jueves, 7 de junio de 2007

CARTA ABIERTA

CARTA ABIERTA


Estimado Padre Eduardo:
Esta carta no respeta las liturgias, mucho menos la de La Palabra, pero me urge reconciliarme conmigo misma, con la humanidad y principalmente con el Verbo Encarnado; por eso necesito que escuche (lea) mi confesión.
Para ser concreta, Padre, me acuso ser una representación; si no fuera así, ya me habría acercado al confesionario para enfrentarme a U usted sin simulacros y no estaría escribiendo esto. Pero no soy actriz o sea que dar la cara no es mi fuerte y por otro lado, sólo al escribir soy sincera, ya que es lo único que sé hacer 0 engendrar, como prefiera. Además, a las palabras se las lleva el viento, a los secretos de confesión... vaya a saber. Y yo quiero que esto sea un .doc Así que hágalo público, si quiere:
Padre, yo siento la necesidad de romper los moldes, las reglas, las hormas, las matrices, los montajes, las instalaciones. Es como si una asfixia abarcara y oprimiera toda mi piel, sofocándome hasta extinguirme. Muchos se conforman con la vida que les tocó vivir, aunque al hacerlo se desfiguren, distorsionen, deformen. Conformar... Deformar... Me pregunto si serán sinónimos o antónimos. Un prototipo, cualquier modelo o paradigma se acomoda, te acomoda a una casilla, a un apartado; te aparta, te empaña, te rotula: "hombre sin rostro", te ultraja. A mí no me alcanza un tipo de vida, Padre, los quiero todos.
Por eso despojo y calzo íntegro cada uno de los infinitos pellejos de los hombres y trato de hacerlos míos; robo vidas y las siento, vivo como propias... las cuento. La de quien ama y de quien sufre, la de la señora gorda tomando el té de las cinco en punto, la del drogadicto, del apático o el burgués de m..., la del soldado valeroso y del cobarde, del político y el mendigo, el verdugo y el ahorcado, del subversivo y el represor, de las Bovary y los Fierro... Entonces invento, fabulo, miento. Eso es, Padre, el escritor: un gran mentiroso. Y yo escribo.
Pero ¿sabe? Al robar vidas, las vivo para mí y las vivo para otros. No quiero disculparme, no, al contrario; estoy condenada, lo sé y soy culpable no sólo de robar o mentir sino de los siete pecados capitales porque si fuera verdad que tengo una misión, entonces, cómo explicar cuando en ocasiones, colmada de pereza, transito las profundidades sin decidirme a habitar el cuerpo de mi alma y paso días, semanas, meses sin escribir, temerosa de enloquecer si lo hago y segura de que si no lo hago, finalmente enloqueceré. Entonces, el germen o el gusano de la envidia me penetra y las vidas de otros, virtuosas o perversas, sencillas o intrincadas, comienzan a seducirme, a incitarme... y las ansío, Padre, porque derrochan vivencias que yo jamás experimentaré, vierten las I historias que yo nunca seré capaz de narrar, descifran los libros que en-.al vida alcanzaré a leer. y.,( abarrotada de codicia parto a investigar, a escuchar detrás de las puertas y las almas, a mirar hacia dentro de los ojos, a robar sus alientos en busca de una línea... y anoto datos, acumulo, como un preciado tesoro, cada referencia en mi cuaderno de notas, en el revés de la cuenta del supermercado, en los márgenes de los libros y, le confieso, Padre, que cuando empieza ese proceso de encarnarse en otro, ya no como Santa Concepción, sino Calvario donde crucifico mi comodidad y asumo igual que Cristo los pecados de los hombre, le juro, y no es herejía, Padre, que siento que voy a redimirlos pues llevo conmigo todas las miserias; también todos los placeres, dirá Usted pero de eso no se escribe.
Por eso, para saldar mis deudas con el Señor, si quiero ser justa, debo acusarme también de gula, una gula feroz por saber más y más, tanto que devoro y me engolosino con el respirar de cada uno de mis personajes, me acaramelo con sus poemas, saboreo la melodía de sus voces y cómplice, amaso situaciones para hacer también míos todos sus sentidos... y paladear su lengua, sus ojos, sus tactos. Termino mamando un calostro que me inmuniza del afuera, atiborrada de mí y sin poder saciarme nunca.
Lo sé, Padre, me revuelco, para ser exacta, encendida de lujuria con ese personaje que estoy creando, que soy yo y es otro y... hermafrodita, erizo mi piel. Me cuesta escribir esto, pero ¿podría Usted, que sabe mejor que nadie de las luchas de la carne, interceder por mí ante el Altísimo? Es talla fiebre, el goce de descubrir los más íntimos anhelos, la excitación de penetrar la mente, la voluptuosidad de ser en sangre, lágrimas, semen y saliva solo uno... Es tal el deseo y tan ingobernable. "¡Oh, pureza!" clamaba Rimbaud, como yo clamo. ¿Habrá perdón para mi alma?
