enemigo
Hoy vi un anciano de ojos grises buscando a tientas el lugar de su ciudad
Nada sabe de guerras que cambian geografías
Nada sabe
(y bendice su ceguera)
Sólo trastos y abismos a sus pies
Una grieta desploma el desayuno hacia la úlcera ardiente del centro de la Tierra
quemando vivos los bostezos matinales
Desnudas las bocas de leche tibia
blasfeman sed tapiadas de escombros
y no conciben el olor a boca de mujer vomitando inmundicias
a ríos plenos de pájaros en llamas
Busco en la memoria algún atisbo que dibuje en su luto la masacre ese tapiz bordado de huesos en labios sin voz
Arena y miel la boca que se infecta con los gritos huecos de un páramo silente
¿Acaso la fiebre aterrada de la primera desnudez?
Intersticios de almas cuelan las costillas arrasadas
como un cráter enorme abandonado por la tierra
Sarcástica ternura
Beso de fuego
Pero hay otra boca
helada de llamas que funde el iris del sol
La nombro muerte
He enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí
harto de gorriones anidando calaveras
de este crimen de paz herido el seno
sin vida
de este banquete de cuervos hastiados de carroña
perdido entre los gritos de esta guerra
La voracidad del hombre traga niños con balas en el pecho
y sólo he enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí
Son punzantes los ojos alumbrando hiel tras las hogueras
Las entrañas de una aldea vomitan coágulos de horror
vomitan medallas los pechos generales
vomita un enjambre de tumbas la tierra
vomito
yo
Un sudario de sangre jala las máscaras de esta comedia absurda
Con inocencia de aleteos febriles copula una libélula
Gritan que tienen alas las escápulas de un muerto
El morir es siempre virgen
Frágil doncella vejada del horror
No sé por qué seguir la huella
La guerra hace hombres así
con el gesto ridículo y humano de hacerle una tumba al enemigo
Hay algo de inmoral en este infierno
vestigios de lujuria amurallados en la crueldad
"Hazme gozar Señor de la impúdica desnudez de un cuerpo
sin sangre"
Y encascados
los niños aprendieron a gozarlo
Gesta cadáveres el ombligo del monte
cuando el escabro es una cintura leve que duerme en el bolsillo
Pero yo seré en los labios de tu sexo el anticipo de la muerte
Como cuchillas los labios parirán maldiciones
llamará a exilios demenciales la nostalgia
al primer capullo en los manzanos
al ternero que chupa de las tetas de su madre
De cartón son los puntales de la blasfemia
¿Debo recordar que estoy hablando de la guerra que un circo macabro tiende su carpa de humo que las naciones aplauden
que el hongo crece cobijando espectros
que estúpida flamea la victoria?
Tal vez alguno evoque la alegoría de un rasguño
Sí
Debo recordar que estoy hablando de la guerra
Soy mi resto desnudo de mí
un espectro que vaga en ripio de falanges
como manos náufragas abrasadas por la sed
La acequia emerge infecta de serpientes
jactándose de sus llagas
llorando lágrimas de orín hacia el abismo
Yo sólo puedo cruzar crespones como látigos
Y soy harto falaz en esta mímica
De mi cuello cuelga un proyectil
la bala con que maté mi primer hombre
cuando corrí a cazarlo
hundiendo
árticas mis manos
en sus vísceras calientes
Como un tatuaje rígido llevo esos ojos estaqueados en el alma
Un proyectil cuelga de mi cuello
Horca ineficaz
Los ojos siguen quemando al sol que quema
El aire ha mutado en un bostezo
Me encuentro en el oráculo de una efigie tramada en luto
Un tanque ha comenzado a roer la fronda
como a un jardín
las motas de sangre la fornican
Bajo los párpados la memoria destrenza sus aguas
y lenguas de dulzura anidan mis nudos
Terror de estar
vivo y huésped
en cadalso de este lazo con alma de mujer
Hoy el cuervo acelera los retornos
Soy gemelo a mí mismo en otra muerte
un salto al infinito vacío de Sus ojos
La guerra zurce prolija nuestras llagas
ante un sol verdugo afiebrado de sentencias
Sólo la noche
hembra madre del destierro
nos devuelve al seno del cansancio
Estoy desfigurado de mi ser
trizado idólatra en cuchillas de sangre
Fangosa mi alma los codos las rodillas
En llanto carcomida
mi niñez
—Y será entonces rechinar de dientes –repetía mi madre apocalíptica— Será entonces
Sin saber que hoy
(Nada más)
Yo
espejo en los ojos de aquellas madres que recibían a sus muertos
vi bajar en guirnaldas de los trenes cuerpos enhebrados
Bajé
Era setiembre en casa de mi padre
Ya no asustaba a las vecinas que en los ataúdes sembraran crisantemos
y subí al holocausto como un animal sediento a su propio abrevadero
Era setiembre en casa de mi padre
Las mujeres cargaron sus semillas
Enmarañado
el cabello de una mujer acaricia la maleza
con los ojos abiertos en un abanico estático hacia el horizonte
sus palmas hundidas feroces en el cuerpo de un niño
completamente desnuda de piel y llanto
Del delirio
belleza en fuga
Ciega de Dios
con una mueca en beso cayendo de los labios
La guerra es un aletear tristísimo de lluvias
Recuerden
yo he enterrado esa desesperación incesante de volver sin mí
Es la noche petrificada de la acecho
la burla del incesto con los hijos de la patria
debo seguir
trotando trampas de trincheras
Seguir hacia la nada
lamiendo miedo
y seguir
seguir
Seguir de ojos
de labios
de terrores
Seguir de angustias
de entierros
de aporías
Pero ya no continuar
Yo sabía del aroma de azahar en los naranjos
espinas y eternidad
Estoy en cópula con las llaves del infierno
Mirame
Ya he muerto
estoy abrevando de mi propia sangre entre la hierba
y he visto el rostro de Dios llorando sangre
Dame Señor un poco de tus náuseas
un poco de tu llanto
o tu vergüenza
porque ya no adolezco
Estoy seco de horror
Los astros saben de mi burla hacia lo eterno
Soy un pájaro lleno de silencios
perdido clarividente en noche de mil años
con la lengua blasfemando vértigos
El tiempo cauteriza el hedor de la carne
Cabellera poblada de hostias el vuelo de las aves
Ardiendo
los ángeles han huido
Pero no temas
No es morir presentir la muerte
Horca destronada
Vértigo y migración de ojos
Humíllala con el rocío de tu frente
Huiré por fin de ser esquivo
de la maleza acerada del espanto
Se desmembran los hombres al otro lado de las playas
Mortajas errantes
hastiadas hostias
eco torrente confinado al dolor solo
Hay una bestia en mí
insaciable de coágulos y exilios
una urgencia agazapada
Una cópula aburrida con los signos
Esta trinchera no parirá mi redención
Ajeno de inocencia he tatuado fetos en vientres de mujer
Encumbrada violación que anchas manos rasguñan insensatas
No existe bálsamo donde dar fuga a los despojos
Confines herrumbrados del pánico
Telón de escupitajos hacia el rostro de Dios
En la boca del lirio
es irrepetible
cada respirar
La tierra
mestiza sobreviviente entre botas y sangre
maga descalza en arrebatos de rocío
sostiene un soliloquio eterno con la ignominia de la cruz
y yo
Hermana Tierra
un sitiar desesperado a las lindes de mi cuerpo primitivo
El ángel lloraba su amargura serena
No sé si pueda recordar
¿Acaso soy yo
ese que camina cubierto de gloria y láudano
mezquino lujurioso de emboscadas?
Lamo el sabor inútil de los manzanos de la niñez
los cuentos al pecho de mi padre que olía a quietud
Y duele ausencias
destemplo ausencias
muy cerca de estos abortos infiltrados de medallas
Si terminara esta guerra adónde ir huérfano de lucha?
Parda profecía revienta
Estalla en secretos laberintos el pájaro de lodo
En las gargantas la furia palpitante de un corazón de hierro
Y hoy
que me arden los párpados en los ojos de Juan
en los míos
en los de todos los soldados muertos
me emborracho del llanto de los vivos
donde una redecilla se sueña
se eleva con aroma a azahar
y un jugo verde
pastoso
cuela las grietas
horada tumbas
cala mi asco
el asco de las damas de caridad que toman el té
y se instala ahí
justo delante y un poco más abajo de la inserción de la lengua
El asco decía
y los azahares
No sé cómo poemar azahar y muerte
Punzo mi grito como la cigarra su canto atrincherado
—¿Te acordás mamá?
El esqueleto me llevaba en brazos
riendo suelta su suelta mandíbula.
enorme riendo
devoradora
(y yo despertaba en llanto dentro de su boca)
La memoria puede expandir los tiempos hasta deformarlos
No sé por qué he venido
Ni siquiera soy poeta
El oficio de testigo siempre me produjo horror
Por eso sumo mi música al gemir de las esquirlas en el vientre Avanzo desnudo
con el odio como herramienta
con la visión de la muerte como coraza
(Eso dijeron)
¡Si yo sólo siento piedad!
¿Desnudo?
Tengo el abrigo de mi escuadra
De su presencia me embriago
El recuerdo sabe a vino caliente
mano caricia
a esa madre que arropa las hilachas
que aún conservamos de niñez
En un fogón que agoniza brasas traemos historias
Hay ojos pardos y sonrisas blancas
Hay llantos de niño y caricaturas del espanto
Hay puños cerrados y bocas
¡tan abiertas!
Estoy desposado con la guerra
¡Con esta guerra!
Por eso la comprendo
y permanezco en mi amada como en un capullo de aguas en sueño
Ella me ha preñado de infinito
Tal vez deba callar
MARCELA PREDIERI
miércoles, 14 de septiembre de 2011
viernes, 2 de abril de 2010
CUENTOS
LA CASA DE PIEDRA*
Está bien, si no con un sándwich a la salida es lo mismo. Pero creamé, es una fija. Yo sé por qué se lo digo. Mire, le sigo contando: yo nací en Mar del Plata, vivíamos justo acá enfrente, en la manzana 115. Sí, la que demolieron. ¿Ve? Por donde está pasando el 523. Mi padre era abogado de Casinos, así que le quedaba bárbaro. Teníamos familia en Buenos Aires, mi abuela y dos tías, y en enero, aprovechando el mes de feria, íbamos siempre para allá con tío Ezequiel. Él también vivía acá, en la loma de Colón, pero tenía una farmacia por la calle Luro, frente a la estación de trenes. Tío Ezequiel era una máquina: trabajaba de día y de noche. De día, frente al mostrador; de noche era adicto a otro tipo de mesas. ¿Que qué mesas? Todas: las de dinero, las de pocker, de Black Jack, Punto y Banca, los tableros y las barras. Era curador mi tío, sanador de dolores de cabeza, especialista en constipados y cistitis de señoras. Farmacéutico, bah, aunque sin diploma. No se preocupe, yo tengo el remedio para todo mal, decía. Pero era más que un doctor, pensaba yo en esa época. Gracias. Que la fortuna le devuelva más. Si no con un sándwich es lo mismo.
Mucho después me di cuenta de que hablaba de otros males: esguinces de la fortuna, mal de amor, maridos celosos, sueños inalcanzables, desconsuelo crónico. Para todos tenía su medicina, la que los mantenía vivos y expectantes por lo menos hasta la semana siguiente. Que una fija para la carrera del sábado, que un numerito para la quiniela, que un hágame caso: primera bola al diecisiete. Sale o sale. Yo vuelvo el domingo, si no puede dígame cuánto y le hago la gauchada. ¿O para qué son los amigos?
Mucha gente venía a ver a Don Ezequiel. Don era un título entonces, no cualquiera… Y yo los veía abrazarlo, darle la mano con un ¡gustazo! ¡Si no fuera por Usted!... o hundírsele en el hombro, agarrarse la cabeza… Y mi tío, siempre tan amable, campechano como pocos, los acompañaba hasta la puerta. No se desanime, vuelva la semana próxima. Ya va a ver… Gracias. Que Dios se lo pague.
Tío Ezequiel era un maestro. Sí. Un maestro en jugarse la vida, el sueldo, el reloj y la campera en la primera bola. Pero eso lo entendí muchos años más tarde cuando mi padre murió en un accidente en la vieja Ruta 2. Era doble mano en aquel tiempo, demasiado angosta para el recambio del primero de febrero. A nosotros la Virgen nos puso la mano encima, como decía mi madre. Pobre, mi vieja que nunca había trabajado, tuvo que empezar obligada, pero no quiso ir de dependiente a la farmacia; ella no iba a vivir a costillas de un cuñado; así que el tío la colocó en la inmobiliaria de un amigo en Buenos Aires. Y nos fuimos para allá, un poco apretados, eso sí; hubo que acostumbrarse a la escuela pública y a los viajes en colectivo. ¿Las vacaciones? Si no hubiera sido por el tío Ezequiel, apenas un recuerdo de la infancia. Pero él empezó a traerme a Mar del Plata cada vez que podía. En tren, eso sí, jamás en auto o en micro; condición inamovible de mi madre. Yo tenía que guardar faltas, ni una rata a la escuela, creamé, porque él llegaba allá los viernes pero recién veníamos para Mar del Plata los domingos. Todavía me acuerdo…El tío siempre de traje, el pelo negrísimo y engominado; todo un caballero. Durante el trayecto me compraba una gaseosa o dos; los sándwiches que me preparaba la vieja los dejábamos para cuando llegásemos porque nadie come en pullman. La vuelta siempre era una sorpresa. Algunas veces en El Marplatense, con cena en el comedor y una botellita de buen tinto para él; otras veces de a tres, sentados derechitos en los asientos marrones de la clase turista. A mí no me molestaba porque aunque no tuviéramos ni para un sándwich de salame, nunca faltaba quien te pasara un mate con un ¿gusta, Don? Y ofrézcale al joven, por favor… Gracias. Que Dios le de el doble.
Cuando cumplí los quince me trajo a debutar acá, fue en la casita de la Plaza Mitre. ¿No la conoce? A partir de ese día, en la mesa grande de los domingos en la casa de los abuelos, empecé a sentarme a su lado, nunca más con los primos menores. Tengo para él un gran futuro, solía decir mientras me palmeaba el hombro. Todo calculado ¿no?, se reía alguna de las tías. Y no falla ¿no? agregaba otra. Mi madre saltaba como una fiera con un: Al chico más te vale que lo dejes tranquilo. Tío Ezequiel me hacía un guiño. Son mujeres… Cómo me hacía reír. ¡Yo me sentía tan hombre! Gracias. Que tenga suerte.
Tres años más tuve que esperar para que me trajera a trabajar con él a la Casa de Piedra. Me compró un traje gris y una corbata de seda con un ancla. No me dejó traer mis ahorros. Pero a la salida te toca pagar la cena en la Taberna Baska, me dijo. Es tu primera visita; no falla, ya vas a ver. Y no falló. Negro el 17 en la primera bola segunda mesa a la derecha. Las apuestas no se levantan, indicó. Y no lo hice. Negro el 17… Después fueron el 11, otros tres negros y en seguida pasar a la tercera docena y los ladrillos. El sonido de las fichas me hervía en los oídos y en la cara. Así se hace, sobrino, así se hace… Fueron buenos años. Él me enseñó todos los secretos. Y yo era buen aprendiz. Que tenga fortuna, amigo. Gracias.
Al cumplir los veintiuno, mi madre se casó de nuevo. Un tipo insoportable. Yo armé el bolso, largué Bioquímica y me volví para Mar del Plata. El tío me llevó a trabajar a la farmacia. Ahí, claro, tenía que llamarlo Jefe. Que Dios se lo pague.
Para esa época alternábamos las venidas al Casino con tardes soleadas en el Hipódromo de Palermo. Y fue ahí mismo, con cincuenta y dos años cumplidos, que conoció a una mujer. Mala yegua. Mala yegua ella y su maldita obsesión feminista de de desechar cuanto caballo ganador se cantara como fija. Sólo potrancas. Y perdedoras además. Ezequiel estaba loco por ella. Sí, perdido es la palabra, porque fue perdiendo todo: nuestras noches de ruleta, el sueño, el depto, la dignidad, el rolex y la salud. Y a mí también, o casi, porque una noche no pude evitar cantarle la justa y nos fuimos a las manos. No me quedó otra que mudarme y me mudé. Me fui con la vieja otra vez a Buenos Aires. Gracias. Que tenga suerte.
