INICIO CICLO LECTIVO 2012
Asociación Amigos del Sistema de Bibliotecas Públicas y Centro Cultural "Osvaldo Soriano" informa que se encuentra abierta la inscripción para los talleres literarios DELAPALABRA coordinados por la escritora Marcela Predieri que se dictan en Biblioteca Depositaria de Naciones Unidas –Gascón y Olavarría-. Nivel inicial: martes de 20 a 22 o jueves de 14.30 a 16.30. Niveles intermedio y avanzado: miércoles de 14.30 a 16.30 o de 20,30 a 22.30.
Durante los mismos se trabaja poesía, cuento, novela y dramaturgia haciendo hincapié en la búsqueda y corrección del estilo propio, la escritura creativa a través de consignas y juegos de motivación literaria, el empleo de técnicas para los distintos géneros, y la lectura y análisis de textos de autores contemporáneos.
Para mayores informes se puede visitar la página web: www.delapalabra.com.ar , contactarse vía e-mail a delapalabra@hotmail.com
Para confirmar la vacante dirigirse a Biblioteca Dep. de Naciones Unidas. Inicio de actividades: 5 de marzo. Concurrir el día y horario elegido con un texto breve.
lunes 13 de febrero de 2012
miércoles 14 de septiembre de 2011
SEGUNDA EDICIÓN DE: Invierta un Hijo
Antes de fin de mes Editorial Martín publicará la segunda Edición de mi libro: Les adelanto un fragmento
INVIERTA UN HIJO
Un ángel llora con un niño muerto entre los brazos
Sobre un pesebre de humo seca angustia
Garganta de Dios
Día de gritos mudos
en la campana hermética de corazones yertos
Los vientos entrelazan almas en rondas
suben
bajan
flotan alas
No hay victoriosos ni vencidos
Infierno
Cielo
Una misma cruz germinada en el Hongo del Dolor
Se han perdido los rumbos en vahídos
y un idiota
besa
vientre al suelo
los pétalos intactos de su sangre
Se confunden los olores
el sudor que aventuró heroísmo en las alturas de la noche
lágrimas como lentes aguzando los ojos
Y es certera la metralla
porque la eternidad se elevó en niños
de lodo y disparos
Yo no creo en fantasmas
pero disparo al centro
del alma
(por si acaso)
Sé que morirás
como se resiste a morir esta guerra
con una granada entre los dientes
recordando el campo de tu padre
como un equilibrista a la borda de las Parcas
ante enloquecidos ojos
en el océano de las tumbas
Y vas cayendo
muerte
a
muerte
cada noche en que una sombra de enigma
se abre entre las grietas de la selva
—¡Disparen! —fue la voz del sargento
Ya no hay duda cuando el miedo nos aprieta la garganta
...Un quejido leve
como el llanto de un niño que espera el pecho de su madre
—¡Son niños! ¡Diablos! ¡Eran niños!
Y corrimos
Los dejaba caer el ángel ojos pájaro
Y nuestros cuerpos
a través de todas las madres
hundieron palmo a puño en las heridas
Entonces
toda la música del universo
es un grito ahogado a los abismos No hace falta llorar
Estás solo
El hambre se desmembra frente a los escombros
abre sus vísceras como fauces gigantescas
devora hombres
El prejuicio es un sabor inexistente
cuando las costillas arden como sables en la espalda
Comimos esa noche
y se hincharon los estómagos
con los aullidos bailando desde adentro
Escapa la luna a su tibieza
se refracta en pómulos brillantes de betún y hueso
Suspira la noche en su mudez
Los latidos son pesadas botas de escuadrón
resbalando por el cuerpo
Más sordo que un timbal abigarrado de melancolía
tan ciego
como el bastón con el que guían sus miedos enredados
En cada jirón del uniforme
la maleza del hombre
y sus pedazos
No conocen el rostro del verdugo
pero existe un hacedor de verdugos
bajo el antifaz de la bandera
de ahí la lucha:
Ver entre las franjas del emblema su cárcel
y la otra
la de ellos
en victoria
Hoy lloramos
Soy yo
y
seré yo
bandera a colores entre rejas de horror
iEs buen negocio el negocio de la muerte!
Miles de ataúdes cubrir de gloria
Manto ultraje
Millones los billetes
Infinita
la mezquindad
Nos sentimos invierno
amparando nuestros huesos para la emboscada final
La escuadra herida de muerte
ante nosotros
Entre las filas
abre boquetes la distancia
Cada uno reliquia el medallón de un compañero
El que estalló en el refugio
El que emprendió la avanzada
El que alzó nuestro cansancio
Pesan sus cadenas al bolsillo
como espectros que profetizan en el miedo su miedo
Ese miedo que nos torna más sagaces
Una línea de fuego despeina los anhelos
—Algún error —gemía el novato con el esternón alzado en lápida
¡Debe haber algún error!