Ya habrá advertido que he guardado la ira y la soberbia para el final. El primero porque es el más doloroso y tal vez sirva, en parte, para purgar mi penitencia. Lo que sucede es que cuando mi personaje o mi poema no responde, no crece, no se desprende de mí y adquiere vida propia, siento al desgarro de la cólera estallar en furia, gritos, llanto... y rompo originales, destierro páginas completas, incinero el trabajo de meses y caigo presa en tamaño hermetismo que soy capaz de vagar violenta y sola, y en esto hago especial mea culpa, hasta que todo lo demás desaparezca, incluso mis otros hijos, los de la carne.
El segundo, en cambio, es el más terrible. Sólo se manifiesta si la obra creadora llega a su fin; y si se concreta, no existe sino el éxtasis y por qué no ponerlo con todas las letras: me siento Dios y, en mi infinita soberbia, creo que mi obra y Él y yo somos uno, Padre; y nos exhibimos, obligando a los otros, lectores y orejas pacientes de recitales poéticos a compartir nuestras impudicias, como si tuviéramos algo que decir, algún don que nos hace dignos de ser oídos. Y creemos que lo hacemos por el arte, ¿le parece a Usted?, por la cultura... Me da risa.
A medida que escribo esto, Padre, es como si lo estuviera viendo menear la cabeza "Pobre criatura humana -dirá--, es tan débil como sus mentiras. " ¿Verdad? Pero yo sé que le estoy mintiendo también a Usted, no sólo a ellos que creen que el escritor es una especie de héroe neoclásico con mil odiseas sobre los hombros, un enajenado que se agita en estado violento o quizá aquel profeta olvidado que sin embargo tiene algo para revelar... ¡Es mentira!
Reconózcalo Padre, la culpa es de ellos. Al fin y al cabo ¿a quién le interesa si los lugares que invento en realidad no existen si puedo hacérselos ver? O que Usted sea sólo una ocurrencia y esta confesión, un fraude. Ah, eso sí, les encanta creer en ese amor que me desgarra, ese chisme, esa vida tormentosa y arriesgada a la que ellos no se animan... En eso sí... Tampoco les importa cuánto duela -salvo a tía Elisa a quien al mostrarle mi primer poema galardonado me respondió: "¡Ay, nena, qué mal debés estar!" O al imbécil que hizo un ensayo poniendo en duda mi sexualidad porque había escrito en "Invierta un Hijo" desde un yo masculino. Y ¿qué pretendía? ¿Que inventara otra Juana de Arco para escribir como mujer-soldado en la guerra de Malvinas?-. Vamos, no sea ingenuo...
Miento, pero miento porque la gente me necesita, porque no todos tienen la suerte de trasmutarse, de sentir la mordedura de la sociedad y sangrar, de no hacerle caso al miedo y decir lo que otros no se atreven ...Yeso es horrible. Es como si la vida les pasara de costado y la miraran de lejos. Y si la sienten y no pueden hacerse grito, peor aún... Alguien debe hablar, denunciar, burlarse del espíritu de la época. Tal vez, Padre, yo no tenga derecho a callar. ¿Ha visto Usted alguna vez los ojos de los mudos? ¿Los ojos de un torturado con mordaza?
Pensará que engaño y es cierto; pero ¿qué importancia puede tener que mi alma se pierda si existe un lector que llora, ríe, o enmudece con lo que yo le cuento, miento y solo, sólo por unos minutos, se le mueve algo...? Yo no inventé nada nuevo, apenas otro disfraz de voces para la misma historia repetida. El que lee, elige y si alguien llegara a elegirme, tal vez valdría la pena dar la vida por los amigos.
No sé si esta confesión por escrito será válida y si Usted, Padre, en nombre del Verbo hecho Carne podrá de esta forma darme la absolución, pero ya no la necesito; como diría Cortázar, me siento exorcizada, he vomitado a mis monstruos, he escrito otra mentira y no me importa. Existen mentiras que valen la pena, aunque nos condenen... Porque tengo hijos y quiero que puedan seguir escribiendo cartas verdaderas a un Papá Noel de mentira, y que siempre exista alguien dispuesto a meterse en el cuerpo de otro, a andar a tientas en la noche e inmolarse para que sus caras se llenen de risas y de bicicletas ya nosotros de lágrimas los ojos, Padre. ¿O acaso Usted no cree?
Disculpe, no sé si estaré cometiendo un sacrilegio y con esta carta, firmando mi pase a la gehena, pero no puedo "prometer firmemente no pecar más". Tal vez sea verdad que cargo con la maldición de la palabra y sólo pueda seguir escribiendo.
En su Nombre, el del Verbo y el del Espíritu de la Palabra. Amén

Humildemente

Marcela Predieri
(Mujer que escribe)

1 comentario:

¿hola, estás? dijo...

Querida Marcela, acabode leer tu larga confesión y me siento totalmente consustanciada con todo lo que en ella dices. ¡ Que suerte que tienes que puedes decir todo lo que tienes en el corazón o en el pensamiento!. Yo no puedo, soy un volcán de sentidos y sentimientos enterrada en medio de ellos sin poder gritar todo lo que siento y que sin embargo está ahí, queriendo salir y...se quedan solamente en grito silencioso que desgarra el alma. Ya es tarde, está anocheciendo...