Era mala hembra y no me iba a quedar para verlo mancarse frente a ella. Pero sí lo vi. Primero de a poco, cada vez más flaco, cada vez más amarillos sus dientes de tabaco o de caballo, ya era lo mismo. Y por fin, de un golpe a pleno sol de setiembre, frente a ella que gritaba como loca poco antes de terminar la cuarta carrera de la Polla de Potrillos. La ambulancia no tardó en llegar pero el corazón le había corcoveado fiero. La mina ni apareció por el entierro, si me permite llamarlo así. El tío había dejado testamento y una carta con su última voluntad: quería ser cremado y que arrojaran sus cenizas en la pista antes de la primera largada de sábado. Ese sábado era el Gran Premio Polla de Potrancas. Puras yeguas, me dije, y de la muy yegua, nada. Que la fortuna le de el doble…
Las burritas se ubicaban ya en los Boxes de Exhibición, recorrían la Redonda para que pudiéramos apreciar su estado físico y realizaban el clásico paseo por la Pista. En ese momento esparcí lo que quedaba de Tío Ezequiel. ¿Será para que te acuerdes de cómo te puede pisotear una pollera? me insinuó un viejo colega. Se me hizo un nudo en la garganta. Y… habrá que creer en los mensajes del otro mundo, le dije con resignación. Siempre me acuerdo que el tío contaba cómo, cuando tenía siete años se le había aparecido en sueños un hermanito muerto de tuberculosis para cantarle el número entero del Gordo de Navidad. Él había corrido a decírselo a su madre pero como no tenían un mango para comprar el billete, con lágrimas en los ojos lo mandó a él mismo con una notita y las monedas hasta lo del almacenero de la esquina que levantaba quiniela. Con 47 terminaba. El número salió cantado. Esa noche compraron sidra y al día siguiente fueron todos al cementerio con las calas más grandes que se vieron jamás. Yo, en realidad, no creía que fuera cierto. Gracias. Que Dios lo bendiga.
La cuestión es que las potrancas casi estaban llegando a las gateras cuando se acercó un gordo de pelada brillante: ¿El viejo te dejó alguna fija? Seguro, me reí. Segura, querrá decir, respondió el gordo, qué raro, es una de las mayor sport. Mire, hay que creer o reventar: ahí mismo me di cuenta. No miré, en las Performances del Programa Oficial, en qué puesto había salido esa potranca en las últimas carreras; no miré quién era el Jockey ni pregunté por su entrenador. Corrí hasta las ventanillas ubicadas en las tribunas; podía tramitar apuestas sólo hasta el cierre del sport y faltaba poco. Todo lo que llevaba era la guita para pagar un nicho por cinco años en La Chacarita, que íbamos a llenar con una urna falsa para que mi abuela tuviera dónde ir a llorarle. Muy creyente, la abuela. Aposté a ganador, el operador me entregó el ticket de apuesta. Y no miré más que la largada. Me sumé al aplauso de los amigos trajeados por respeto, y cuando el polvo se arremolinó entre las patas de los animales… al ver cómo las yeguas le pasaban por encima, no puedo negárselo, lloré. Pero no por él, el tío se estaba elevando junto al polvo en medio de la Fiesta Hípica. Era su Gran Premio. Y supe sin que la Comisión de Carreras diera a conocer el resultado oficial, que podía ir hasta la ventanilla y esperar a cobrar. Gracias. Que Dios siempre le dé más.
Saqué de la basura la caja de zapatos que había oficiado de coche fúnebre para llevar al Tío hasta su última morada, deseché el tarro ámbar y puse la guita. Una larga fila de amigos se acercó. También el gordo de la pelada brillante. ¡Sigue cantando la justa el viejo! Nos vemos la semana próxima en Mar del Plata ¿sí? No, le respondí. Está bien que el tío me haya heredado la farmacia pero hay que hacer tanto papeleo con todo esto… Nos vemos en un mes o dos. Está bien, pero no te lo gastés todo ¿eh? Que Dios se lo pague. Muy amable. Tenga fe.
Me hice cargo del negocio en menos del tiempo pactado. Si a la ceremonia de las cenizas había ido mucha gente, el desfile por la farmacia fue interminable. Mujeres jóvenes que decían que Don Ezequiel era un Santo, ancianos que me preguntaban qué iban a hacer sin Don Ezequiel, y acreedores, docenas de acreedores. Algunos traían pagarés, otros argumentaban préstamos de amigo y los más, cara de matones, a los que pagué sin preguntar. Durante un tiempo seguí con el negocio, levanté quiniela, abracé a las viejas, di préstamos a cambio de sortijas de enlace y alguna que otra pelotudez hasta que apareció la blanca. Y fue que no, sin vueltas. Nadie iba a ensuciar la memoria del tío y yo no me iba a hundir en su memoria, mucho menos. Así que el negocio siguió despachando de aspirinas y antiácidos hasta que volvieron las boletas, las fijas y dos mangos al cuarenta y siete. Años tranquilos, pero nada es para siempre; y la fortuna tampoco es para todos. Muchas gracias. Que tenga suerte.
A partir de aquí todo se acelera. En pocos años llegó el Prode, se oficializó la quiniela, y los bingos invadieron la ciudad. Que la inflación, que el dólar, que los saqueos y los pibes que salen a chorear; que el corralito, que el corralón… Y sí, es Argentina. ¿Que cuánto hace de esto? Casi veinte años, tiene razón; pero veinte años no es nada. Además la vida es una apuesta. A veces me pregunto si la mía valió la pena, o la de él… No, Señor, no me de otra moneda. Ya tengo bastante. Gracias. Hoy entró mucha gente. ¿Me puede hacer una gauchada? Póngame esto al 17 en la primera bola, segunda mesa. Imaginesé, con esta facha no me dejan entrar. Yo lo espero a la salida. O mejor en la Taberna Baska. Sí mejor lo espero allá. No se preocupe, jefe. Es una fija. Invito yo.
*se suele llamar así al Casino Central de la ciudad de Mar del Plata, Argentina
Publicado en revista La Avispa, nº 22, Mar del Plata 2003
LA SELVA LIBRE
Y vos y aquel y cualquier otro, nos levantamos juntos sIn saber, para saber y por qué no, que cualquier mono que se precie no es más que un mono. Y el pellejo tira y aunque no queramos nos encontramos sacándonos los piojos con dedicación casi absoluta se transforma en la obsesión de todos los días.
Y es así, para qué más, podés decirme. si querés otro día volvemos a encontrarnos, pero no...
Yo sé del juego de arrancarse la piel. Con una basta. Una vez, no piel aunque la piel sea una y se arquee reptando sobre las sábanas que se acomodan primero a la tibieza de mi forma y penetrando impúdicas primero -las profanas- por los huelgos que dejamos de vergüenza porque siempre está ese darse entero pero no, clavar las uñas hasta ahí, abandonarse al tacto del otro siempre y cuando pierdas el desenfreno total de un éxtasis que desanuda cada uno de tus lazos menos el hilo invisible con el que imaginás precintada tu cintura, para que en todo momento, el rollito quede sostenido y al volvernos la panza no se vaya de costado.
Las sábanas, decía, ladronas que se apropian de la temperatura de nuestros cuerpos y terminan arrugada, se enredan a los dedos d e los pies y ala rodilla en la vuelta como para recordarte que ahí están porque al fin y al cabo un poco de rebeldía adolescente está bien como este regalo que me doy, que me diste aunque la sábana quede manchada como mi nombre y a la sábana la agarre y la estruje y la muerda, porque ya vas a ver, que esto de andar sintiendo no es así de fácil; porque el que las hace las paga Habrase visto: andar gozando así sábana hija de mil...
Del libro Del Papelero, Ed Martín, Mar del Plata, 2002
CARTA ABIERTA
Estimado Padre Eduardo:
Esta carta no respeta las liturgias, mucho menos la de La Palabra, pero me urge reconciliarme conmigo misma, con la humanidad y principalmente con el Verbo Encarnado; por eso necesito que escuche (lea) mi confesión.
Para ser concreta, Padre, me acuso ser una representación; si no fuera así, ya me habría acercado al confesionario para enfrentarme a U usted sin simulacros y no estaría escribiendo esto. Pero no soy actriz o sea que dar la cara no es mi fuerte y por otro lado, sólo al escribir soy sincera, ya que es lo único que sé hacer 0 engendrar, como prefiera. Además, a las palabras se las lleva el viento, a los secretos de confesión... vaya a saber. Y yo quiero que esto sea un .doc Así que hágalo público, si quiere:
Padre, yo siento la necesidad de romper los moldes, las reglas, las hormas, las matrices, los montajes, las instalaciones. Es como si una asfixia abarcara y oprimiera toda mi piel, sofocándome hasta extinguirme. Muchos se conforman con la vida que les tocó vivir, aunque al hacerlo se desfiguren, distorsionen, deformen. Conformar... Deformar... Me pregunto si serán sinónimos o antónimos. Un prototipo, cualquier modelo o paradigma se acomoda, te acomoda a una casilla, a un apartado; te aparta, te empaña, te rotula: "hombre sin rostro", te ultraja. A mí no me alcanza un tipo de vida, Padre, los quiero todos.
Por eso despojo y calzo íntegro cada uno de los infinitos pellejos de los hombres y trato de hacerlos míos; robo vidas y las siento, vivo como propias... las cuento. La de quien ama y de quien sufre, la de la señora gorda tomando el té de las cinco en punto, la del drogadicto, del apático o el burgués de m..., la del soldado valeroso y del cobarde, del político y el mendigo, el verdugo y el ahorcado, del subversivo y el represor, de las Bovary y los Fierro... Entonces invento, fabulo, miento. Eso es, Padre, el escritor: un gran mentiroso. Y yo escribo.
Pero ¿sabe? Al robar vidas, las vivo para mí y las vivo para otros. No quiero disculparme, no, al contrario; estoy condenada, lo sé y soy culpable no sólo de robar o mentir sino de los siete pecados capitales porque si fuera verdad que tengo una misión, entonces, cómo explicar cuando en ocasiones, colmada de pereza, transito las profundidades sin decidirme a habitar el cuerpo de mi alma y paso días, semanas, meses sin escribir, temerosa de enloquecer si lo hago y segura de que si no lo hago, finalmente enloqueceré. Entonces, el germen o el gusano de la envidia me penetra y las vidas de otros, virtuosas o perversas, sencillas o intrincadas, comienzan a seducirme, a incitarme... y las ansío, Padre, porque derrochan vivencias que yo jamás experimentaré, vierten las I historias que yo nunca seré capaz de narrar, descifran los libros que en-.al vida alcanzaré a leer. y.,( abarrotada de codicia parto a investigar, a escuchar detrás de las puertas y las almas, a mirar hacia dentro de los ojos, a robar sus alientos en busca de una línea... y anoto datos, acumulo, como un preciado tesoro, cada referencia en mi cuaderno de notas, en el revés de la cuenta del supermercado, en los márgenes de los libros y, le confieso, Padre, que cuando empieza ese proceso de encarnarse en otro, ya no como Santa Concepción, sino Calvario donde crucifico mi comodidad y asumo igual que Cristo los pecados de los hombre, le juro, y no es herejía, Padre, que siento que voy a redimirlos pues llevo conmigo todas las miserias; también todos los placeres, dirá Usted pero de eso no se escribe.
Por eso, para saldar mis deudas con el Señor, si quiero ser justa, debo acusarme también de gula, una gula feroz por saber más y más, tanto que devoro y me engolosino con el respirar de cada uno de mis personajes, me acaramelo con sus poemas, saboreo la melodía de sus voces y cómplice, amaso situaciones para hacer también míos todos sus sentidos... y paladear su lengua, sus ojos, sus tactos. Termino mamando un calostro que me inmuniza del afuera, atiborrada de mí y sin poder saciarme nunca.
Lo sé, Padre, me revuelco, para ser exacta, encendida de lujuria con ese personaje que estoy creando, que soy yo y es otro y... hermafrodita, erizo mi piel. Me cuesta escribir esto, pero ¿podría Usted, que sabe mejor que nadie de las luchas de la carne, interceder por mí ante el Altísimo? Es talla fiebre, el goce de descubrir los más íntimos anhelos, la excitación de penetrar la mente, la voluptuosidad de ser en sangre, lágrimas, semen y saliva solo uno... Es tal el deseo y tan ingobernable. "¡Oh, pureza!" clamaba Rimbaud, como yo clamo. ¿Habrá perdón para mi alma?
Ya habrá advertido que he guardado la ira y la soberbia para el final. El primero porque es el más doloroso y tal vez sirva, en parte, para purgar mi penitencia. Lo que sucede es que cuando mi personaje o mi poema no responde, no crece, no se desprende de mí y adquiere vida propia, siento al desgarro de la cólera estallar en furia, gritos, llanto... y rompo originales, destierro páginas completas, incinero el trabajo de meses y caigo presa en tamaño hermetismo que soy capaz de vagar violenta y sola, y en esto hago especial mea culpa, hasta que todo lo demás desaparezca, incluso mis otros hijos, los de la carne.
El segundo, en cambio, es el más terrible. Sólo se manifiesta si la obra creadora llega a su fin; y si se concreta, no existe sino el éxtasis y por qué no ponerlo con todas las letras: me siento Dios y, en mi infinita soberbia, creo que mi obra y Él y yo somos uno, Padre; y nos exhibimos, obligando a los otros, lectores y orejas pacientes de recitales poéticos a compartir nuestras impudicias, como si tuviéramos algo que decir, algún don que nos hace dignos de ser oídos. Y creemos que lo hacemos por el arte, ¿le parece a Usted?, por la cultura... Me da risa.
A medida que escribo esto, Padre, es como si lo estuviera viendo menear la cabeza "Pobre criatura humana -dirá--, es tan débil como sus mentiras. " ¿Verdad? Pero yo sé que le estoy mintiendo también a Usted, no sólo a ellos que creen que el escritor es una especie de héroe neoclásico con mil odiseas sobre los hombros, un enajenado que se agita en estado violento o quizá aquel profeta olvidado que sin embargo tiene algo para revelar... ¡Es mentira!
Reconózcalo Padre, la culpa es de ellos. Al fin y al cabo ¿a quién le interesa si los lugares que invento en realidad no existen si puedo hacérselos ver? O que Usted sea sólo una ocurrencia y esta confesión, un fraude. Ah, eso sí, les encanta creer en ese amor que me desgarra, ese chisme, esa vida tormentosa y arriesgada a la que ellos no se animan... En eso sí... Tampoco les importa cuánto duela -salvo a tía Elisa a quien al mostrarle mi primer poema galardonado me respondió: "¡Ay, nena, qué mal debés estar!" O al imbécil que hizo un ensayo poniendo en duda mi sexualidad porque había escrito en "Invierta un Hijo" desde un yo masculino. Y ¿qué pretendía? ¿Que inventara otra Juana de Arco para escribir como mujer-soldado en la guerra de Malvinas?-. Vamos, no sea ingenuo...
Miento, pero miento porque la gente me necesita, porque no todos tienen la suerte de trasmutarse, de sentir la mordedura de la sociedad y sangrar, de no hacerle caso al miedo y decir lo que otros no se atreven ...Yeso es horrible. Es como si la vida les pasara de costado y la miraran de lejos. Y si la sienten y no pueden hacerse grito, peor aún... Alguien debe hablar, denunciar, burlarse del espíritu de la época. Tal vez, Padre, yo no tenga derecho a callar. ¿Ha visto Usted alguna vez los ojos de los mudos? ¿Los ojos de un torturado con mordaza?
Pensará que engaño y es cierto; pero ¿qué importancia puede tener que mi alma se pierda si existe un lector que llora, ríe, o enmudece con lo que yo le cuento, miento y solo, sólo por unos minutos, se le mueve algo...? Yo no inventé nada nuevo, apenas otro disfraz de voces para la misma historia repetida. El que lee, elige y si alguien llegara a elegirme, tal vez valdría la pena dar la vida por los amigos.
No sé si esta confesión por escrito será válida y si Usted, Padre, en nombre del Verbo hecho Carne podrá de esta forma darme la absolución, pero ya no la necesito; como diría Cortázar, me siento exorcizada, he vomitado a mis monstruos, he escrito otra mentira y no me importa. Existen mentiras que valen la pena, aunque nos condenen... Porque tengo hijos y quiero que puedan seguir escribiendo cartas verdaderas a un Papá Noel de mentira, y que siempre exista alguien dispuesto a meterse en el cuerpo de otro, a andar a tientas en la noche e inmolarse para que sus caras se llenen de risas y de bicicletas ya nosotros de lágrimas los ojos, Padre. ¿O acaso Usted no cree?
Disculpe, no sé si estaré cometiendo un sacrilegio y con esta carta, firmando mi pase a la gehena, pero no puedo "prometer firmemente no pecar más". Tal vez sea verdad que cargo con la maldición de la palabra y sólo pueda seguir escribiendo.
En su Nombre, el del Verbo y el del Espíritu de la Palabra. Amén
Humildemente
Marcela Predieri
(Mujer que escribe)
publicado en Revista Transiciones, 2008
ORA PRONOBIS
El número de la patente me cacheteó. El auto estaba irreconocible, las llamas llegaban ya hasta el cableado de luz, pero la chapa había volado hasta ahí nomás, como el cuerpo. Digo así porque, hasta ese momento, no me había dado cuenta de que ese cuerpo era el Pepe. Y le juro que entonces reaccioné. No podía ser otro. Me habían mandado a avisar que algunos, y la cana, claro, lo andaban buscando pero yo no creí que se atrevieran. ¿Cómo podían ser tan hijos de puta? Y me retorcí de tal forma que tuve que entrar corriendo para no vomitar.
El había pagado como siempre, pero ellos decían que no, y ahora estaban ahí, fumando a su puerta como si tal cosa. Qué destino de mierda. Por cuatro cajones de vino tinto. Pepe hecho sangre y baba contra el piso.
Traté de no mirar demasiado, para que no me vieran, para no involucrarme, porque la cana ya estaba limpiando todo, pero con un ojo en cada cortina y... yo tengo familia, ¿sabe?