Borra el caos ese instante de infantil lucidez
Alucinación presentida
Conciencia inútil de buscar a cada paso
nuestro nombre
entre los otros sin pasos
Horror
iAún quedan espacios vacíos más allá del universo!
donde las estrellas se nos antojan siniestras
donde la ausencia de la luna es el mejor de los regazos
Nada más será
Sólo humedad de tierra
y un beso de sangre que destemple los cuchillos
jCubran con un manto la fosforescencia de los huesos!
Hay lujuria en el rictus de las calaveras que desfilan sin tráquea
Y como una cachetada
el sarcástico pincel de una mariposa
Un fracaso de gusto áspero
como cientos de lenguas
reptando solas
por las grietas de la tierra
Cintillos sin dueño recorren las falanges
Acá
en esta hoguera miserable de sulfuros
fardos negros de plástico amontonan húmeros
rótulas
clavículas
rompecabezas del Dante
—jY aún faltan piezas! —llora un niño
Escápulas
fémures
la foto de sus padres
Y reza el reglamento:
No embolsar caliente
—Es un dogma culinario —sentenció la mujer del general
No embolsar caliente
mientras las trincheras aún estén tibias por el latir de la sangre mientras el llanto sale las botas del amigo
mientras aún se huela el sudor cubriéndonos la espalda
Me asfixia esta guerra etiquetada de incoherencia
Infiltradas de perfume las hembras generales
De las rocas florece un arcoiris
Hoy al arribo siete rostros afeitados
novatos imbéciles de uniformes impecables
seducidos voluntarios para el frente
Frente ingenua
Y yo estoy al pie
mirándolos
lamiendo profético
sus heridas
arropando terrores
cansado de este nido de serpientes
del derrumbe astral de cada bomba
del aullido agonizante que transforma en caos
los susurros expirados
Quiero ver a la vida ahuyentarse de la muerte
No más envíos
La portezuela del avión se me antoja una llaga que sangra verde oliva
Y seguir
Seguir el vuelo de metrallas con los brazos anidando las cabezas Seguir el rumbo de aguas rojas y cuerpos entroncados
Seguir el miedo
Seguir el himno que pesa herrumbre en nuestros pasos
y ya no continuar
El delirio de una brizna con curvas de mujer trepa las sienes Municiones como senos al pecho la tersura del acero
La sangre
semen
escapando agotadas nuestras fuerzas
De palpar los huesos beso y rojo
Manos desvariadas
Azota una granada el ángel
Siento que algún error
descuelga el infinito
Es más allá del canto de la piedra
donde es blanca cuna el estómago de un muerto
anónimo el caos
ajeno
el pastar de las ovejas
Dolor de ser uno y sin porqué
en una nueva plantación de tinta sobre la foja de las bajas
Luto encabritado
Tronar cañones y silencio de emboscadas
Hay un precepto solitario en un puño que se cierra
porque ayer lo vi
ese rostro que viste de enemigo no es un rostro
ayer lo vi
casi humano
casi niño
desmesuradamente solo
enfermo
aterrado
soñando bastones de azúcar
(como yo)
como yo
bárbaro
asesino
bestial que corre
lanzado sin piedad a un mismo abrazo de fuego
que nos mate y nos acune
Sobrevivo más allá de los acordes bajos de una acústica vacía Sobrevivimos ellos y nosotros
mientras nos horadan los tímpanos los aullidos de la peste
Mortal arrebato arrebatando mortales
Una sinfonía somnolenta en el pentagrama del poniente
Blancas calaveras de silencio
jMaldigan al hombre!
Soy un gorjeo que agoniza en la marcha de los pájaros
Se agujan los cadáveres en el tapiz de la muerte
Penetra el humus la sangre
Allí
donde el pájaro enhebraba semillas
en los antes jardines
los antes huertos
los antes cielos
hay un reloj destrozado con los brazos apuntando al infinito
ese espacio esposado hermano de lo eterno
profano y paradójico
como los misiles
las gotas de lluvia
las plegarias
Se fuga el trozo de hierba en medio de un corazón ensangrentado
Miro a lo lejos
tan cerca abrirse
las mandíbulas desencajadas de la sonrisa de Mefisto
y otro ojo
abierto
redondo
y brillantemente inútil
rodar por la ladera
Soy la profecía viviente de una cruz sin nombre
La boca en trino de un pájaro de lodo
Como un bostezo hastiado de tanto esperar la muerte
daré la vida sin un porqué a las fauces de la tierra
Pronto
las palas cubrirán de polvo el polvo de los huesos
¿Quién burlará una lágrima en los ojos del juego?