La que lo vio de cerca fue doña Elisa, porque antes de que viniera la ambulancia, ella alcanzó la frazada para cubrirlo, total el hijo suyo ya se le había ido hace meses; y se lo llevaron, pero no estaba muerto, movía un poco el ojo de este lado dijo, y le temblaba la mano. No lo vimos más. Aunque parezca mentira, a la frazada tampoco.
En cinco minutos todo el vecindario estaba en la calle; apenas dejó de oírse la sirena. Y los chicos buscaban a ver dónde había quedado más sangre, después se fueron a seguir metiendo ruedas para avivar la fogata de lo que había quedado del Ford. Entre nosotros empezamos a hacer conjeturas, las viejas hablaban bajito y se llevaban los pañuelos a la boca y la mujer del de la tienda lloraba que, la verdad, dio que hablar, porque uno no es tonto.
Y ¿qué quiere que le diga? Que así atardeció y amaneció el primer día y la cana vio aquello hecho, hecho estaba y eso no era bueno. Sin embargo descansó, porque tarde o temprano, como a usted le parezca, se los vio pedir pizza en lo de Los Narigones.
No, nosotros no comimos, por respeto. Tomamos mate hasta que empezó a clarear. Y por quedarnos con la mujer del de la tienda, porque al final se deschavó todo, el marido rajó y ella lloraba a gritos que se lo devuelvan. Entonces nos dividimos para ir a preguntar a las salitas, los cuarteles, los hospitales... en definitiva para rastrear el cuerpo, porque al final, era como yo había dicho: estaba en la morgue y eso nos llevó hasta el jueves. Yo andaba sin cenar. Y ese día tampoco pude porque fui uno de los que tuvo que entrar para reconocerlo. Y dije que sí, que era Pepe Gonzalez, de a la vuelta de mi casa, aunque me podrían haber mostrado otro, que con tal de salir yo firmaba cualquier bosta.
El viernes fuimos hasta el PAMI para que pagara el entierro, pero no me va a creer, Padre, nos dijeron que no correspondía, que además como era muerte dudosa teníamos que esperar hasta el domingo... ¡cómo si el Pepe también fuera a resucitar el tercer día!
Así que acá estoy. Después de la misa ¿no viene a rezar con nosotros por las pobrecitas almas del purgatorio?
publicado en Revista "La Avispa" nº 47
EL VIEJO DE LOS PERROS
—¡Urgente! ¡Prestame los marcadores! —le pedí a mi hermana la más grande. Ella estaba en la cama llorando con la tele prendida.
—¡Tomatelás! ¿No ves que estoy mirando “Amores Perros”?
—¿Y si es de amor, por qué llorás?
¡Para qué se lo habré dicho! Empezó con que el amor es cosa de grandes, que yo no entiendo nada… y qué sé yo cuántas cosas más. Pero yo sí entiendo. Entiendo de amor y de perros. De amor, porque Mariana es mi novia. Ella no lo sabe, pero es mi novia igual, porque es re-linda y no usa hebillas de Barbie como las otras. También sé que no se puede sentir amor por cualquier cosa; uno no es tan tonto. Yo quiero a mi bicicleta más que a nada en el mundo; es la mejor bici de la cuadra pero de ahí a gritarme: ¡Deja eso! ¿Estás enamorado de esa bicicleta? hay como de acá a la Luna. Esa sí la tengo clara. Los humanos no se enamoran de las cosas. De los animales, no sé.
Don Manuel dice que ama a sus perros. Claro que no se parece a un papá, ni siquiera a un abuelo, pero él me enseñó todo lo que sé de amor y de perros. Don Manuel es el Viejo de los Perros. Y vive en Playa Grande, como con veinte, debajo del viejo edificio del INIDEP. Algunos chicos del barrio le tienen miedo, dicen que cuenta historias horribles de barcos que se hundieron y de vigas oxidadas que se pueden venir abajo en cualquier momento. Por eso cada vez que nos queremos meter por ahí nos manda los perros al humo. Y son perros fieros. Yo siempre que voy a la playa con la bici, me bajo antes de que me vean porque si no, te tiran a morder los pantalones aunque los tenga atados con un broche para que no se me enganchen con la cadena. Don Manuel siempre está tomando sol junto a los perros y él dice que ahí está mucho más cómodo que en una casa. Lo que no entiendo es por qué la gente comenta que es una barbaridad que viva así, a la intemperie y solo como un perro. A mí me gusta estar con él y no le tengo miedo ni nada. Dice mi mamá que si ando por ahí se me van a pegar las pulgas ¿y qué? Yo tengo piojos, pero me paso el peine fino y listo; con las pulgas debe ser lo mismo.
Lo que más me gusta son sus historias de perros. Él sabe muchas, muchísimas. Cuenta Don Manuel que el Tuque, uno marrón y negro, flaquito que tiene la cola cortada fue el que quedó atrapado en el Marcelina de Ciriza, así se llamaba el barco pesquero que se soltó de la Escollera Norte en una sudestada gigantesca de hace años –me explicó Don Manuel-, uno que se fue navegando solito hasta Constitución que es adonde están los boliches a los que va mi hermana. ¡Bah! Sólo no. Estaba el Tuque. El Tuque y los fantasmas que viven en los barcos. Y fueron precisamente ellos los que lo empujaron por la borda justo antes de encallar. Los perros de los barcos –dice Don Manuel- son grandes nadadores; eso lo salvó.
También cuenta la aventura de uno negro, rengo de la pata izquierda que una vez quiso salir en parapente con los locos que vuelan en Varesse. Los muchachos odiaban al Negro porque cada vez que querían despegar los corría y les ladraba para que lo atasen y lo llevaran a dar una vuelta. Pero nada. Los parapentistas se entienden con los pájaros pero no saben nada de perros. Un día el Negro se cansó y se prendió de la pata de un piloto que lo alzó como tres metros. Después de tanta patada se soltó. La gente se reía como loca; al piloto, que estaba muerto de rabia, le tuvieron que curar la pierna con agua oxigenada. Al Negro le dolieron las costillas una semana, y yo sé cómo duelen las costillas porque a veces cuando voy a hacer pruebas con la bici a las rampas me mato, te juro que me mato. Don Manuel lo tuvo acostado contra él esa noche y varias noches más hasta que se curó y me contó que cuando soñaba, porque los perros sueñan, parecía sonreír. Así que seguro, tanto no le importó el dolor. Él no podía correr tan rápido como otros perros pero había volado ¿qué tal? Los perros de la playa son tan valientes –dice Don Manuel-. El lo sabe.
También me explicó que hay perros que ladran para avisarle al pescador que tiene un pique; es que a veces, pobres, se duermen de tanto mirar la boyita. Hay otros que aprendieron a hacerle frente a los lobos marinos que se quieren subir a las lanchas amarillas y se ganan algún pescado que le tiran los dueños como recompensa. Claro que antes tuvieron que aprender a comer pescado, pero los perros se adaptan a todo, por eso son sobrevivientes, como yo –dice Don Manuel- aunque eso no lo entiendas bien todavía.
En La Perla, por ejemplo, hay un Golden (el único que no duerme con Don Manuel porque es del Guardavidas pero que siempre lo va a visitar) que ayuda a sacar a la gente del agua. Y la ve enseguidita, mucho antes de que hagan sonar el silbato. Entonces gruñe fuerte y se mete al agua con la rosca y la soga. Hay que ver cómo nada, casi tan rápido como el guardavidas. Los perros de la playa son tan observadores -dice Don Manuel.
También me contó que hace mucho, yo seguro no había nacido porque no me acuerdo, cuando vino el tornado a Mar del Plata, fueron los perros los que le avisaron para que se fuera de abajo de la construcción donde dormía; que él no entendía nada pero que no paraban de aullar, lo despertaron y no dejaron de tironearle de las mangas hasta sacarlo de ahí…Entonces, de golpe, vino el viento, el mar se puso como nunca lo había visto y al toque reventó una ola increíble que arrasó con todo lo que había en el lugar. Que los perros lo protegieron –eso dijo don Manuel- porque son leales, más leales que las personas, que si no, la ola se lo hubiera llevado a él también.
A todos los quiere don Manuel. Y les da de comer aunque no tenga mucho. A veces no le sobra ni un pedazo de sándwich pero de lo poco se comparte –dice- si no, no tiene gracia. Por eso cuando los huesos del asado no alcanzan, le saco algo de la heladera a mi mamá y se lo llevo; aunque casi siempre lo único que hay es un pedazo de queso fresco o alguna milanesa medio dura del mediodía. Porque ahora Don Manuel tiene una perra, y la perra tuvo nueve cachorros. Por qué tantos -le pregunté-. Él me explicó que seguramente se había enamorado más de la cuenta, como les pasa a veces a las personas, como le pasó a él hace mucho. Por eso la va a cuidar, a ella y a los cachorros, hasta que crezcan.
Una vez, los chicos le preguntamos por qué vivía ahí, y él nos dijo que le gusta mirar el mar. A mí me parece que por eso tiene los ojos entre verde sucio y marroncito, como el agua de acá. Y porque ama a los perros –dijo-; como en la película de mi hermana –dije, pero no me escuchó-. Que le hacen compañía el Tuque, la perra, los cachorros, el Negro y el Golden que viene de visita. Porque los perros de la calle somos una gran familia –trata de explicarme Don Manuel- y no nos dejamos nunca solos. Que nosotros tenemos que aprender.
Ayer empezaron las obras para arreglar el viejo edificio, van a hacer una confitería o algo así, y Don Manuel se tiene que mudar. Dice que no sabe muy bien a dónde va a ir pero se va a llevar a los perros. No se abandona a los amigos, aunque sean perros; que tal vez vaya para las Playas del Sur, que ahí también se juntan los surfistas y son buena gente; él les va a calentar agua para el mate para cuando salen del mar muertos de frío y, si le tiran unas monedas no le va a venir mal. También me pidió que le hiciera un dibujo, porque seguro me va a extrañar y que si tanto ama a sus perros que trate de imaginarme cuánto me llegó a querer a mí. Yo le dije que también lo quería mucho pero que a mí no me salen bien los dibujos, que mi hermana me carga, que sólo hago monigotes –dice-, pero Don Manuel me contestó que a él le parecen muy lindos y que no me olvide de hacer al Negro con su hueso preferido. También me dijo que si cuando vuelvo para la playa no lo encuentro, lo ponga en una botella y lo tire al mar. Que él todas las mañanas va a revisar lo que la marea trae hasta la costa. Y no sabés las cosas que se encuentran –dijo-, que me quedara tranquilo. Ahora mismo me voy y lo empiezo a hacer –le contesté-, por si acaso. Pero seguro lo voy a ir a visitar; si mi papá no me lleva, me armo la mochila y voy con la bici. Es lejos pero si uno no es capaz de pedalear un poco más para estar con un amigo… Nunca, nunca, nunca lo voy a dejar solo. Eso lo aprendí con Don Manuel.
Cuando llegué a casa, en la vereda estaba la hija de la vecina, que es una perra –dice mi hermana-, y será porque se la pasa diciendo: ésta es una vida de perros, o qué noche de perros, o porque se puso de novio con Caniche, que antes era el novio de mi hermana. Apenas entré mamá empezó: Dejá de rascarte como un perro… pero yo me fui corriendo a buscar los marcadores. Tengo que hacer un dibujo para mi amigo –grité-, pero mi hermana parece sorda. ¿Por qué no me prestará los marcadores de una buena vez? Entonces me encerré en el garage y me puse a dibujar con el lápiz de carpintero de papá que en eso entró preguntando: ¿a qué hora cenamos que estoy cansado como un perro?
Yo no entiendo muy bien de qué perros hablan. A mí me parece que el único que sabe de perros es Don Manuel.
•cuento infantil publicado en el libro NUBE SUBE, Ed.Balder
Está bien, si no con un sándwich a la salida es lo mismo. Pero creamé, es una fija. Yo sé por qué se lo digo. Mire, le sigo contando: yo nací en Mar del Plata, vivíamos justo acá enfrente, en la manzana 115. Sí, la que demolieron. ¿Ve? Por donde está pasando el 523. Mi padre era abogado de Casinos, así que le quedaba bárbaro. Teníamos familia en Buenos Aires, mi abuela y dos tías, y en enero, aprovechando el mes de feria, íbamos siempre para allá con tío Ezequiel. Él también vivía acá, en la loma de Colón, pero tenía una farmacia por la calle Luro, frente a la estación de trenes. Tío Ezequiel era una máquina: trabajaba de día y de noche. De día, frente al mostrador; de noche era adicto a otro tipo de mesas. ¿Que qué mesas? Todas: las de dinero, las de pocker, de Black Jack, Punto y Banca, los tableros y las barras. Era curador mi tío, sanador de dolores de cabeza, especialista en constipados y cistitis de señoras. Farmacéutico, bah, aunque sin diploma. No se preocupe, yo tengo el remedio para todo mal, decía. Pero era más que un doctor, pensaba yo en esa época. Gracias. Que la fortuna le devuelva más. Si no con un sándwich es lo mismo.
Mucho después me di cuenta de que hablaba de otros males: esguinces de la fortuna, mal de amor, maridos celosos, sueños inalcanzables, desconsuelo crónico. Para todos tenía su medicina, la que los mantenía vivos y expectantes por lo menos hasta la semana siguiente. Que una fija para la carrera del sábado, que un numerito para la quiniela, que un hágame caso: primera bola al diecisiete. Sale o sale. Yo vuelvo el domingo, si no puede dígame cuánto y le hago la gauchada. ¿O para qué son los amigos?
Mucha gente venía a ver a Don Ezequiel. Don era un título entonces, no cualquiera… Y yo los veía abrazarlo, darle la mano con un ¡gustazo! ¡Si no fuera por Usted!... o hundírsele en el hombro, agarrarse la cabeza… Y mi tío, siempre tan amable, campechano como pocos, los acompañaba hasta la puerta. No se desanime, vuelva la semana próxima. Ya va a ver… Gracias. Que Dios se lo pague.
Tío Ezequiel era un maestro. Sí. Un maestro en jugarse la vida, el sueldo, el reloj y la campera en la primera bola. Pero eso lo entendí muchos años más tarde cuando mi padre murió en un accidente en la vieja Ruta 2. Era doble mano en aquel tiempo, demasiado angosta para el recambio del primero de febrero. A nosotros la Virgen nos puso la mano encima, como decía mi madre. Pobre, mi vieja que nunca había trabajado, tuvo que empezar obligada, pero no quiso ir de dependiente a la farmacia; ella no iba a vivir a costillas de un cuñado; así que el tío la colocó en la inmobiliaria de un amigo en Buenos Aires. Y nos fuimos para allá, un poco apretados, eso sí; hubo que acostumbrarse a la escuela pública y a los viajes en colectivo. ¿Las vacaciones? Si no hubiera sido por el tío Ezequiel, apenas un recuerdo de la infancia. Pero él empezó a traerme a Mar del Plata cada vez que podía. En tren, eso sí, jamás en auto o en micro; condición inamovible de mi madre. Yo tenía que guardar faltas, ni una rata a la escuela, creamé, porque él llegaba allá los viernes pero recién veníamos para Mar del Plata los domingos. Todavía me acuerdo…El tío siempre de traje, el pelo negrísimo y engominado; todo un caballero. Durante el trayecto me compraba una gaseosa o dos; los sándwiches que me preparaba la vieja los dejábamos para cuando llegásemos porque nadie come en pullman. La vuelta siempre era una sorpresa. Algunas veces en El Marplatense, con cena en el comedor y una botellita de buen tinto para él; otras veces de a tres, sentados derechitos en los asientos marrones de la clase turista. A mí no me molestaba porque aunque no tuviéramos ni para un sándwich de salame, nunca faltaba quien te pasara un mate con un ¿gusta, Don? Y ofrézcale al joven, por favor… Gracias. Que Dios le de el doble.
Cuando cumplí los quince me trajo a debutar acá, fue en la casita de la Plaza Mitre. ¿No la conoce? A partir de ese día, en la mesa grande de los domingos en la casa de los abuelos, empecé a sentarme a su lado, nunca más con los primos menores. Tengo para él un gran futuro, solía decir mientras me palmeaba el hombro. Todo calculado ¿no?, se reía alguna de las tías. Y no falla ¿no? agregaba otra. Mi madre saltaba como una fiera con un: Al chico más te vale que lo dejes tranquilo. Tío Ezequiel me hacía un guiño. Son mujeres… Cómo me hacía reír. ¡Yo me sentía tan hombre! Gracias. Que tenga suerte.
Tres años más tuve que esperar para que me trajera a trabajar con él a la Casa de Piedra. Me compró un traje gris y una corbata de seda con un ancla. No me dejó traer mis ahorros. Pero a la salida te toca pagar la cena en la Taberna Baska, me dijo. Es tu primera visita; no falla, ya vas a ver. Y no falló. Negro el 17 en la primera bola segunda mesa a la derecha. Las apuestas no se levantan, indicó. Y no lo hice. Negro el 17… Después fueron el 11, otros tres negros y en seguida pasar a la tercera docena y los ladrillos. El sonido de las fichas me hervía en los oídos y en la cara. Así se hace, sobrino, así se hace… Fueron buenos años. Él me enseñó todos los secretos. Y yo era buen aprendiz. Que tenga fortuna, amigo. Gracias.
Al cumplir los veintiuno, mi madre se casó de nuevo. Un tipo insoportable. Yo armé el bolso, largué Bioquímica y me volví para Mar del Plata. El tío me llevó a trabajar a la farmacia. Ahí, claro, tenía que llamarlo Jefe. Que Dios se lo pague.
Para esa época alternábamos las venidas al Casino con tardes soleadas en el Hipódromo de Palermo. Y fue ahí mismo, con cincuenta y dos años cumplidos, que conoció a una mujer. Mala yegua. Mala yegua ella y su maldita obsesión feminista de de desechar cuanto caballo ganador se cantara como fija. Sólo potrancas. Y perdedoras además. Ezequiel estaba loco por ella. Sí, perdido es la palabra, porque fue perdiendo todo: nuestras noches de ruleta, el sueño, el depto, la dignidad, el rolex y la salud. Y a mí también, o casi, porque una noche no pude evitar cantarle la justa y nos fuimos a las manos. No me quedó otra que mudarme y me mudé. Me fui con la vieja otra vez a Buenos Aires. Gracias. Que tenga suerte.
Era mala hembra y no me iba a quedar para verlo mancarse frente a ella. Pero sí lo vi. Primero de a poco, cada vez más flaco, cada vez más amarillos sus dientes de tabaco o de caballo, ya era lo mismo. Y por fin, de un golpe a pleno sol de setiembre, frente a ella que gritaba como loca poco antes de terminar la cuarta carrera de la Polla de Potrillos. La ambulancia no tardó en llegar pero el corazón le había corcoveado fiero. La mina ni apareció por el entierro, si me permite llamarlo así. El tío había dejado testamento y una carta con su última voluntad: quería ser cremado y que arrojaran sus cenizas en la pista antes de la primera largada de sábado. Ese sábado era el Gran Premio Polla de Potrancas. Puras yeguas, me dije, y de la muy yegua, nada. Que la fortuna le de el doble…
Las burritas se ubicaban ya en los Boxes de Exhibición, recorrían la Redonda para que pudiéramos apreciar su estado físico y realizaban el clásico paseo por la Pista. En ese momento esparcí lo que quedaba de Tío Ezequiel. ¿Será para que te acuerdes de cómo te puede pisotear una pollera? me insinuó un viejo colega. Se me hizo un nudo en la garganta. Y… habrá que creer en los mensajes del otro mundo, le dije con resignación. Siempre me acuerdo que el tío contaba cómo, cuando tenía siete años se le había aparecido en sueños un hermanito muerto de tuberculosis para cantarle el número entero del Gordo de Navidad. Él había corrido a decírselo a su madre pero como no tenían un mango para comprar el billete, con lágrimas en los ojos lo mandó a él mismo con una notita y las monedas hasta lo del almacenero de la esquina que levantaba quiniela. Con 47 terminaba. El número salió cantado. Esa noche compraron sidra y al día siguiente fueron todos al cementerio con las calas más grandes que se vieron jamás. Yo, en realidad, no creía que fuera cierto. Gracias. Que Dios lo bendiga.
La cuestión es que las potrancas casi estaban llegando a las gateras cuando se acercó un gordo de pelada brillante: ¿El viejo te dejó alguna fija? Seguro, me reí. Segura, querrá decir, respondió el gordo, qué raro, es una de las mayor sport. Mire, hay que creer o reventar: ahí mismo me di cuenta. No miré, en las Performances del Programa Oficial, en qué puesto había salido esa potranca en las últimas carreras; no miré quién era el Jockey ni pregunté por su entrenador. Corrí hasta las ventanillas ubicadas en las tribunas; podía tramitar apuestas sólo hasta el cierre del sport y faltaba poco. Todo lo que llevaba era la guita para pagar un nicho por cinco años en La Chacarita, que íbamos a llenar con una urna falsa para que mi abuela tuviera dónde ir a llorarle. Muy creyente, la abuela. Aposté a ganador, el operador me entregó el ticket de apuesta. Y no miré más que la largada. Me sumé al aplauso de los amigos trajeados por respeto, y cuando el polvo se arremolinó entre las patas de los animales… al ver cómo las yeguas le pasaban por encima, no puedo negárselo, lloré. Pero no por él, el tío se estaba elevando junto al polvo en medio de la Fiesta Hípica. Era su Gran Premio. Y supe sin que la Comisión de Carreras diera a conocer el resultado oficial, que podía ir hasta la ventanilla y esperar a cobrar. Gracias. Que Dios siempre le dé más.
Saqué de la basura la caja de zapatos que había oficiado de coche fúnebre para llevar al Tío hasta su última morada, deseché el tarro ámbar y puse la guita. Una larga fila de amigos se acercó. También el gordo de la pelada brillante. ¡Sigue cantando la justa el viejo! Nos vemos la semana próxima en Mar del Plata ¿sí? No, le respondí. Está bien que el tío me haya heredado la farmacia pero hay que hacer tanto papeleo con todo esto… Nos vemos en un mes o dos. Está bien, pero no te lo gastés todo ¿eh? Que Dios se lo pague. Muy amable. Tenga fe.
Me hice cargo del negocio en menos del tiempo pactado. Si a la ceremonia de las cenizas había ido mucha gente, el desfile por la farmacia fue interminable. Mujeres jóvenes que decían que Don Ezequiel era un Santo, ancianos que me preguntaban qué iban a hacer sin Don Ezequiel, y acreedores, docenas de acreedores. Algunos traían pagarés, otros argumentaban préstamos de amigo y los más, cara de matones, a los que pagué sin preguntar. Durante un tiempo seguí con el negocio, levanté quiniela, abracé a las viejas, di préstamos a cambio de sortijas de enlace y alguna que otra pelotudez hasta que apareció la blanca. Y fue que no, sin vueltas. Nadie iba a ensuciar la memoria del tío y yo no me iba a hundir en su memoria, mucho menos. Así que el negocio siguió despachando de aspirinas y antiácidos hasta que volvieron las boletas, las fijas y dos mangos al cuarenta y siete. Años tranquilos, pero nada es para siempre; y la fortuna tampoco es para todos. Muchas gracias. Que tenga suerte.
A partir de aquí todo se acelera. En pocos años llegó el Prode, se oficializó la quiniela, y los bingos invadieron la ciudad. Que la inflación, que el dólar, que los saqueos y los pibes que salen a chorear; que el corralito, que el corralón… Y sí, es Argentina. ¿Que cuánto hace de esto? Casi veinte años, tiene razón; pero veinte años no es nada. Además la vida es una apuesta. A veces me pregunto si la mía valió la pena, o la de él… No, Señor, no me de otra moneda. Ya tengo bastante. Gracias. Hoy entró mucha gente. ¿Me puede hacer una gauchada? Póngame esto al 17 en la primera bola, segunda mesa. Imaginesé, con esta facha no me dejan entrar. Yo lo espero a la salida. O mejor en la Taberna Baska. Sí mejor lo espero allá. No se preocupe, jefe. Es una fija. Invito yo.
*se suele llamar así al Casino Central de la ciudad de Mar del Plata, Argentina
Publicado en revista La Avispa, nº 22, Mar del Plata 2003
LA SELVA LIBRE
Y vos y aquel y cualquier otro, nos levantamos juntos sIn saber, para saber y por qué no, que cualquier mono que se precie no es más que un mono. Y el pellejo tira y aunque no queramos nos encontramos sacándonos los piojos con dedicación casi absoluta se transforma en la obsesión de todos los días.
Y es así, para qué más, podés decirme. si querés otro día volvemos a encontrarnos, pero no...
Yo sé del juego de arrancarse la piel. Con una basta. Una vez, no piel aunque la piel sea una y se arquee reptando sobre las sábanas que se acomodan primero a la tibieza de mi forma y penetrando impúdicas primero -las profanas- por los huelgos que dejamos de vergüenza porque siempre está ese darse entero pero no, clavar las uñas hasta ahí, abandonarse al tacto del otro siempre y cuando pierdas el desenfreno total de un éxtasis que desanuda cada uno de tus lazos menos el hilo invisible con el que imaginás precintada tu cintura, para que en todo momento, el rollito quede sostenido y al volvernos la panza no se vaya de costado.
Las sábanas, decía, ladronas que se apropian de la temperatura de nuestros cuerpos y terminan arrugada, se enredan a los dedos d e los pies y ala rodilla en la vuelta como para recordarte que ahí están porque al fin y al cabo un poco de rebeldía adolescente está bien como este regalo que me doy, que me diste aunque la sábana quede manchada como mi nombre y a la sábana la agarre y la estruje y la muerda, porque ya vas a ver, que esto de andar sintiendo no es así de fácil; porque el que las hace las paga Habrase visto: andar gozando así sábana hija de mil...
Del libro Del Papelero, Ed Martín, Mar del Plata, 2002
CARTA ABIERTA
Estimado Padre Eduardo:
Esta carta no respeta las liturgias, mucho menos la de La Palabra, pero me urge reconciliarme conmigo misma, con la humanidad y principalmente con el Verbo Encarnado; por eso necesito que escuche (lea) mi confesión.
Para ser concreta, Padre, me acuso ser una representación; si no fuera así, ya me habría acercado al confesionario para enfrentarme a U usted sin simulacros y no estaría escribiendo esto. Pero no soy actriz o sea que dar la cara no es mi fuerte y por otro lado, sólo al escribir soy sincera, ya que es lo único que sé hacer 0 engendrar, como prefiera. Además, a las palabras se las lleva el viento, a los secretos de confesión... vaya a saber. Y yo quiero que esto sea un .doc Así que hágalo público, si quiere:
Padre, yo siento la necesidad de romper los moldes, las reglas, las hormas, las matrices, los montajes, las instalaciones. Es como si una asfixia abarcara y oprimiera toda mi piel, sofocándome hasta extinguirme. Muchos se conforman con la vida que les tocó vivir, aunque al hacerlo se desfiguren, distorsionen, deformen. Conformar... Deformar... Me pregunto si serán sinónimos o antónimos. Un prototipo, cualquier modelo o paradigma se acomoda, te acomoda a una casilla, a un apartado; te aparta, te empaña, te rotula: "hombre sin rostro", te ultraja. A mí no me alcanza un tipo de vida, Padre, los quiero todos.
Por eso despojo y calzo íntegro cada uno de los infinitos pellejos de los hombres y trato de hacerlos míos; robo vidas y las siento, vivo como propias... las cuento. La de quien ama y de quien sufre, la de la señora gorda tomando el té de las cinco en punto, la del drogadicto, del apático o el burgués de m..., la del soldado valeroso y del cobarde, del político y el mendigo, el verdugo y el ahorcado, del subversivo y el represor, de las Bovary y los Fierro... Entonces invento, fabulo, miento. Eso es, Padre, el escritor: un gran mentiroso. Y yo escribo.
Pero ¿sabe? Al robar vidas, las vivo para mí y las vivo para otros. No quiero disculparme, no, al contrario; estoy condenada, lo sé y soy culpable no sólo de robar o mentir sino de los siete pecados capitales porque si fuera verdad que tengo una misión, entonces, cómo explicar cuando en ocasiones, colmada de pereza, transito las profundidades sin decidirme a habitar el cuerpo de mi alma y paso días, semanas, meses sin escribir, temerosa de enloquecer si lo hago y segura de que si no lo hago, finalmente enloqueceré. Entonces, el germen o el gusano de la envidia me penetra y las vidas de otros, virtuosas o perversas, sencillas o intrincadas, comienzan a seducirme, a incitarme... y las ansío, Padre, porque derrochan vivencias que yo jamás experimentaré, vierten las I historias que yo nunca seré capaz de narrar, descifran los libros que en-.al vida alcanzaré a leer. y.,( abarrotada de codicia parto a investigar, a escuchar detrás de las puertas y las almas, a mirar hacia dentro de los ojos, a robar sus alientos en busca de una línea... y anoto datos, acumulo, como un preciado tesoro, cada referencia en mi cuaderno de notas, en el revés de la cuenta del supermercado, en los márgenes de los libros y, le confieso, Padre, que cuando empieza ese proceso de encarnarse en otro, ya no como Santa Concepción, sino Calvario donde crucifico mi comodidad y asumo igual que Cristo los pecados de los hombre, le juro, y no es herejía, Padre, que siento que voy a redimirlos pues llevo conmigo todas las miserias; también todos los placeres, dirá Usted pero de eso no se escribe.
Por eso, para saldar mis deudas con el Señor, si quiero ser justa, debo acusarme también de gula, una gula feroz por saber más y más, tanto que devoro y me engolosino con el respirar de cada uno de mis personajes, me acaramelo con sus poemas, saboreo la melodía de sus voces y cómplice, amaso situaciones para hacer también míos todos sus sentidos... y paladear su lengua, sus ojos, sus tactos. Termino mamando un calostro que me inmuniza del afuera, atiborrada de mí y sin poder saciarme nunca.
Lo sé, Padre, me revuelco, para ser exacta, encendida de lujuria con ese personaje que estoy creando, que soy yo y es otro y... hermafrodita, erizo mi piel. Me cuesta escribir esto, pero ¿podría Usted, que sabe mejor que nadie de las luchas de la carne, interceder por mí ante el Altísimo? Es talla fiebre, el goce de descubrir los más íntimos anhelos, la excitación de penetrar la mente, la voluptuosidad de ser en sangre, lágrimas, semen y saliva solo uno... Es tal el deseo y tan ingobernable. "¡Oh, pureza!" clamaba Rimbaud, como yo clamo. ¿Habrá perdón para mi alma?
Ya habrá advertido que he guardado la ira y la soberbia para el final. El primero porque es el más doloroso y tal vez sirva, en parte, para purgar mi penitencia. Lo que sucede es que cuando mi personaje o mi poema no responde, no crece, no se desprende de mí y adquiere vida propia, siento al desgarro de la cólera estallar en furia, gritos, llanto... y rompo originales, destierro páginas completas, incinero el trabajo de meses y caigo presa en tamaño hermetismo que soy capaz de vagar violenta y sola, y en esto hago especial mea culpa, hasta que todo lo demás desaparezca, incluso mis otros hijos, los de la carne.
El segundo, en cambio, es el más terrible. Sólo se manifiesta si la obra creadora llega a su fin; y si se concreta, no existe sino el éxtasis y por qué no ponerlo con todas las letras: me siento Dios y, en mi infinita soberbia, creo que mi obra y Él y yo somos uno, Padre; y nos exhibimos, obligando a los otros, lectores y orejas pacientes de recitales poéticos a compartir nuestras impudicias, como si tuviéramos algo que decir, algún don que nos hace dignos de ser oídos. Y creemos que lo hacemos por el arte, ¿le parece a Usted?, por la cultura... Me da risa.
A medida que escribo esto, Padre, es como si lo estuviera viendo menear la cabeza "Pobre criatura humana -dirá--, es tan débil como sus mentiras. " ¿Verdad? Pero yo sé que le estoy mintiendo también a Usted, no sólo a ellos que creen que el escritor es una especie de héroe neoclásico con mil odiseas sobre los hombros, un enajenado que se agita en estado violento o quizá aquel profeta olvidado que sin embargo tiene algo para revelar... ¡Es mentira!
Reconózcalo Padre, la culpa es de ellos. Al fin y al cabo ¿a quién le interesa si los lugares que invento en realidad no existen si puedo hacérselos ver? O que Usted sea sólo una ocurrencia y esta confesión, un fraude. Ah, eso sí, les encanta creer en ese amor que me desgarra, ese chisme, esa vida tormentosa y arriesgada a la que ellos no se animan... En eso sí... Tampoco les importa cuánto duela -salvo a tía Elisa a quien al mostrarle mi primer poema galardonado me respondió: "¡Ay, nena, qué mal debés estar!" O al imbécil que hizo un ensayo poniendo en duda mi sexualidad porque había escrito en "Invierta un Hijo" desde un yo masculino. Y ¿qué pretendía? ¿Que inventara otra Juana de Arco para escribir como mujer-soldado en la guerra de Malvinas?-. Vamos, no sea ingenuo...
Miento, pero miento porque la gente me necesita, porque no todos tienen la suerte de trasmutarse, de sentir la mordedura de la sociedad y sangrar, de no hacerle caso al miedo y decir lo que otros no se atreven ...Yeso es horrible. Es como si la vida les pasara de costado y la miraran de lejos. Y si la sienten y no pueden hacerse grito, peor aún... Alguien debe hablar, denunciar, burlarse del espíritu de la época. Tal vez, Padre, yo no tenga derecho a callar. ¿Ha visto Usted alguna vez los ojos de los mudos? ¿Los ojos de un torturado con mordaza?
Pensará que engaño y es cierto; pero ¿qué importancia puede tener que mi alma se pierda si existe un lector que llora, ríe, o enmudece con lo que yo le cuento, miento y solo, sólo por unos minutos, se le mueve algo...? Yo no inventé nada nuevo, apenas otro disfraz de voces para la misma historia repetida. El que lee, elige y si alguien llegara a elegirme, tal vez valdría la pena dar la vida por los amigos.