Ayer un compañero desertó en la lucha
no a la guerra de mentiras y verdades
de laberintos y emboscadas
de colinas tomadas y bases destru1das
no a la guerra de dioses y banderas
de tropas y aeroplanos
de tierras de nadie y tierras del error
Era su guerra de rocíos tempranos y sudores nocturnos
de cantos de cigarra y oídos sordos
de llanto de niños
Él cubrió con el vientre una granada
los brazos extendidos en santa inmolación
—Debo cuidar la simiente —arrullaba abierta su garganta
al nido de las vísceras
—Regar las semillas —lloraba con el llanto
Y alumbrando una explosión
la espalda en un hueco de corolas
vistió de sangre los ocasos
Ayer un compañero escapó a las nubes
Yo no puedo irme de la muerte
De la mano me lleva moribundo
y me voy
en ella
hacia adentro
cargando restos de sal por el llanto de las olas
resplandeciendo en la última bengala que un grito lanzó al cielo
abrigando miembros helados en esa zambullida
más allá de los abismos
Y los navíos fueron
Me pierdo en mí mismo
en ese laberinto de congojas donde extravié la ajena
en el desafinado acorde de los gemidos de la derrota
en el silencio de los pasos sin dueño
en este rompecabezas
que no quiero componer con mi parte de pésame
¿Correr?
¿Hacia dónde?
Los féretros se apilan como torre de cubos en manos de malabarista
Es tanto el llanto como los corazones púrpura en camas de hospital
como la fiebre y el terror
como las confesiones de haber asesinado
en los oídos del presbítero
(Hay extrema unción en los extremos de su mano)
Huir
Abrir las alas
El fin de la guerra nos dejará cachorros
huérfanos en este nido con olor a cuartel y sudor de batalla
con sabor a miedos y betún resbalando por las sienes
con dolor de llagas nuevas
y viejas caras esfumando la memoria
Pero amamos ese olor sabor dolor
lo reconocemos
a ciegas
como un niño recién parido al pecho de su madre
La guerra nos alimenta con su calostro
y nos inmuniza
A mi costado la humedad de la tierra tiembla
hay mil ojos en los ojos de la noche
en los ojos de la jungla
en los ojos del aire
Y ya no hay ojos
Un arco de horizonte se ha tragado los gritos
y truena
en rodada estampida
el frío rodar por las muñecas
Metrallan los dientes el beso de metrallas
el aire está cargado de siluetas
los espectros acarician con viento los cabellos
A mi costado la humedad de la tierra tiembla
y el sol enceguece espejismos de mujer
Es el alba
con un sol creciente que hará renacer el hedor de la carne
Pateo la furia de la fruta en el despunte
Ahora
que su madurez me recuerda el sexo de las moscas
iquitame
oh Dios apócrifo
esta hambruna de cuerpos calcinados por el mediodía!
La angustia pende boca abajo en el pendular del campanario
Cada vez más cerca de nuestras soledades alas cartilaginosas como un delta de lava
florecen en ramilletes de terror
De nuestras manos crispadas
escapan de las sienes
como escapaba al sol nuestro secreto de cuerpos desnudos
bajo el pudor de la paja
como el llanto en luto de la boca del hombre
como el gorjeo de una alondra ante la muerte de una estrella
La angustia pende boca abajo sus alas
hasta rozarnos
Por eso grita
Grita hasta que no haya oídos sin voltear a tus espaldas
Grita hasta el cielo y grita hasta las grietas
Grita insultos lágrimas sangre
nombres de nadie nombres poderosos
en nombre del pecado y en nombre de la guerra
en nombre del mar que muere
en nombre del hombre que ríe
por el nombre de Dios
por nombre diablo
al nombre del llanto y de la cruz sin nombre
Grita
Grita hasta detener la rotación del universo
Más allá de la noche del alma
La tierra aprisiona soldados bajo lápidas en línea
En el horizonte germinan dagas con empuñaduras en cruz
Y caerá la última bomba como lágrima de Dios
para vomitar del suelo a sus espectros
(Las mujeres se persignan)
Yo tengo una esquirla en la memoria
y alucino a mi madre pariendo
pariendo
pariendo
Genocidio de mi sangre en el vino espeso de la hiel
pariendo
hasta emborracharme de amargura
pariendo
una y otra vez
fetos con rostro de enemigo
Hoy vi un anciano de ojos grises buscando a tientas el lugar de su ciudad
Nada sabe de guerras que cambian geografías
Nada sabe
(y bendice su ceguera)
Sólo trastos y abismos a sus pies
Una grieta desploma el desayuno hacia la úlcera ardiente del centro de la Tierra
quemando vivos los bostezos matinales
Desnudas las bocas de leche tibia
blasfeman sed tapiadas de escombros
y no conciben el olor a boca de mujer vomitando inmundicias
a ríos plenos de pájaros en llamas
Busco en la memoria algún atisbo que dibuje en su luto la masacre ese tapiz bordado de huesos en labios sin voz
Arena y miel la boca que se infecta con los gritos huecos de un páramo silente
¿Acaso la fiebre aterrada de la primera desnudez?