No sé si esta confesión por escrito será válida y si Usted, Padre, en nombre del Verbo hecho Carne podrá de esta forma darme la absolución, pero ya no la necesito; como diría Cortázar, me siento exorcizada, he vomitado a mis monstruos, he escrito otra mentira y no me importa. Existen mentiras que valen la pena, aunque nos condenen... Porque tengo hijos y quiero que puedan seguir escribiendo cartas verdaderas a un Papá Noel de mentira, y que siempre exista alguien dispuesto a meterse en el cuerpo de otro, a andar a tientas en la noche e inmolarse para que sus caras se llenen de risas y de bicicletas ya nosotros de lágrimas los ojos, Padre. ¿O acaso Usted no cree?
Disculpe, no sé si estaré cometiendo un sacrilegio y con esta carta, firmando mi pase a la gehena, pero no puedo "prometer firmemente no pecar más". Tal vez sea verdad que cargo con la maldición de la palabra y sólo pueda seguir escribiendo.
En su Nombre, el del Verbo y el del Espíritu de la Palabra. Amén
Humildemente
Marcela Predieri
(Mujer que escribe)
publicado en Revista Transiciones, 2008
ORA PRONOBIS
El número de la patente me cacheteó. El auto estaba irreconocible, las llamas llegaban ya hasta el cableado de luz, pero la chapa había volado hasta ahí nomás, como el cuerpo. Digo así porque, hasta ese momento, no me había dado cuenta de que ese cuerpo era el Pepe. Y le juro que entonces reaccioné. No podía ser otro. Me habían mandado a avisar que algunos, y la cana, claro, lo andaban buscando pero yo no creí que se atrevieran. ¿Cómo podían ser tan hijos de puta? Y me retorcí de tal forma que tuve que entrar corriendo para no vomitar.
El había pagado como siempre, pero ellos decían que no, y ahora estaban ahí, fumando a su puerta como si tal cosa. Qué destino de mierda. Por cuatro cajones de vino tinto. Pepe hecho sangre y baba contra el piso.
Traté de no mirar demasiado, para que no me vieran, para no involucrarme, porque la cana ya estaba limpiando todo, pero con un ojo en cada cortina y... yo tengo familia, ¿sabe?
La que lo vio de cerca fue doña Elisa, porque antes de que viniera la ambulancia, ella alcanzó la frazada para cubrirlo, total el hijo suyo ya se le había ido hace meses; y se lo llevaron, pero no estaba muerto, movía un poco el ojo de este lado dijo, y le temblaba la mano. No lo vimos más. Aunque parezca mentira, a la frazada tampoco.
En cinco minutos todo el vecindario estaba en la calle; apenas dejó de oírse la sirena. Y los chicos buscaban a ver dónde había quedado más sangre, después se fueron a seguir metiendo ruedas para avivar la fogata de lo que había quedado del Ford. Entre nosotros empezamos a hacer conjeturas, las viejas hablaban bajito y se llevaban los pañuelos a la boca y la mujer del de la tienda lloraba que, la verdad, dio que hablar, porque uno no es tonto.
Y ¿qué quiere que le diga? Que así atardeció y amaneció el primer día y la cana vio aquello hecho, hecho estaba y eso no era bueno. Sin embargo descansó, porque tarde o temprano, como a usted le parezca, se los vio pedir pizza en lo de Los Narigones.
No, nosotros no comimos, por respeto. Tomamos mate hasta que empezó a clarear. Y por quedarnos con la mujer del de la tienda, porque al final se deschavó todo, el marido rajó y ella lloraba a gritos que se lo devuelvan. Entonces nos dividimos para ir a preguntar a las salitas, los cuarteles, los hospitales... en definitiva para rastrear el cuerpo, porque al final, era como yo había dicho: estaba en la morgue y eso nos llevó hasta el jueves. Yo andaba sin cenar. Y ese día tampoco pude porque fui uno de los que tuvo que entrar para reconocerlo. Y dije que sí, que era Pepe Gonzalez, de a la vuelta de mi casa, aunque me podrían haber mostrado otro, que con tal de salir yo firmaba cualquier bosta.
El viernes fuimos hasta el PAMI para que pagara el entierro, pero no me va a creer, Padre, nos dijeron que no correspondía, que además como era muerte dudosa teníamos que esperar hasta el domingo... ¡cómo si el Pepe también fuera a resucitar el tercer día!
Así que acá estoy. Después de la misa ¿no viene a rezar con nosotros por las pobrecitas almas del purgatorio?
publicado en Revista "La Avispa" nº 47
EL VIEJO DE LOS PERROS
—¡Urgente! ¡Prestame los marcadores! —le pedí a mi hermana la más grande. Ella estaba en la cama llorando con la tele prendida.
—¡Tomatelás! ¿No ves que estoy mirando “Amores Perros”?
—¿Y si es de amor, por qué llorás?
¡Para qué se lo habré dicho! Empezó con que el amor es cosa de grandes, que yo no entiendo nada… y qué sé yo cuántas cosas más. Pero yo sí entiendo. Entiendo de amor y de perros. De amor, porque Mariana es mi novia. Ella no lo sabe, pero es mi novia igual, porque es re-linda y no usa hebillas de Barbie como las otras. También sé que no se puede sentir amor por cualquier cosa; uno no es tan tonto. Yo quiero a mi bicicleta más que a nada en el mundo; es la mejor bici de la cuadra pero de ahí a gritarme: ¡Deja eso! ¿Estás enamorado de esa bicicleta? hay como de acá a la Luna. Esa sí la tengo clara. Los humanos no se enamoran de las cosas. De los animales, no sé.
Don Manuel dice que ama a sus perros. Claro que no se parece a un papá, ni siquiera a un abuelo, pero él me enseñó todo lo que sé de amor y de perros. Don Manuel es el Viejo de los Perros. Y vive en Playa Grande, como con veinte, debajo del viejo edificio del INIDEP. Algunos chicos del barrio le tienen miedo, dicen que cuenta historias horribles de barcos que se hundieron y de vigas oxidadas que se pueden venir abajo en cualquier momento. Por eso cada vez que nos queremos meter por ahí nos manda los perros al humo. Y son perros fieros. Yo siempre que voy a la playa con la bici, me bajo antes de que me vean porque si no, te tiran a morder los pantalones aunque los tenga atados con un broche para que no se me enganchen con la cadena. Don Manuel siempre está tomando sol junto a los perros y él dice que ahí está mucho más cómodo que en una casa. Lo que no entiendo es por qué la gente comenta que es una barbaridad que viva así, a la intemperie y solo como un perro. A mí me gusta estar con él y no le tengo miedo ni nada. Dice mi mamá que si ando por ahí se me van a pegar las pulgas ¿y qué? Yo tengo piojos, pero me paso el peine fino y listo; con las pulgas debe ser lo mismo.
Lo que más me gusta son sus historias de perros. Él sabe muchas, muchísimas. Cuenta Don Manuel que el Tuque, uno marrón y negro, flaquito que tiene la cola cortada fue el que quedó atrapado en el Marcelina de Ciriza, así se llamaba el barco pesquero que se soltó de la Escollera Norte en una sudestada gigantesca de hace años –me explicó Don Manuel-, uno que se fue navegando solito hasta Constitución que es adonde están los boliches a los que va mi hermana. ¡Bah! Sólo no. Estaba el Tuque. El Tuque y los fantasmas que viven en los barcos. Y fueron precisamente ellos los que lo empujaron por la borda justo antes de encallar. Los perros de los barcos –dice Don Manuel- son grandes nadadores; eso lo salvó.
También cuenta la aventura de uno negro, rengo de la pata izquierda que una vez quiso salir en parapente con los locos que vuelan en Varesse. Los muchachos odiaban al Negro porque cada vez que querían despegar los corría y les ladraba para que lo atasen y lo llevaran a dar una vuelta. Pero nada. Los parapentistas se entienden con los pájaros pero no saben nada de perros. Un día el Negro se cansó y se prendió de la pata de un piloto que lo alzó como tres metros. Después de tanta patada se soltó. La gente se reía como loca; al piloto, que estaba muerto de rabia, le tuvieron que curar la pierna con agua oxigenada. Al Negro le dolieron las costillas una semana, y yo sé cómo duelen las costillas porque a veces cuando voy a hacer pruebas con la bici a las rampas me mato, te juro que me mato. Don Manuel lo tuvo acostado contra él esa noche y varias noches más hasta que se curó y me contó que cuando soñaba, porque los perros sueñan, parecía sonreír. Así que seguro, tanto no le importó el dolor. Él no podía correr tan rápido como otros perros pero había volado ¿qué tal? Los perros de la playa son tan valientes –dice Don Manuel-. El lo sabe.
También me explicó que hay perros que ladran para avisarle al pescador que tiene un pique; es que a veces, pobres, se duermen de tanto mirar la boyita. Hay otros que aprendieron a hacerle frente a los lobos marinos que se quieren subir a las lanchas amarillas y se ganan algún pescado que le tiran los dueños como recompensa. Claro que antes tuvieron que aprender a comer pescado, pero los perros se adaptan a todo, por eso son sobrevivientes, como yo –dice Don Manuel- aunque eso no lo entiendas bien todavía.
En La Perla, por ejemplo, hay un Golden (el único que no duerme con Don Manuel porque es del Guardavidas pero que siempre lo va a visitar) que ayuda a sacar a la gente del agua. Y la ve enseguidita, mucho antes de que hagan sonar el silbato. Entonces gruñe fuerte y se mete al agua con la rosca y la soga. Hay que ver cómo nada, casi tan rápido como el guardavidas. Los perros de la playa son tan observadores -dice Don Manuel.
También me contó que hace mucho, yo seguro no había nacido porque no me acuerdo, cuando vino el tornado a Mar del Plata, fueron los perros los que le avisaron para que se fuera de abajo de la construcción donde dormía; que él no entendía nada pero que no paraban de aullar, lo despertaron y no dejaron de tironearle de las mangas hasta sacarlo de ahí…Entonces, de golpe, vino el viento, el mar se puso como nunca lo había visto y al toque reventó una ola increíble que arrasó con todo lo que había en el lugar. Que los perros lo protegieron –eso dijo don Manuel- porque son leales, más leales que las personas, que si no, la ola se lo hubiera llevado a él también.
A todos los quiere don Manuel. Y les da de comer aunque no tenga mucho. A veces no le sobra ni un pedazo de sándwich pero de lo poco se comparte –dice- si no, no tiene gracia. Por eso cuando los huesos del asado no alcanzan, le saco algo de la heladera a mi mamá y se lo llevo; aunque casi siempre lo único que hay es un pedazo de queso fresco o alguna milanesa medio dura del mediodía. Porque ahora Don Manuel tiene una perra, y la perra tuvo nueve cachorros. Por qué tantos -le pregunté-. Él me explicó que seguramente se había enamorado más de la cuenta, como les pasa a veces a las personas, como le pasó a él hace mucho. Por eso la va a cuidar, a ella y a los cachorros, hasta que crezcan.
Una vez, los chicos le preguntamos por qué vivía ahí, y él nos dijo que le gusta mirar el mar. A mí me parece que por eso tiene los ojos entre verde sucio y marroncito, como el agua de acá. Y porque ama a los perros –dijo-; como en la película de mi hermana –dije, pero no me escuchó-. Que le hacen compañía el Tuque, la perra, los cachorros, el Negro y el Golden que viene de visita. Porque los perros de la calle somos una gran familia –trata de explicarme Don Manuel- y no nos dejamos nunca solos. Que nosotros tenemos que aprender.
Ayer empezaron las obras para arreglar el viejo edificio, van a hacer una confitería o algo así, y Don Manuel se tiene que mudar. Dice que no sabe muy bien a dónde va a ir pero se va a llevar a los perros. No se abandona a los amigos, aunque sean perros; que tal vez vaya para las Playas del Sur, que ahí también se juntan los surfistas y son buena gente; él les va a calentar agua para el mate para cuando salen del mar muertos de frío y, si le tiran unas monedas no le va a venir mal. También me pidió que le hiciera un dibujo, porque seguro me va a extrañar y que si tanto ama a sus perros que trate de imaginarme cuánto me llegó a querer a mí. Yo le dije que también lo quería mucho pero que a mí no me salen bien los dibujos, que mi hermana me carga, que sólo hago monigotes –dice-, pero Don Manuel me contestó que a él le parecen muy lindos y que no me olvide de hacer al Negro con su hueso preferido. También me dijo que si cuando vuelvo para la playa no lo encuentro, lo ponga en una botella y lo tire al mar. Que él todas las mañanas va a revisar lo que la marea trae hasta la costa. Y no sabés las cosas que se encuentran –dijo-, que me quedara tranquilo. Ahora mismo me voy y lo empiezo a hacer –le contesté-, por si acaso. Pero seguro lo voy a ir a visitar; si mi papá no me lleva, me armo la mochila y voy con la bici. Es lejos pero si uno no es capaz de pedalear un poco más para estar con un amigo… Nunca, nunca, nunca lo voy a dejar solo. Eso lo aprendí con Don Manuel.
Cuando llegué a casa, en la vereda estaba la hija de la vecina, que es una perra –dice mi hermana-, y será porque se la pasa diciendo: ésta es una vida de perros, o qué noche de perros, o porque se puso de novio con Caniche, que antes era el novio de mi hermana. Apenas entré mamá empezó: Dejá de rascarte como un perro… pero yo me fui corriendo a buscar los marcadores. Tengo que hacer un dibujo para mi amigo –grité-, pero mi hermana parece sorda. ¿Por qué no me prestará los marcadores de una buena vez? Entonces me encerré en el garage y me puse a dibujar con el lápiz de carpintero de papá que en eso entró preguntando: ¿a qué hora cenamos que estoy cansado como un perro?
Yo no entiendo muy bien de qué perros hablan. A mí me parece que el único que sabe de perros es Don Manuel.
•cuento infantil publicado en el libro NUBE SUBE, Ed.Balder
martes, 18 de diciembre de 2007
ÉBANO (libro completo)
Éste es mi nuevo poemario, el libro que jamás pensé publicar, que nunca quise escribir. Pero muchas veces la literatura nos pone otras almas, otras bocas en la mano, y en ellas somos aunque duela, aunque avergüence, aunque sea regocijo esta pena de besarnos en la boca con la vida o con la muerte... Ustedes dirán
Marcela Predieri
La
Pancarta , Ed Martín, 2000
Hay que ensuciarse los ojos
duerme mi boca al revés de la lluvia
treinta monedas
Sobre tu piel barcaza
En una cornisa
Voy a mentirte
y decir que la
boca de la asfixia
ya no es tu nombre
que puedo sola
de dolerme tanto
Encuentro tu cadera
en abanico hacia mi ombligo
pero en él no estoy
ni
estaré jamás
(quizás de pura muerte)
Ébano
Otros libros de la autora
Sangre de Amarras, ed Nuevo Milenio, 1989
Invierta un Hijo, Ed. Nuevo Milenio, 1991
Los Andamiajes del miedo, Ed Martín, 2002
Marcela
Predieri: (Mar del Plata).
Fue
directora de la revista
de
Arte y cultura “La Avispa ”
(2000 -2014)
y
fundadora de“DELAPALABRA”
Grupo De
Estudio y Creación Literaria
que reunió autores marplatenses de 1991 a 2020
http://mpredieri.blogspot.com
Contacto: marcela.predieri@gmail.com
Diseño de Tapa:
Gustavo Fogel
fogelgustavo@hotmail.com
Permitida
la reproducción -ya sea electrónica, radial, televisiva, mecánica, fotocopiado,
grabado, xerografiado o cualquier otro medio- siempre que se cite el nombre del
autor y la fuente. (Es más: se agradece)
Una
Palabra Pre/Eliminar
La decisión de Marcela de no incluir prólogo alguno en su
nuevo libro me llevó, como amigo, a preguntarme por qué. Decidí entonces
hacerle esta pequeña entrevista -en un principio a destinada a “La Avispa ” -revista de Arte y
Cultura que dirige desde el año 2000-
pero , una vez realizada, me gustó tanto que le rogué que la incluyera a
manera de introducción. He aquí algunas de sus respuestas:
Marce, ¿éstas son palabras pre eliminar o post eliminar?
Es
un libro post eliminar ya que de casi
trescientos poemas –me causa gracia porque había jurado no volver a escribir-
solo me quedé con lo esencial. Por eso no tiene un núcleo temático sino varias
secciones que han sido tramadas hasta conseguir la unidad que quería para que
conformara un poemario. Y también lo siento un libro pre eliminar porque intuyo que aún estoy a tiempo de tirar todo
esto a la basura.
No creo que tanta sensibilidad puesta
al servicio de la palabra deba ser arrojada a la basura… ¿Por qué considerás
eso?
Es que este libro
es un asco. El libro que jamás pensé publicar, que
nunca quise escribir. Pero muchas veces la literatura nos pone otras almas,
otras bocas en la mano, y en ellas somos, aunque duela, aunque avergüence,
aunque sea regocijo esta pena de besarnos en la boca con la vida o con la
muerte. ¿Por qué una va a ser mejor que la otra? ¿Por qué este libro va a
serlo?
Hace cinco años que no publicabas a
pesar de tener material para hacerlo ¿qué razones te llevaron a editarlo ahora?
Estaba
creciendo demasiado, ya dolía; así que fue necesario extirparlo, como a un
cáncer. Es curioso: cada mañana al despertar leo un cartelito que pegué hace
años en el espejo de mi cuarto; dice “Yo no tengo ningún problema”; tal vez sea
para creérmelo o para darme cuenta de una buena vez de que es cierto. No sé, lo
dudo. Dudo. Por eso escribo poemas y no reflexiones metafísicas. La poesía es
eso: “arder de preguntas”, por eso me decidí. Digo en un poema: “No voy a escribir
/ Voy a leer / a leerme y darme lástima” ¿No es terrible? Se puede leer un
libro pero no se puede leer a una persona salvo que esté desnuda. ¿Desnuda un
libro? Claro que sí, pero no al autor sino a los lectores que al fin al cabo
son los protagonistas de lo escrito.
Entonces este libro desnuda mujeres…
Porque es un libro que ronda la problemática femenina.
No
sé si es un libro sobre las mujeres, creo
que es apenas un poemario sobre mi mujer. Un libro que da miedo porque está
escrito por una mujer a quien le cuesta reconocerse. ¿Sabés, Ale? Todavía me
veo subida a los árboles de la casa de mis abuelas, con las rodillas sucias de
tanto jugar a la pelota o en la vereda lavando el auto de papá… y siento más
que nostalgia. De lo que estoy segura es que no es un libro para mujeres. Muchas se horrorizarían al
verse descubiertas. Ya me pasó con Dadora,
un extraño poema de Los Andamiajes del
Miedo, que en un fragmento dice: Mujer
fatiga y goce / purísima y barata / Mujer que sólo una mujer despedazada / que
se reencuentra en todas ellas madre / un mendrugo de sí misma.
Te
lo voy a confesar: definitivamente es un libro para hombres, pero no para que
nos conozcan y entiendan; como dice el dicho: para que nos amen.
Sin embargo sé que la primera versión
llevaba en la contratapa “Hombres abstenerse”…
Es
la mejor manera de atraerlos, o ¿no?
A mí, por lo menos. Por favor,
hablemos del motivo que me llevó a hacer esta entrevista. ¿Por qué no lleva
prólogo? Para muchos hubiera sido un honor.
Vos
me conocés, Ale. Siempre preferí un café con amigos a cualquier pomposa cena
por compromiso.
Ahora en serio, Marcela ¿Por qué
Ébano?
Es
una madera dura, casi negra; tan pesada que no flota en el agua; muy resistente
al choque. Los ebanistas la aman. Y estos son, sin duda, los poemas más oscuros
que he escrito en la vida. Yo misma soy dura, me hundo tal vez con demasiada
frecuencia, me encanta ir al choque de frente y mi poesía es, por cierto, nada
clara. Pero así como el ébano tiene una veta alba, de rara belleza, realmente
de luz, espero que este libro también la tenga.
Una última pregunta: ¿A quién dedicás
este libro?
A
la que no soy, porque como escribió Kundera en La Insoportable Levedad del Ser: “mis personajes son mis propias posibilidades que no se
realizaron”
Yo agregaría que tus personajes
también son la posibilidad de realizarse para muchos lectores. A veces, al leer
alguno de tus poemas, siento que han sido escritos con desgarro pero también
con mucha fiereza, como si nacieran desde lo profundo del útero. Te deseo toda
la suerte con este libro, que a partir de ahora es nuestro.
A
ustedes. Yo no voy a leerlo; a esta altura ya me tiene harta. Tal vez me dedique a escribir. ¿Otra
vez sopa?
Alejandro
Gómez
Mar
del Plata
Noviembre
2007
afasia
nadie me verá de espaldas
nadie me verá de espaldas
Huérfana de cautela o ceremonias
voy hacia el génesis
No hay razón para maniatar al grito
atrincherar la verdad tras una mueca
ser escrupuloso títere del hambre
o un selecto imbécil del silencio
Por eso me rebelo
trasmuto con terquedad de hormiga
todo antiguo anonimato
La mano del juego comanda los destinos
y me invita a no irme al mazo
Hay cuatro barajas sin jugar
una es la muerte
imposibilidad
Puedo llagar mis brazos
lamer la humedad del sur
crispar mis senos al rocío
o recostarme sobre el polvo
Puedo abrir las ventanas
al grito encadenado de la
corteza
y todavía no sangrar pájaro
Flecha en el carcaj
nonata
en la palabra primigenia
habré de acomodarme
a mis muchas soledades
Me asola esta inicial
el moho que aparea mi tristeza
a los
domingos
Me zurzo las manos
en vano intento de escribirte
Igual a otra vieja estación
las páginas en blanco
los rieles por andar
el tibio lenguaje de
los ojos
quizás encallen
junto a los alfileres de la culpa
o
el pasado
Quizás pueda tu retorno
Quizás coagule esta ciudad
en la bahía
identidad
Es una palabra de sexo femenino
cotidiana
simple como una
taza
o la lluvia sobre las violetas de mi patio
Un sustantivo en fuga
lo sé
pero no lo
hallo
Cierro los ojos
Tal vez me
encuentre
el sigilo del fuego
Cercada por meridianos de silencio
miro aquel insecto que me ignora
que no sabe del peso de la muerte
Me consumo
él levanta vuelo
Tal vez haya algún error en los oráculos
o en mi página infecunda
en la brevedad de una copa
Aquel índice reconoce la cintura y
el anverso
Duele soledad
tiembla ventana de la lluvia
La noche esfuma vapores de alcohol
El oleaje de la armónica
se eleva caricia y musgo
Más allá
la lentitud del espacio
un escapulario demasiado viejo para
este hoy
tal vez demasiado pájaro
o demasiado tiempo
sea vislumbre aguja quizás queja
Tras un vientre encorsetado de
palomas
esconde sus ojos traviata la cordura
¡Arqueen las sogas debajo de mis
dientes!
que el viento no sepa
que el viento me guíe
que el viento no
pueda
esclavo a los
andenes
En los ojos de la tierra
gris se espeja el cielo
gris
los celajes intentan trizas de altura
y callosas
las manos del muelle
reverberan la tarde al gemido de un tren
No hay ojos para la memoria de este cuerpo
que apuñala viento en su garganta
Escribo mi equipaje con soberbia de jacintos
en un suburbio ajeno a
los perros y la noche
condición poética
La palabra esclava
pone sus pies
bajo el espejo de la memoria
Profano las escaleras
que lamen el muro del reino:
mi nombre
del pan hermano y del culto
un perfil en el rincón
que se suicida
hay dos frutas pudriéndose
en el plato
De acuerdo:
no es imagen para empezar
ningún poema
pero me miran desde su luz temprana
me provocan con su olor dulce
los rostros ajados
sus lunares
En ellas las simientes
Tal vez las arroje al baldío de la esquina
tal vez algún pájaro
En cambio en mí
el silencio no
geminará
poesía
Una elección
un paso en falso
y esa eterna disposición a la
tristeza
por qué el silencio
me hace piel
Sueño que no ensueño
Me ofusco
no alucino
transfiguro
Transfiero los prejuicios
Intento una novela que rebele
que revele la rebelión que hay en el engaño
No finjo
Me aparezco apareada la
espera
al afán de nuestro empeño
Y da tanto gusto darnos ánimo
aplaudirnos el esfuerzo
Pero no hay
certeza
en un trapecio semejante
Convencete:
desde otra
perspectiva
-la del ingenuo claro-
todo es cuento
también dogma y
nomeolvides
tal vez no estemos listos
¿Y si no fuera el miedo
ni el gato negro de
ningún ojo amarillo?
¿Si no fuera el temblor de los trapecios
ni la garganta seca de
tu voz?
Si no fuera nada de eso
sino uña encarnada a la noche
pánico de ángeles
imposibles
soles de hielo ante el aliento alucinado del mediodía
Es preciso desnudar los ojos
Lo sé
No es nuestra vocación a
la pena
o a los pájaros en luto
Es reconocernos huérfanos
ajenos a la conformidad de las tumbas cotidianas
Por eso avanzamos
desgarbados de muros
rompe nieblas
capaces de
cualquier hoy
No a ciegas
porque puede ser
que no seamos nosotros
para el miedo
No sé
digo yo
sólo tal vez
demasiado
Habré de tomar el fuego con los dientes
y toda lengua que no conduzca
hasta el
hartazgo del averno
Herida y mínima
como el
miedo
no haré demandas
El dolor nos infecta
Es la estirpe
y me recuerda el
tiempo en que yo también
fui mordida por primera vez
El lago tembló entonces
el trigo ya no florecería pan
aun retoza vejado de llanto
y muere de muerte natural
-tan
naturalmente bella-
Hoy
al ver tu imagen en el
quiebre de los espejos
porque con cualquier espejo
pueden labrarse las cuchillas
sabré correr
y cortar las
sogas de esa cruz
que hace brillar la culpa de no poderte
de no poderme
Por eso
cuando los pies vuelvan
a sangrar para siempre
y de verdad sobre los filos del poema
nos condenaremos como
náufragos
contra y a favor de los muchos lobos que somos
de los muchos corderos
No puede ser de otra manera
y aun así
es casi nada
como
nada
Ningún remedio puede pintarnos los ojos
que seguirán
siendo huérfanos
como nosotros de nosotros
los malditos los
mediocres
imbéciles de la palabra
que corrompemos con
lunas los grises
y sólo nos sacia ese silencio capaz de masturbarnos
Ya no existen pecados
Podemos ser nunca más una apariencia
desvestirnos de las máscaras
o dejar de luchar
Te convoco a la ronda negra
porque no puedo
dejar de rondarte
de rondarme
Yo lo he aprendido hace tiempo
aunque no sea fácil hacerse
contra la sonrisa vencida
de las calles
Ya nada de berrear que de la poesía no hay regreso
siempre será vodka y
miseria lo que urdas
No te vayas
No te asustes
También puede ser que lo que narres
sea otro cuento
mucho menos peligroso
de revoluciones
Cuatro vidas
trece féretros enfrentan la ausencia de las hojas
El ángel de la muerte golpea con su aroma a noche
lleva su carro o su cruz en sueños de suicidas
Como un campanario inútil al desierto
se empeña en
atraer mi cuerpo de mujer
Me pregunto si andan descalzos los demonios
si mi boca
no perece ya de tanto invierno
Hay un juego que no alcanzo a descifrar
un pueblo entre líneas
junto a cruces que
surcan los eneros
pero el padre ha olvidado las plegarias
Es imposible bautizar otro río
con las ruinas
de la costumbre
No hay pantano que cubra la memoria
La cobardía pesa
¿o es tu luto en mi garganta?
hay que ensuciarse los ojos
Es parte del entierro
estos brazos que por colgar pesan tanto
Gustavo Tisocco
y ver sus cuellos que se arquean
a besar la muerte
Hay que mirarlos
como árboles amarrados a sus huérfanos
entre el polvo y las barajas
A ellos
de hembra alguna
que tienen precio de orgía
y abrasan en el agua
las huellas del deseo que saben mutilar
que sólo conocen la lengua de su espejo
A ellos que no pueden evitar
ser soga de mendiga colgada a sus monedas
pan en la boca de un tigre
nudillos al borde de no importa qué
plegaria manoseada
Hay que saber desnudarles el pellejo
sepultar sus rodillas
masticarlos como a hostias
desgastarlos como a un centavo ciego
y dejarlos por fin inmóviles de tiempo
para ver lo que esconde la sepultura de sus cejas
para descubrir que lloran como cualquier mortal
y que como a cualquier mortal
la madre
los traiciona
Y serán tan bellos cuando lloren
cuando los veamos morder
con
oficio de Dios
ese miedo de pájaro a subirse a los ojos de los gatos
mientras yo los araño
punto final
La ciudad ha parido
sobrevivientes
tras el contorno de la náusea
pero no quiere recordar
Dicen que agita impaciencia
pero esquiva ataúdes
con la parsimonia de un discurso
que de tan viejo
ni siquiera es culpa u olor a
pasado
Sólo los muertos habitan la
pena y la memoria
No te equivoques
Es otro rito
el que quiere desraizar de entre sus
piernas:
tanta vieja rezando calesitas
en medio de la plaza
convoco a la conjura de los tigres
El miedo desborda cicatrices
que tiñen de violeta la piel y el humo
Te veo muerto en un hoyo sin memoria
Hay vino entre las grietas
en tus pies de andamios desmayados
Como si no hubiera nacido antes de ahora
un ahora que no es que no es posible
no soy yo
pero no me asusta no encontrarme
El tiempo se detiene
alza sus agujas
y mi vientre lapidado en el ayer
es parca y entrega
Arquera de gorriones derribo la tarde
Un abrazo de Möebius repite la historia
mundo light
Voy a escribir yacaré
estropajo ajo
tropa tridente
Voy a vomitar membrillo
agujas
negras
tierra que
trepida
morder cactus contra la ceguera
No más tapiada mi boca de ceniza
seré revolución
Hembra mordida
gritapalabraputa
ábaco de blasfemias
me decido a hablar
No pude ser jamás espejo de otra cara
Había en la mesa cuatro panes entonces
y era todo reír guijarros
o turrones con
bocas desdentadas
bebíamos del frío y de la lluvia
mi madre lloraba apocalíptica la muerte de los trenes
y no era poco mirarnos
o aprender de las
caricias del trigo
sobre las frentes afiebradas
Las procesiones del Corpus
vestían sus pabilos
de júbilo
y el altar nos llamaba al regocijo de ser fieles
No estabas
-no voy a hablar de
pormenores-
La sombra hechizaba la maleza
y daba lo mismo ser piedad o furia
Pero aquella sombra de los cálices
no
seríamos jamás
después
como nunca antes
Por eso ahora
que hace ciénagas que el viento
no puede desbebernos de
la sangre
que hace cuatro imágenes
que el Cristo ha dejado de
llorarnos
que hace tanto que mi lengua
no se pegotea a tu amor
de hombre pasajero
apaguemos los cirios y que el luto del sagrario
se
cubra de esperma
que hable
que ningún perfil
se arrobe de monedas que no
serán pagadas
Seamos Judas otra vez
No hay redención posible
Hartas de bondad las manos de los párrocos
hartos de llorar mis rodillas sin peso
comulgan con mis ojos a
cuestas
Qué mejor ultraje
que cubrirme de tierra
y no resucitar
para que Dios se quede con las
ganas
… del mal
Amén
Una vez dijiste
perdona nuestros pecados
pero el precio es el olvido
Olvidar el dolor del fuego que nos guillotinó los ojos
el desorden de la
sábanas
y aquel sol alcahuete
que jugó de
a tres con nuestros cuerpos
Dejar de lado
que alguna vez fuimos un
coro de hienas y de sangre
Olvidar cuánto reímos
Así se perdona dijiste
con tres Ave María y cinco Padre Nuestro
(pero Magdalena está llorando
frente a un dios
que se masturba)
nueva alianza
Porque ese dios
aburrido de su soledad
eterna
nos jugó la mala pasada
de tomar un cincel
y labrarnos
para la muerte
Porque no llevaba rostro impar
su amor
hermafrodita
Porque estaba solo
el hombre creó a Dios
a su imagen y
semejanza
y dios cayó
Hoy las viejas se persignan
mientras
María avanza
preñada y feliz
hacia otra gesta
duerme mi boca al revés de la lluvia
Ciega del oficio de increpar a Dios
pongo mis manos dóciles
sobre todas las cabezas
y me hinco ante Su Nombre
Mi alma se hace tarde
pero no soy yo
herida
sino sus uñas las que tienen el nombre de mi grupa
Es que veo en la
Custodia el azote de sus ojos
Es Él quien se encumbra
-tan niño que da pena-
con su cáliz vencido ante mi embriaguez
Por eso mi arrogancia se reclina
pujo otra plegaria
-tal vez un pésame
que no llega a
consumarse-
Hoy
es el bautismo de la
culpa
Mi madre está pariéndome
pero no creo que haya agua
que me devuelva a la
inocencia
Sobre ella cabalgo
como en un eterno domingo
sin fiesta de guardar
Dios se persigna
Dios se persigna
Su ser impar vaga
con una copa de ron entre las
manos
En su lágrima hay una cicatriz de piedra
Cuando la veo retiro mi mano
como si ella
pudiera avanzarme
o montarme a su lomo detrás de los relojes
Pero Dios juega a los dados en mesas de billar
está exhausto
y su vejez es noche en nuestros muertos
Quién dijo que es todo poderoso
Cobarde
Él podría
(y lo
sabe)
pero no consigue llorar
por eso aúlla en la noche eterna de su nombre
Su desgarro de soga
y las perpendiculares de
la cruz
le recuerdan a la madre que no tuvo
Un Dios huérfano
Cómo no acunarlo
Vení Dios
papá cuenta cuentos a la luz de la Custodia
y mamá sabe una canción
que te hará dormir
Vení Dios
tengo un lugar
dentro de mi mano
para vos y tu cansancio
(pobrecito)
treinta monedas
En aquel tiempo
mientras hombre y larvas
se daban de la mano
vi al sol apagarse
sobre los ojos del día
Fue cuando Judas
vistió su sobretodo negro
bajó al Hombre de la Cruz
y
una
a
una
hizo llover las espinas
que lo gozaban coronado
El revés de sus párpados
había sido lápida de Dios
demasiado tiempo
Entonces fue inútil la horca
y el gallo cantó
por última vez
concebir
Amanece una hostia embebida en culpa
una lágrima
yo/ellas
todavía con los ojos cerrados
nos acurrucamos en una
letanía
En el barrio de baldosas ocres
resuena la
bofetada del invierno
Frente a las rejas se zambullen los zaguanes
que se enredan a los rosarios
gastados de las vírgenes
Ya no es posible dilatar el tiempo
entre ajuares de jacintos
Ellas/yo
morimos de a poco
como los jazmines frente a la tía muerta
Las llaves del sagrario
se recuestan al cobijo de la tarde
-tal vez sea hora de arrancarnos de sus ojos-
Que la luz de la custodia se haga cómplice
y deje de sangrarme entre sus piernas
cada mes
me enseña las alturas
La vieja baja la escalera de los
párpados.