Intersticios de almas cuelan las costillas arrasadas
como un cráter enorme abandonado por la tierra
Sarcástica ternura
Beso de fuego
Pero hay otra boca
helada de llamas que funde el iris del sol
La nombro muerte
He enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí
harto de gorriones anidando calaveras
de este crimen de paz herido el seno
sin vida
de este banquete de cuervos hastiados de carroña
perdido entre los gritos de esta guerra
La voracidad del hombre traga niños con balas en el pecho
y sólo he enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí
Son punzantes los ojos alumbrando hiel tras las hogueras
Las entrañas de una aldea vomitan coágulos de horror
vomitan medallas los pechos generales
vomita un enjambre de tumbas la tierra
vomito
yo
Un sudario de sangre jala las máscaras de esta comedia absurda
Con inocencia de aleteos febriles copula una libélula
Gritan que tienen alas las escápulas de un muerto
El morir es siempre virgen
Frágil doncella vejada del horror
No sé por qué seguir la huella
La guerra hace hombres así
con el gesto ridículo y humano de hacerle una tumba al enemigo
Hay algo de inmoral en este infierno
vestigios de lujuria amurallados en la crueldad
"Hazme gozar Señor de la impúdica desnudez de un cuerpo
sin sangre"
Y encascados
los niños aprendieron a gozarlo
Gesta cadáveres el ombligo del monte
cuando el escabro es una cintura leve que duerme en el bolsillo
Pero yo seré en los labios de tu sexo el anticipo de la muerte
Como cuchillas los labios parirán maldiciones
llamará a exilios demenciales la nostalgia
al primer capullo en los manzanos
al ternero que chupa de las tetas de su madre
De cartón son los puntales de la blasfemia
¿Debo recordar que estoy hablando de la guerra que un circo macabro tiende su carpa de humo que las naciones aplauden
que el hongo crece cobijando espectros
que estúpida flamea la victoria?
Tal vez alguno evoque la alegoría de un rasguño
Sí
Debo recordar que estoy hablando de la guerra
Soy mi resto desnudo de mí
un espectro que vaga en ripio de falanges
como manos náufragas abrasadas por la sed
La acequia emerge infecta de serpientes
jactándose de sus llagas
llorando lágrimas de orín hacia el abismo
Yo sólo puedo cruzar crespones como látigos
Y soy harto falaz en esta mímica
De mi cuello cuelga un proyectil
la bala con que maté mi primer hombre
cuando corrí a cazarlo
hundiendo
árticas mis manos
en sus vísceras calientes
Como un tatuaje rígido llevo esos ojos estaqueados en el alma
Un proyectil cuelga de mi cuello
Horca ineficaz
Los ojos siguen quemando al sol que quema
El aire ha mutado en un bostezo
Me encuentro en el oráculo de una efigie tramada en luto
Un tanque ha comenzado a roer la fronda
como a un jardín
las motas de sangre la fornican
Bajo los párpados la memoria destrenza sus aguas
y lenguas de dulzura anidan mis nudos
Terror de estar
vivo y huésped
en cadalso de este lazo con alma de mujer
Hoy el cuervo acelera los retornos
Soy gemelo a mí mismo en otra muerte
un salto al infinito vacío de Sus ojos
La guerra zurce prolija nuestras llagas
ante un sol verdugo afiebrado de sentencias
Sólo la noche
hembra madre del destierro
nos devuelve al seno del cansancio
Estoy desfigurado de mi ser
trizado idólatra en cuchillas de sangre
Fangosa mi alma los codos las rodillas
En llanto carcomida
mi niñez
—Y será entonces rechinar de dientes –repetía mi madre apocalíptica— Será entonces
Sin saber que hoy
(Nada más)
Yo
espejo en los ojos de aquellas madres que recibían a sus muertos
vi bajar en guirnaldas de los trenes cuerpos enhebrados
Bajé
Era setiembre en casa de mi padre
Ya no asustaba a las vecinas que en los ataúdes sembraran crisantemos
y subí al holocausto como un animal sediento a su propio abrevadero
Era setiembre en casa de mi padre
Las mujeres cargaron sus semillas
Enmarañado