La extingue su mantilla de
santidad y pésame.
Rojo mujer entre las piernas
ha sido su ofrenda de cáliz al
peso de las faltas
El cisma de dos cirios sobre
brazos en cruz
envuelve de sándalo la letanía
de la siesta
Afuera llueve a cántaros
A horca y sábanas
le sabe la quijada de aquel
mendigo
que la excita
oculto
entre delantales con olor a
vainilla
Incapaz de huir
exorciza de púrpura al deseo
los monjes visten cántaros de tiempo
Más allá del pecado
nada conmueve su decoro
Tras las máscaras hipan cuentas
entre horas que punzan la tarde
Un parto de palomas
desclava del rosario
otra virgen
para sus dedos en plegaria
la castidad del
lago
Los pilotes agujan el agua
alzan su ojo
contra el cielo que ajusticia relojes
Sienten al insecto hundirse hasta la savia
y hacer legaña de tiempo
al musgo enhebrado a sus pies
pero la violación
es herida breve
preñada de
belleza
Dios
voyeur al viento
blande juncos
acaricia sus espaldas
y besa la nuca de la tarde
como excelso monje
al muelle
desposado
absoluto
No hace falta resurrección
entre los huesos
Apenas sí quebrar el llanto de
las piedras
Y se trata
a veces
-pero no es posible-
de ser Cristo
con las manos desclavadas
inmaculada
Hoy la agonía escapa hacia el revés de la infancia
hacia manos que rebasan perfiles
esa explosión del agua
tras las
ventanas de la risa
Hoy que ha aprendido a mirarse en los espejos
y a no
avergonzarse
un perro lame la vereda de su vientre
Aquel pájaro está muriendo
y no siente piedad sino de mí
Una magnolia
compite con la
blancura de la luna
no se ruboriza de ser abierta y goce
Es de mañana
Va en calma
a besar a Dios en los labios
catálogo de imperfecciones
magdalenas
Las sábanas sucias
la resaca
el olor a sexo entre los dientes
El veneno solo
aguardando
el gato que comparte la cocina
los aparejos
la semana por reconstruir
Ningún crucifijo en el vía crucis
ningún presagio
Sin falta ni culpa
los viernes duermen siesta las señoras
es presa de
inviernos
“alguien está de pie
/ y se recuesta a nuestro lado”
L. Escobar
No duerme
la desviste debajo de sus
ojos
Ella no sabe
pero sospecha manos en la curva exacta de sus muslos
Aprieta los ojos
y es tan blanca la desnudez del grito
que los lobos
se asustan de la luna
En su cuarto de afiches y penumbra
la boca del acantilado se trepa a la mentira
Es fuego una brizna
y corona de fugas su
cabeza
Es tarde
los dos se obligan a deshacerse de los tactos
a
cubrirse del eclipse
y dormir el estilete de la luna sobre los cueros
Ya no hay temor
se saben muertos y de
prisa
pero no pueden llorar
ni siquiera a pesar de sus
manos mansas
La carne puede a veces herir
como un puñado de tierra en el ojo
sin una sílaba
No hay lugar que los aloje después del pasado
no hay redención posible
Las vecinas intuyen el instante:
las rodillas fieles
la presa boca abajo
la ausencia de la cruz
el canto de Pedro
y tres gallos que se
quedan dormidos
cinco
Hay que demorar el deseo
que las hortensias muestren su lujuria
mientras el caracol hermafrodita
orgasma entre sílabas
su soledad de sombra
Hay que partir
luchar contra los párpados
apagar los besos
emborracharse de humedad
La mañana rebasa el luto de los pájaros
Esta sed de ser otro
quiebra las piernas de la tarde
resistencia
Ante un espejo de luz
ajena al llanto de llorar a gritos
frente a tu puerta blanqueada de mortajas
destajo las palabras para verte
Soy sin fin ahora
y sin emblema
deseo terco
Lo sabemos
Mi cuerpo
junco al viento de la
piel
desvirga la sed y la fecunda
un telón para el presagio
Seamos cuerpo
boca
así
de tormenta que
deambula
pertrecho de escenarios
humedad virgen caracol
una mancha entre las
sábanas
y otra vez oscura
quizás avenida o un cómodo sofá
donde dormir las
muecas
Por favor no me contestes
En mi vientre no hay lugar
para esas cosas
enroque
El pájaro repta sobre el estómago del sol
como una aguja de agua
Un resquicio enorme se hace mueca
Las veredas enlazan párpados
Ofrezco mis latidos
al espinel de tu boca
Pasemos de los guantes
al dolor del tacto
Es un gesto inútil
que guardo en el espejo
una licencia
El perro es solo un perro si lo miro de costado
pero no lo miro
Siento su lengua curvándose levemente
lisonjeando el aire
bebiéndolo
despacio
entre mis manos
Entrecierro los ojos
lo acaricio
Tiene el hocico mojado y oscuro
como el pezón
de una esclava que me bebe
tandem
No he de quererlo
pero es inevitable
como la sombra esclava a los
tobillos
No estoy segura de mis brazos
ni es lugar de la razón la
boca contra el pecho
pero no encuentro otra manera
de quedarme
si no es bajo tu asombro
que me envuelve de
lámparas y miedo
Ya no estamos juntos
pero igual amanece
a pesar de nosotros
los bostezos y dos tazas
vacías de café
Habrá que demorarse en el
tacto imperceptible
quebrarle las piernas a las
horas
para que no ocupen el lugar de nuestros cuerpos
“Porque hay dos historias”
una nos demora y otra nos
arranca
de la feroz realidad de baldosas
Ser dos rutinas que se besan
sin encontrarse jamás
sin haber sido nunca
Por eso barro lágrimas de los
rincones del cansancio
Sé que hay una capaz de ir
hasta tu nombre
con una estocada
Pero el cielo está sangre de
mis miedos
aguachea
sabe de mí
segura a una milla de la
dársena más oscura del puerto
precisa como una luz de banda
desgarrada en su mitad
a espaldas de su nombre
marinero
Recorramos entonces los bares
de muelle
bebamos vodka y miseria
Podemos renguear y seguir
vivos
ante el temblor de cicatrices jamás
besadas
mientras el monólogo del sueño
se encabrita desnudo
entre los muslos de la noche
Por eso aguardo
-la espera marcha hacia el
costado tibio de los relojes-
paciente
-aunque la desnudez del viento nos reclame-
a que haga un dosel con todos mis reparos
y los derribe por fin
como a cualquier invierno
mínimo
Entre mortajas de viento
la lluvia lame el vientre de las vírgenes
Detiene el sol la encomienda de los dioses
Sobre tu piel barcaza
dibujo labios para la geografía de mis ruegos
borde
de fuga
mansa marea
Amarrada al miedo se repliega
Su piel revolucionaria
que apagaba las órdenes de las mareas
boca arriba
cobija despojos de mares retirados
Su pulso está muerto
pero aun escribe un tajo en el cuerpo de la dunas
mutila los senos
de la madrugada
Ya no grita el vejamen de la pesca
Llora anclajes
Incapaz en las batientes de parición alguna
es agonía del reflujo
Sobre la arena
su
lengua de naufragios
se sienta a beber franca
con otros muertos
la vida es un
bumerang de tiempo
Entre espuma de barrancos esposados a la restinga
arqueo un grito que descalza las cornisas
Se desbarranca la piel
y es el suelo
tan tibio
que no cuesta cobijase entre sus muslos de invierno
Dos hileras de patos salvajemente negros
se hacen beso contra la
oscuridad vejada por la luna
En la ceja del horizonte
la belleza de la muerte se sonroja
y es cicatriz púrpura tu rezo
Hay cansancio ahora en mis ojos
Mi oración está
vacía
Escupo a la intemperie
¿Habrá que morir mojado
pedirle al alma que deje de latir
secarse al sol como una res
o el alma de una india muerta
para ser
la vida que me viva?
El viento se me escapa
hacia un sol que
hace garra
de tus ojos y mis manos
faltan los barcos
Es necesario invadir sus secretos
las horas de agua que se trepan
fértiles de anclas y de arena hasta el nido de la noche
las bocas de esos hombres que ofrecen la pleamar
y se abrazan a los
puertos
Sin rastros
se pierden los
nombres de las mujeres del bar
como las estelas tras la rompiente irremediable
y sus bocas de rouge
arrancadas con
el revés de las manos
o
la memoria
Porque ellas saben guardar entre billetes su saliva
bautizan con champagne la pieza que debe de mañana
mantener las
ventanas abiertas
mientras se dejan inspeccionar por el sol
y cuadrillas de viento descarnan de los techos
el jadeo de los clientes
No hay en ellas rencor ni caricias
Tras haber deshabitado la noche
beben
café despacio
cepillan sus dientes y los cabellos enmarañados
porque la pena no es pena mientras entre sus muslos
esté
caliente aun el recuerdo de la paga
Tal vez alguna novata llore
Aprenderá
-dice la mujer con
arrugas en las sienes-
el segundo o el cuarto ya no importan
y la besará en la boca
como una madre
Al costado de la cortina
la rubia
joven se depila una pierna
se arranca uno a uno los marineros de esa tarde
y es tan bello verla apareada al sol
con sus ojos de sueño
de mediodía
aunque cargue olor a vino
un mal recuerdo que dormirá hasta que el sol
caiga exhausto detrás del horizonte
Entonces arqueará las cejas y recortará sus labios
será otra vez yegua ensillada
un portaligas rojo o un corsette para su alma
quizá dulzura de mentira y de duraznos
como de duraznos los ojos
y el latir de su cuello ebrio de sábanas
En ella me encuentro
hoy a
solas
para beber su soledad
Está calzando anillos en los dedos de los pies
Yo me visto de luto
Acaso por el miedo
nada de agua sobre
las sienes
El oficio de poeta es escribir
pero yo voy a leer
a leerme y darme lástima
He vuelto
Tal vez beba hasta que la figura de tu cuerpo
se astille en el vano de la puerta
agresiva y tierna
como las pestañas de una vaca parturienta
te escupo otra vez
como a un mal sueño
Qué mentira es llorar a solas
cuando las esquinas son apenas un quiebre de tango
pantorrilla apagada media
de red
porque en red caigo entre tu lengua y mi saliva
Cuerpo a cuerpo
me deshago de las escaleras que
me trenzan a tu horca
Cuerpo a cuerpo
ajena a las horas
por vivir
a contra
cara de un mazo virgen
de espaldas a esa copa que dilapida santuarios
disimulo otra sonrisa
mueca en el
recodo de tu frente
Me resisto a tu oscuridad
y es un mugido lento
ese beso que no llega
nunca
un ejercicio sin jugar
a contramuro del
ocaso
setenta veces siete
“mi corazón repleto de modales
que no puede quererte”
Alejandro Schmidt
mi beso
incapaz de saltar hasta tu
nombre
abrazo a destiempo
No hay ayer
todo se sucede
como la muerte
o la vida que nos ciega
Nuestros dedos desenhebran relojes
pero algo sigue en pie
inevitable
No es la tormenta
Por eso damos paso a las uvas
para que el exilio del
presente nos ampute los ojos
El miedo sólo puede ser barranca al miedo
Quien pueda
que grite
el nombre de la lástima
que el silencio abra sus piernas
y en plena muerte
la tarde nos vista
de luto
Ya no hay abajo detrás de nosotros
No hay media vida
Que no triangule la noche
con la escoria de mi
cuerpo
la humedad de las
cornisas
No hubo un instante para las manos
apenas un rumor de peldaños indecisos
en el oficio que
encontramos
Era el nombre de la soledad que jamás renunciaríamos
una función criminal a nuestro alcance
el deseo de pasarle la lengua a los filos
y movernos lentos entre la sombra y la inocencia
No era difícil dilatarnos hacia el declive de la noche
ser palomas extendidas entre sus muñecas muertas
pegar la espalda contra los muros del deseo
y no desear
o desear demasiado
como una forma violenta de la quietud o el equilibrio
Por eso hoy
que he besado los perfiles de la lluvia
saco mi saber de los armarios
Voy a contrabandear con la muerte
mis pecados
y no cobraré más
que un retazo de memoria
XIV
Mirá vos
nos estamos muriendo de esperar
Y creemos ser los mismos
con las manos afónicas
y el alma/alba
en un puño de callar
siempre
Hagamos un pacto de puñales
Los salmos aguardan
Y mis
racimos
y tus ángeles
vamos a besarnos de papel
a roernos las palabras
las encías
que la sangre de las líneas
fluya
que nos emborrache
que seamos una sola sábana
o versopiel
más allá del poema o la
lujuria
Vamos con boca a lengua ajena
a desbesarnos
a arrancarnos los corpiños
lo más temible
lo mejor de cada uno
no me quiero bañar
El agua me arranca de tu cuerpo / no tan suave /
ni tan lento como tu lengua arrasando mis costillas//
Me viola los espacios prendidos a tus ojos ///
Una voz de tango resuena atrás de los relámpagos
que lamen la barranca // El agua me lame //
Tus manos se derriten en mis senos /
Las acompaño con espuma hasta las rodillas quebradas /
que ayer / fueron súbditos
de un tirano que latigó saliva y perros //
Todo es negro / como el orgasmo en el que caigo sin querer //
Y sin
patena caigo / hostia de tus manos //
Pero no hay milagro / La espuma y tu cuerpo
se van por la rejilla // Resbala tu mirada de mi boca /
tu lengua interminable de mi ombligo / tus dedos de mi piel muerta de
frío ahora / muerta de miedo /
pura sed de roca y tigre // y la sábana se hace tundra //
El agua me está huyendo / se envuelve en grito /
aquieta mi cabello erizado de palabras ///
Bebo un sorbo que termina de enmudecer tu sabor
a vino y sed / musgo y espejo //
Vuelvo a ser rata / aunque seas vos
el que repta por las cañerías y se hace túnel río mar /
cada vez más rápido / cada vez más lejos / cada vez más viento y más
pasado //
Mientras / yo / me seco lentamente /
y busco a ver si ha quedado algo de tu color /
tal vez en las axilas / entre los dedos de los pies //
Me miro en el espejo // Estoy tan blanca de vos ///
Es el día uno de la espera /
es el día uno de la sed y los trapecios //
Habrá que gestar equilibrios / pernoctar pájaro //
Me recorro con miedo de agujas el escote / el cuello //
Nada //
Me barro la boca de tu boca /
las sienes de toda fotografía sepia
que no conduzca hasta esos ojos /
donde el agua no penetra /
y vos / me seguís besando
***
En vos duerme mi herida
Y tus ojos me señalan
la elegía del
cobarde
Amatista contra fuego ciega giralunas
Danza el gato sobre el escote negro de aquel crucifijo
Bajo las mantas en cuclillas
otro cántaro intenta desbebernos
y tras el péndulo de aquella catedral
no soy sino
siendo como fui
de espinas inacabadas y fuego entre los dientes
-falacia de viento es este
axioma-
En voladizo duerme el pecado
pero no hay pecado que no
sepa nuestros nombres
Por eso
cóncava de ayer
voy a inundar de escarcha y vodka las represas
Es hora de sangrías y de ecos
La piedra babea contra el musgo adormecido
es fuego hasta eclipse
matriz en giba
peso terco o beso que no acaba
demasiado yugo
harto de caricias
apenas un poco
Porque no se trata de besar el cuello del poeta
un Rimbaud negro de mareas y
desiertos
infiel a la noche y de ella esclavo
hielo en fuga o selva de
maíz
vértigo de tejas y todo
palabra que se astilla
un grito en la sábana herida de silencio
Por eso circunvalo su soledad
El junco apenas moja sus pies
en otra muerte prematura
No creo en diccionarios
que intenten explicar
de la palabra sus vestidos
Ya no a medias
no a pico
despertar si así se vive
entre vino y zócalos
Abandonemos los escudos a partir del agua
Basta ya de esa boca
que habita noches inmersas en
cartílagos de azúcar
de tantas mentiras en las manos
mientras intentás
derribar las puertas al miedo
con flechas amputadas
El guerrero ha abierto su armadura
Los ojos se oxidan
si a orilla del
barranco la inocencia se desploma
y en ella caeré para siempre sin designio de semilla
Es así:
a pura escarcha se
levantan los conjuros
un aquelarre de entrepiernas
bajo el grito
de la soledad más sola
esa que compartimos con silencio de campanas en luto
con la culpa entre los dientes
con la sangre que se retira de tan roja
¡y haber sido apenas pájaro!