el cabello de una mujer acaricia la maleza
con los ojos abiertos en un abanico estático hacia el horizonte
sus palmas hundidas feroces en el cuerpo de un niño
completamente desnuda de piel y llanto
Del delirio
belleza en fuga
Ciega de Dios
con una mueca en beso cayendo de los labios
La guerra es un aletear tristísimo de lluvias
Recuerden
yo he enterrado esa desesperación incesante de volver sin mí
Es la noche petrificada de la acecho
la burla del incesto con los hijos de la patria
debo seguir
trotando trampas de trincheras
Seguir hacia la nada
lamiendo miedo
y seguir
seguir
Seguir de ojos
de labios
de terrores
Seguir de angustias
de entierros
de aporías
Pero ya no continuar
Yo sabía del aroma de azahar en los naranjos
espinas y eternidad
Estoy en cópula con las llaves del infierno
Mirame
Ya he muerto
estoy abrevando de mi propia sangre entre la hierba
y he visto el rostro de Dios llorando sangre
Dame Señor un poco de tus náuseas
un poco de tu llanto
o tu vergüenza
porque ya no adolezco
Estoy seco de horror
Los astros saben de mi burla hacia lo eterno
Soy un pájaro lleno de silencios
perdido clarividente en noche de mil años
con la lengua blasfemando vértigos
El tiempo cauteriza el hedor de la carne
Cabellera poblada de hostias el vuelo de las aves
Ardiendo
los ángeles han huido
Pero no temas
No es morir presentir la muerte
Horca destronada
Vértigo y migración de ojos
Humíllala con el rocío de tu frente
Huiré por fin de ser esquivo
de la maleza acerada del espanto
Se desmembran los hombres al otro lado de las playas
Mortajas errantes
hastiadas hostias
eco torrente confinado al dolor solo
Hay una bestia en mí
insaciable de coágulos y exilios
una urgencia agazapada
Una cópula aburrida con los signos
Esta trinchera no parirá mi redención
Ajeno de inocencia he tatuado fetos en vientres de mujer
Encumbrada violación que anchas manos rasguñan insensatas
No existe bálsamo donde dar fuga a los despojos
Confines herrumbrados del pánico
Telón de escupitajos hacia el rostro de Dios
En la boca del lirio
es irrepetible
cada respirar
La tierra
mestiza sobreviviente entre botas y sangre
maga descalza en arrebatos de rocío
sostiene un soliloquio eterno con la ignominia de la cruz
y yo
Hermana Tierra
un sitiar desesperado a las lindes de mi cuerpo primitivo
El ángel lloraba su amargura serena
No sé si pueda recordar
¿Acaso soy yo
ese que camina cubierto de gloria y láudano
mezquino lujurioso de emboscadas?
Lamo el sabor inútil de los manzanos de la niñez
los cuentos al pecho de mi padre que olía a quietud
Y duele ausencias
destemplo ausencias
muy cerca de estos abortos infiltrados de medallas
Si terminara esta guerra adónde ir huérfano de lucha?
Parda profecía revienta
Estalla en secretos laberintos el pájaro de lodo
En las gargantas la furia palpitante de un corazón de hierro
Y hoy
que me arden los párpados en los ojos de Juan
en los míos
en los de todos los soldados muertos
me emborracho del llanto de los vivos
donde una redecilla se sueña
se eleva con aroma a azahar
y un jugo verde
pastoso
cuela las grietas
horada tumbas
cala mi asco
el asco de las damas de caridad que toman el té
y se instala ahí
justo delante y un poco más abajo de la inserción de la lengua
El asco decía
y los azahares
No sé cómo poemar azahar y muerte
Punzo mi grito como la cigarra su canto atrincherado
—¿Te acordás mamá?
El esqueleto me llevaba en brazos
riendo suelta su suelta mandíbula.
enorme riendo
devoradora
(y yo despertaba en llanto dentro de su boca)
La memoria puede expandir los tiempos hasta deformarlos
No sé por qué he venido
Ni siquiera soy poeta
El oficio de testigo siempre me produjo horror
Por eso sumo mi música al gemir de las esquirlas en el vientre Avanzo desnudo
con el odio como herramienta
con la visión de la muerte como coraza
(Eso dijeron)
¡Si yo sólo siento piedad!
¿Desnudo?
Tengo el abrigo de mi escuadra
De su presencia me embriago
El recuerdo sabe a vino caliente
mano caricia
a esa madre que arropa las hilachas
que aún conservamos de niñez
En un fogón que agoniza brasas traemos historias
Hay ojos pardos y sonrisas blancas
Hay llantos de niño y caricaturas del espanto
Hay puños cerrados y bocas
¡tan abiertas!
Estoy desposado con la guerra
¡Con esta guerra!
Por eso la comprendo
y permanezco en mi amada como en un capullo de aguas en sueño
Ella me ha preñado de infinito
Tal vez deba callar
MARCELA PREDIERI
INVIERTA UN HIJO
Un ángel llora con un niño muerto entre los brazos
Sobre un pesebre de humo seca angustia
Garganta de Dios
Día de gritos mudos
en la campana hermética de corazones yertos
Los vientos entrelazan almas en rondas
suben
bajan
flotan alas
No hay victoriosos ni vencidos
Infierno
Cielo
Una misma cruz germinada en el Hongo del Dolor
Se han perdido los rumbos en vahídos
y un idiota
besa
vientre al suelo
los pétalos intactos de su sangre
Se confunden los olores
el sudor que aventuró heroísmo en las alturas de la noche
lágrimas como lentes aguzando los ojos
Y es certera la metralla
porque la eternidad se elevó en niños
de lodo y disparos
Yo no creo en fantasmas
pero disparo al centro
del alma
(por si acaso)
Sé que morirás
como se resiste a morir esta guerra
con una granada entre los dientes
recordando el campo de tu padre
como un equilibrista a la borda de las Parcas
ante enloquecidos ojos
en el océano de las tumbas
Y vas cayendo
muerte
a
muerte
cada noche en que una sombra de enigma
se abre entre las grietas de la selva
—¡Disparen! —fue la voz del sargento
Ya no hay duda cuando el miedo nos aprieta la garganta
...Un quejido leve
como el llanto de un niño que espera el pecho de su madre
—¡Son niños! ¡Diablos! ¡Eran niños!
Y corrimos
Los dejaba caer el ángel ojos pájaro
Y nuestros cuerpos
a través de todas las madres
hundieron palmo a puño en las heridas
Entonces
toda la música del universo
es un grito ahogado a los abismos No hace falta llorar
Estás solo
El hambre se desmembra frente a los escombros
abre sus vísceras como fauces gigantescas
devora hombres
El prejuicio es un sabor inexistente
cuando las costillas arden como sables en la espalda
Comimos esa noche
y se hincharon los estómagos
con los aullidos bailando desde adentro
Escapa la luna a su tibieza
se refracta en pómulos brillantes de betún y hueso
Suspira la noche en su mudez
Los latidos son pesadas botas de escuadrón
resbalando por el cuerpo
Más sordo que un timbal abigarrado de melancolía
tan ciego
como el bastón con el que guían sus miedos enredados
En cada jirón del uniforme
la maleza del hombre
y sus pedazos
No conocen el rostro del verdugo
pero existe un hacedor de verdugos
bajo el antifaz de la bandera
de ahí la lucha:
Ver entre las franjas del emblema su cárcel
y la otra
la de ellos
en victoria
Hoy lloramos
Soy yo
y
seré yo
bandera a colores entre rejas de horror
iEs buen negocio el negocio de la muerte!
Miles de ataúdes cubrir de gloria
Manto ultraje
Millones los billetes
Infinita
la mezquindad
Nos sentimos invierno
amparando nuestros huesos para la emboscada final
La escuadra herida de muerte
ante nosotros
Entre las filas
abre boquetes la distancia
Cada uno reliquia el medallón de un compañero
El que estalló en el refugio
El que emprendió la avanzada
El que alzó nuestro cansancio
Pesan sus cadenas al bolsillo
como espectros que profetizan en el miedo su miedo
Ese miedo que nos torna más sagaces
Una línea de fuego despeina los anhelos
—Algún error —gemía el novato con el esternón alzado en lápida
¡Debe haber algún error!
Borra el caos ese instante de infantil lucidez
Alucinación presentida
Conciencia inútil de buscar a cada paso
nuestro nombre
entre los otros sin pasos
Horror
iAún quedan espacios vacíos más allá del universo!
donde las estrellas se nos antojan siniestras
donde la ausencia de la luna es el mejor de los regazos
Nada más será
Sólo humedad de tierra
y un beso de sangre que destemple los cuchillos
jCubran con un manto la fosforescencia de los huesos!