Por eso te lo regalo
envuelto en escorpiones para que lo cargues vos
sobre tu espalda
te lo vomito como a una indigestión de caviar
en la boca del hambre
te lo entrego
libre
sin mella o latigazo al tiempo de la huída
te lo abraso al sol
para blanquear su noche de vírgenes y tablas
Puedo darme ese lujo
Dame tu mano
mi corazón es éste
y mi
secreto:
“el báculo de la lámpara se inclina a la penumbra”
Es que él me juega con las mismas armas
como una rana o un gusano de fronteras
espina arista o miel de ébano
hacia la profundidad que habita salamandras
Hay sarcasmo de piedras en los nudillos que se acaban
algo de tu perfil que repta sobre mi tablero de alfiles
caballo a dama este juego donde la muerte se avecina
Dientes de chacales
besan
su lengua porfiada de adioses
enredada a la horca para no morir
cuando de morir se
trata
Es de noche
Abracemos la bufanda del frío
desvistamos de badajos los
campanarios
y dejemos a los búfalos beber la sangre de los
tigres
porque dos hormigas hartas ya de tumbas
salen a beber la
madrugada
mientras un sol enorme trepa los muslos de la selva
y confluye en velo de mujer alimentada a viento
Yo
cargo miedo de montañas ante
un dios dormido
Cerremos la noche
feliz de muerte al
regocijo desnudo
No hará falta luna ni amanecer
porque breve
como el ala negra de
un número sobre la cábala
así las pestañas y el temor de la hoja virgen
Imprecisa
como habernos besado después de hora
y no permitirnos
ni el recuerdo
de los márgenes
Así lo pronuncio
con la violencia del
silencio
Así me ofusco
y por qué no morderlo fruta o piedra
a mansalva
hacerme llaga de limón
un pubis de sangre
verde
capaz de
ahorcar las piernas de la tarde
Así morimos
de pura belleza
jamás besada
porque no hay ternura en el deseo
El sol pasa de largo
la noche esquiva
y ella no duerme
caerá
en fuga irremediable
como la muerte de una orquídea
sobre su cuello virgen
de la alegoría
Si quedáramos fuera de esta moral
descalabrada por un beso
recorrerían tus esclavos la costa de mis vértebras
y caeríamos
de a poco
como en un desfile de piezas de ajedrez
que morirán en
tablas
Sería indecente el grito del cuervo sobre Palas
Lentas y llanas nuestras manos
podrían deletrear el
borde de una lágrima
pero no seríamos capaces de enfrentarnos
Ahora
que los muertos reclaman
su bocas desdentadas
las lápidas son fetiches
a las que
podemos aferrarnos sin reparo
No vaciles
no me hagas
luz
Mi mirada está manca
y este juego de jugarnos a ciegas
como dos gallos
ya no reconoce nuestras manos
tres razones
Hablar de muerte
de nucas al olvido
Hablar de muerte
de tifones
de piedras al estanque
Hablar de muerte
y no nombrarte
cuarto
A veces me dejo abrazar por la sombra
lloro cementerios
y arranco de cuajo
los cinco crisantemos que te crecen en la frente
A veces
te perforo los tímpanos
con tanto silencio
que el mundo todo
cae por su ojo
A veces
dejo las ventanas
abiertas
pero siempre cuando es tarde
tras la puerta
Un hombre
mi otra mujer oscura de
distancias
aquellos labios ajenos
y por qué no
obscena
la vida por vivir
Ésa
la que nos da miedo
con los pies en la tierra
complicidad
complicidad
Es el fuego
a quien no deja de mirar
y es oscuro
como el vientre de un
jabalí
No hay límites afuera
El nido aun borda sus ojos
pero la madre arroja al instinto
de las alas de
la costumbre
Las nubes están ciegas
y despliegan su castidad
capear al sol
Siempre es grito caminar por las aristas
herida el
contrapeso de esa burla
que intenta borrar su rostro
de las
palabras que escribe
Huele a moho
a rutina de manteles blancos
la burla
o ella
que sabe tender su piel en una soga
y poco a poco
perder en la oración
la herida de
sus piernas
Pero no hay olvido
si el hedor a hembra es madre
si la cría aun está tibia
entre los
dientes de otra fiera
Todavía lactan sus pechos
todavía es ella
antes de la
parición o el llanto
Por eso roe el infinito
se inocula de pasado
perdura
No morirá
ni vivirá la voz que la
costumbre calla
Sólo sombra sin cuerpo
toda deseo en su
cubil
con la insistencia de una flor
en su
sarcófago de agua
ella ya no me
habita
Cuando sus ojos
-tobogán a los
infiernos-
escaparon de su espalda cansada de congojas
quiso morir para nacer de nuevo
al sueño de ese verano aun por acontecer
No sabía ella de caer ni puentes
tampoco del fuego
capaz de ahogar
miradas o veredas
Por eso no cupo en su cárcel
la culpa de besar dedos de acróbata
Por eso
-marioneta apocalíptica en la tibieza de sus hombros-
ahogó los hilos
que quisieron habitar sus escaleras de
pájaros
Burda en su infancia
ahogó sus manos abiertas al sol y a la caricia
Ella
que había sido risa de
roldanas y de siestas
que era inmensa
ya no
pudo
aquella noche de cordura y sábanas inmaculadas
dejarse
conducir hasta su boca
En un báculo bendijeron su tristeza
y de tan puro
aquel grito enmudeció
badajos
No lloró
(había muerto tanto tiempo antes)
en el celo de la
tarde
La mujer estatua
arquea sus senos
a favor de
la hierba
Mientras los miro abrir sus bocas al deseo
y no saciarlo
-cómplices del simulacro-
los esposos no hablan de otra cosa
que los niños
los impuestos
que tu madre
que la plaza cubierta de musgo
hamacas y lujuria
Mirá tu lengua de azúcar
mis ojos café
Un desayuno es más que un beso parco
o de pan y manteca disfrazar el
deseo
Demasiada cordura almidona las manos
Impenetrable
la saciedad busca soborno
pero hay tanto miedo a enfrentarnos
tanto de no querer crecer
y decidirlo
Veo a la sombra invadir la pena
que lloran los balcones
Un cáliz demasiado virgen para rozarnos
orgasma nuestra muerte entre sus dedos
sauce hacia el
oriente
Ese árbol
nublado de hijos y de viento
acalla caminos de calandrias en la penumbra
Temeroso de bandadas
amputa la soberbia del ocaso
Es yerro en el horizonte del equilibrio
extendido almanaque
donde el nido de la noche tiembla
Ese árbol de seis brazos se sostiene
a pesar de mí
que no voy a echar frutos
No sea cosa que sembrando celajes
sea gestado mi séptimo hueso
y el tiempo se haga carne
por qué no verbo y redención
Aquel sauce repite orillas
y me da tanta pena verme así
con cuerpo de hoja
entre almohadas de
lino
Cuando aparece la lluvia de antes
ese ser que fui
cuando una gota era éxtasis
y
encontrarnos de nuevo
cuando el acantilado no era borde
sino un dios partido
y en cuatro
patas
clamando libertad para sus huesos
Cuando descubrí en esa hoguera
y no otra
el tiempo del espasmo y nomeolvides
no era yo
inconclusa de tu
mirada
más que otra forma estéril
aun sin mí
sin vos para
pensarnos
Y fue entonces cuando robamos el cáliz
para
gritar por fin
que nos hallábamos forasteros en la muerte
para ser dioses
y también para ser
hombres
desnudos
completamente libres
Pero no fuimos capaces
Hoy
un ataúd que nos queda a la
medida
es báculo y balanza
Por eso llueve con los ojos vendados
y volvemos al
principio
demasiado dispuestos ya
a la
costumbre
***
Hay un silencio que me habita
parido a la intemperie
de las hojas
un grito como dentellada de perro
en la arista de
la noche
Hoy
no puedo con mi cuerpo
me ajusticia
El pan es un sol
que se acurruca en mi
garganta
para vendar al grito que
el agua
no
puede lamer
La música se jacta de un rostro
que
es mío
y ya no reconozco
Ajena de las horas y las palmas
alzo mi cuerpo
primitivo
a través de todos los milenios
La voz de la congoja
deleita a los chacales con mi muerte
morder la arena
Pesa el pecado
consume las manos
que se hacen lentas al
abrazo y la caricia
Aun así seguimos seduciendo a la costumbre
y a puro golpe
nos arrancamos la pereza de
la piel
No hay otra sed ni otro epitafio
que pueda esperarnos
detrás de los andenes
Ninguna fuga de mí misma
está tallada con tu nombre
celos de cielo
Tu amor se va por las alturas
besa pájaros de sol
Te me vas
con dos arrugas al borde de esos ojos
que han dejado de
mirarme
Me quedo mordiendo alacranes
de satén
negro herida
Como el acantilado te peligro
te raspo las rodillas apenas de pasado
me infecto de sonrisas
No me creés
no te creo
y lloramos
Lloremos entonces
pero hagamos el amor
con los pies en la
tierra
punto de no retorno
bajo el agua
El agua estira sus formas
hacia la
tristeza de la tarde
Voy a mentirte
y decir que la
boca de la asfixia
ya no es tu nombre
que puedo sola
de dolerme tanto
Bajo las acacias descubro que no hubo tiempo
y el que disfrazamos quedó mustio
Encuentro tu cadera
en abanico hacia mi ombligo
pero en él no estoy
ni
estaré jamás
No es otra muerte
ni es la misma
sólo que en ésta
los relojes nos desnudaron sin
habernos visto
Ebrios de arena y de poesía
hamacamos espolones
contra el cielo
Ya no importa si testigos
si vas a encontrarme en una
página
o salir de mis brazos
No hay dictados
ni emblemas
Encontrarnos
y sabemos muertos
por dejar a un costado
el aliento de la savia
ayer de cuentos
Puentes a tu boca
boca ráfaga
innata de
ternura
Un beso ahorcado del equilibrio
bajo el árbol del
desierto
Esa tarde
mis ojos inmensos
ante el amarillo de tu
cansancio
juntaron silencio de dedales y pimienta
Por eso pinto tus manos roncas
detrás
de un delantal
por eso no puedo trasnocharte
ni arrastrar tus pies hasta mi almohada
para no morir
El cielo agrisado de la memoria
resume una y otra vez
el mismo juego
Ajena a tu reloj
que se bandea hacia el ayer
abrocho el pasado a la costumbre
Hay aroma a pochoclo y soledad
y me gusta tenerte así:
desde la inmovilidad de la foto
ser cintura
temblor
darte paso entre mis dedos
Cierro el simulacro de tu piel
la mía entre las copas
para volver a tu
resurrección
en cada plegaria
me amortajo al
tiempo de quererte
Tu piel de pronto fue pasado
como los días en que la luna
bañada de pimienta
extirpaba a la noche sus senos
tibios
Ya no hubo risa capaz de
despertar
esas viejas espaldas de
calesita inconmovible
Te beso con maña de anillo
como si nada
entre la sal tu vientre y la cocina
La última palabra transita un
lugar de confesión
No hay ataúd que no se quiebre
y Dios
que se ríe de nosotros
rutina
“ella clava los gestos”
M.
Sampaolessi
Los puños se clavan a las
sábanas
la boca mordida
su queja apenas diente
Él sabe amarla
muda
ella no sabe
Enciende la luz frente al
espejo
Para salvarse
se pinta los ojos
masturba su imagen
se abre toda rouge y sangre
en una sola mueca
Ellos se aman así
en silencio de noche
a pura lágrima
contra la pared en fuga
No acaricia otra noche que sus ojos
no escapa
ni de ella ni el instante
Renace
llora puñaladas
no
obedece luna alguna
Se recorre sola
penitente
Enciende eternidad
su ombligo descalzo de mujer
ojos rimmel
Su vientre espina pájaros
bajo los brazos de la lluvia
Él recorre su aridez
la envuelve hasta hacerla trapo
paloma y tanto beso
Ella llora entre faroles
pero obedece
se somete a su antojo
pubis esclavo
bajo su lengua de bronce
adicta a su herida
la noche avanza
con su tatuaje de ébano en los ojos
para que despierte
para no morir
sacude
de la sábana al sol
sus puños de acíbar
de las rejas
La mañana no quiere alzarse del bostezo
Persiste la resaca del amor
-una cuchilla que dibujó
fronteras entre los muslos-
Llueve un agujero en el alma de Dios
La quiere niña
virgen otra vez para
sostenerle los ojos
para que la abrigue de su eternidad
del cansancio de seguir
a tientas
buscándola
cuestión de
perspectivas
De costado a saberte
tus ojos de piedras y melaza
de frente la memoria
que apedrea el
pecado
de atrás
de perfil a tu sombra
de cara a la noche
como si desde abajo
pudiésemos empezar de
nuevo
el abc de la sangre
Titila la esfinge
en una mueca inútil
Como navaja a punto de herir la arena
los cuerpos se derriten
entre saliva y
pentagramas
Se desgarran los dientes en cortinas de lluvia
Ya no hay veredas que recorrer
El instinto hace huella en el silencio
Descabezado el sexo
esculpe noches
para nadie
sin crimen el cielo
Hoy embargaron al sol
Desnuda de su boca
ruge interminable mi espalda alfiletera
Por eso
ante sus ojos de perfil
anudo la
venganza
y ciega de relámpagos
emigro de mi sombra
Hay una bendición que tal vez me habilite
-su piel está sucia-
Beso sus ángulos
me sobrepongo
y a destajo
comienzo a llover
noche de viernes
Las manos del escriba enmudecen
El presente apesta
rancio
Se hacen cuerpo las mareas en las crines de la noche
Desbocadas
se abren las
lenguas del vino
Soledad pide a gritos a gritos ser anclada
al coliseo de nuevos ojos pardos
Gime Jim entre dientes
Ya no puede la lluvia trepar los peldaños a su espalda
Estalla en las pestañas el dolor de los duraznos
Los cinco tambores de su ombligo
no se apagarán hasta
ser uno
sobre la arena
del silencio
los vampiros mueren de tanta
eternidad
Entre avenidas y dictados
su cuerpo extranjero
transita a habitar el día
No hay enjambre posible
capaz de ser arteria y miel
No hay enjambre posible
capaz de ser arteria y miel
detrás de las columnas
Hacia el exilio solo de las manos
se abren -vírgenes de noche-
Hacia el exilio solo de las manos
se abren -vírgenes de noche-
las ortigas
y es tanta la crueldad
que la palabra se hace repudio hasta su boca
que la palabra se hace repudio hasta su boca
El tiempo de la lentitud no
atreve a pronunciarse
(quizás de pura muerte)
Quizás por si algún pétalo
germina marioneta de la sangre
germina marioneta de la sangre
del agua y de la sombra
Partida y deshecha
mi mitad
más cuerda
alimento ese perfil que dejó de habitarme
Quiero ir hacia los ojos y la infancia
Llena de mí
ya no dejaré escapar a la que
soy
abrazo de agua sobre el vidrio
Después de infinitas tardes
el ayer entró
Vos y yo
antes de ser
como siempre
fuimos
el himen intacto
CONTRATAPA
Es fundamentalmente fiel a su voz. (…) la dimensión erótica intenta
exorcizar el pecado original en la dimensión que el miedo, expresado por el yo,
encierra.
(sobre Los Andamiajes
del Miedo)
Luis María Sobrón
Una presencia poética femenina diferente de las que yo conocía, una
mujer poeta rotunda, totalmente mujer, asumida plenamente como tal y valiente a
la hora de mostrar su visión del mundo y no la visión establecida.
(sobre Los Andamiajes del Miedo)
Pedro Leguizamón
El poema se construye paso a paso con una seguridad rítmica y vivencial
que obliga a una lectura voraz. Pocos libros logran eso hoy en día. (…) yo no
dudaría en dar a leerlo en las escuelas, si es que alguna vez queremos de
verdad que algo suceda. Debemos reconocer con Predieri una poeta absoluta.
(sobre Invierta un Hijo)
Rodolfo Álvarez
Predieri es una poeta laboriosa. (…) de las que saben por qué y para
qué.
(sobre Invierta un Hijo)
Luis Benítez
Porque es honesta y circular. No es común, no por difícil sino por
estricta vigilancia, hallar Marcelas en la coherencia de la palabra y de las
manos, ante el riesgo que significa el mascarón de proa de los límites.
(sobre La
Pancarta )
Américo Álvarez
El elemento marino es una excusa para intensas retrospecciones. (…)
muestra una lírica fuerte y un lenguaje poético trabajado que toca los grandes
temas de siempre y de hoy.
(sobre Sangre de
Amarras)
Diario La Capital
El significado es un resplandor fugaz detrás de las experiencias de
vida (…) Constituye un buen ejemplo de cómo un libro es una máquina que
funciona más allá de la lectura del autor. (…) manifiesta la dimensión social
de la poesía (…) pero encierra otras capas, otros matices y otros sentidos
igualmente intensos: el grito que produce el dolor del mundo, pero también el
juego, la indagación de la subjetividad y el trabajo de la imagen.
(sobre La Pancarta )
Enrique Blanchard
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