Hay lujuria en el rictus de las calaveras que desfilan sin tráquea
Y como una cachetada
el sarcástico pincel de una mariposa
Un fracaso de gusto áspero
como cientos de lenguas
reptando solas
por las grietas de la tierra
Cintillos sin dueño recorren las falanges
Acá
en esta hoguera miserable de sulfuros
fardos negros de plástico amontonan húmeros
rótulas
clavículas
rompecabezas del Dante
—jY aún faltan piezas! —llora un niño
Escápulas
fémures
la foto de sus padres
Y reza el reglamento:
No embolsar caliente
—Es un dogma culinario —sentenció la mujer del general
No embolsar caliente
mientras las trincheras aún estén tibias por el latir de la sangre mientras el llanto sale las botas del amigo
mientras aún se huela el sudor cubriéndonos la espalda
Me asfixia esta guerra etiquetada de incoherencia
Infiltradas de perfume las hembras generales
De las rocas florece un arcoiris
Hoy al arribo siete rostros afeitados
novatos imbéciles de uniformes impecables
seducidos voluntarios para el frente
Frente ingenua
Y yo estoy al pie
mirándolos
lamiendo profético
sus heridas
arropando terrores
cansado de este nido de serpientes
del derrumbe astral de cada bomba
del aullido agonizante que transforma en caos
los susurros expirados
Quiero ver a la vida ahuyentarse de la muerte
No más envíos
La portezuela del avión se me antoja una llaga que sangra verde oliva
Y seguir
Seguir el vuelo de metrallas con los brazos anidando las cabezas Seguir el rumbo de aguas rojas y cuerpos entroncados
Seguir el miedo
Seguir el himno que pesa herrumbre en nuestros pasos
y ya no continuar
El delirio de una brizna con curvas de mujer trepa las sienes Municiones como senos al pecho la tersura del acero
La sangre
semen
escapando agotadas nuestras fuerzas
De palpar los huesos beso y rojo
Manos desvariadas
Azota una granada el ángel
Siento que algún error
descuelga el infinito
Es más allá del canto de la piedra
donde es blanca cuna el estómago de un muerto
anónimo el caos
ajeno
el pastar de las ovejas
Dolor de ser uno y sin porqué
en una nueva plantación de tinta sobre la foja de las bajas
Luto encabritado
Tronar cañones y silencio de emboscadas
Hay un precepto solitario en un puño que se cierra
porque ayer lo vi
ese rostro que viste de enemigo no es un rostro
ayer lo vi
casi humano
casi niño
desmesuradamente solo
enfermo
aterrado
soñando bastones de azúcar
(como yo)
como yo
bárbaro
asesino
bestial que corre
lanzado sin piedad a un mismo abrazo de fuego
que nos mate y nos acune
Sobrevivo más allá de los acordes bajos de una acústica vacía Sobrevivimos ellos y nosotros
mientras nos horadan los tímpanos los aullidos de la peste
Mortal arrebato arrebatando mortales
Una sinfonía somnolenta en el pentagrama del poniente
Blancas calaveras de silencio
jMaldigan al hombre!
Soy un gorjeo que agoniza en la marcha de los pájaros
Se agujan los cadáveres en el tapiz de la muerte
Penetra el humus la sangre
Allí
donde el pájaro enhebraba semillas
en los antes jardines
los antes huertos
los antes cielos
hay un reloj destrozado con los brazos apuntando al infinito
ese espacio esposado hermano de lo eterno
profano y paradójico
como los misiles
las gotas de lluvia
las plegarias
Se fuga el trozo de hierba en medio de un corazón ensangrentado
Miro a lo lejos
tan cerca abrirse
las mandíbulas desencajadas de la sonrisa de Mefisto
y otro ojo
abierto
redondo
y brillantemente inútil
rodar por la ladera
Soy la profecía viviente de una cruz sin nombre
La boca en trino de un pájaro de lodo
Como un bostezo hastiado de tanto esperar la muerte
daré la vida sin un porqué a las fauces de la tierra
Pronto
las palas cubrirán de polvo el polvo de los huesos
¿Quién burlará una lágrima en los ojos del juego?
Ayer un compañero desertó en la lucha
no a la guerra de mentiras y verdades
de laberintos y emboscadas
de colinas tomadas y bases destru1das
no a la guerra de dioses y banderas
de tropas y aeroplanos
de tierras de nadie y tierras del error
Era su guerra de rocíos tempranos y sudores nocturnos
de cantos de cigarra y oídos sordos
de llanto de niños
Él cubrió con el vientre una granada
los brazos extendidos en santa inmolación
—Debo cuidar la simiente —arrullaba abierta su garganta
al nido de las vísceras
—Regar las semillas —lloraba con el llanto
Y alumbrando una explosión
la espalda en un hueco de corolas
vistió de sangre los ocasos
Ayer un compañero escapó a las nubes
Yo no puedo irme de la muerte
De la mano me lleva moribundo
y me voy
en ella
hacia adentro
cargando restos de sal por el llanto de las olas
resplandeciendo en la última bengala que un grito lanzó al cielo
abrigando miembros helados en esa zambullida
más allá de los abismos
Y los navíos fueron
Me pierdo en mí mismo
en ese laberinto de congojas donde extravié la ajena
en el desafinado acorde de los gemidos de la derrota
en el silencio de los pasos sin dueño
en este rompecabezas
que no quiero componer con mi parte de pésame
¿Correr?
¿Hacia dónde?
Los féretros se apilan como torre de cubos en manos de malabarista
Es tanto el llanto como los corazones púrpura en camas de hospital
como la fiebre y el terror
como las confesiones de haber asesinado
en los oídos del presbítero
(Hay extrema unción en los extremos de su mano)
Huir
Abrir las alas
El fin de la guerra nos dejará cachorros
huérfanos en este nido con olor a cuartel y sudor de batalla
con sabor a miedos y betún resbalando por las sienes
con dolor de llagas nuevas
y viejas caras esfumando la memoria
Pero amamos ese olor sabor dolor
lo reconocemos
a ciegas
como un niño recién parido al pecho de su madre
La guerra nos alimenta con su calostro
y nos inmuniza
A mi costado la humedad de la tierra tiembla
hay mil ojos en los ojos de la noche
en los ojos de la jungla
en los ojos del aire
Y ya no hay ojos
Un arco de horizonte se ha tragado los gritos
y truena
en rodada estampida
el frío rodar por las muñecas
Metrallan los dientes el beso de metrallas
el aire está cargado de siluetas
los espectros acarician con viento los cabellos
A mi costado la humedad de la tierra tiembla
y el sol enceguece espejismos de mujer
Es el alba
con un sol creciente que hará renacer el hedor de la carne
Pateo la furia de la fruta en el despunte
Ahora
que su madurez me recuerda el sexo de las moscas
iquitame
oh Dios apócrifo
esta hambruna de cuerpos calcinados por el mediodía!
La angustia pende boca abajo en el pendular del campanario
Cada vez más cerca de nuestras soledades alas cartilaginosas como un delta de lava
florecen en ramilletes de terror
De nuestras manos crispadas
escapan de las sienes
como escapaba al sol nuestro secreto de cuerpos desnudos
bajo el pudor de la paja
como el llanto en luto de la boca del hombre
como el gorjeo de una alondra ante la muerte de una estrella
La angustia pende boca abajo sus alas
hasta rozarnos
Por eso grita
Grita hasta que no haya oídos sin voltear a tus espaldas
Grita hasta el cielo y grita hasta las grietas
Grita insultos lágrimas sangre
nombres de nadie nombres poderosos
en nombre del pecado y en nombre de la guerra
en nombre del mar que muere
en nombre del hombre que ríe
por el nombre de Dios
por nombre diablo
al nombre del llanto y de la cruz sin nombre
Grita
Grita hasta detener la rotación del universo
Más allá de la noche del alma
La tierra aprisiona soldados bajo lápidas en línea
En el horizonte germinan dagas con empuñaduras en cruz
Y caerá la última bomba como lágrima de Dios
para vomitar del suelo a sus espectros
(Las mujeres se persignan)
Yo tengo una esquirla en la memoria
y alucino a mi madre pariendo
pariendo
pariendo
Genocidio de mi sangre en el vino espeso de la hiel
pariendo
hasta emborracharme de amargura
pariendo
una y otra vez
fetos con rostro de enemigo
Hoy vi un anciano de ojos grises buscando a tientas el lugar de su ciudad
Nada sabe de guerras que cambian geografías
Nada sabe
(y bendice su ceguera)
Sólo trastos y abismos a sus pies
Una grieta desploma el desayuno hacia la úlcera ardiente del centro de la Tierra
quemando vivos los bostezos matinales
Desnudas las bocas de leche tibia
blasfeman sed tapiadas de escombros
y no conciben el olor a boca de mujer vomitando inmundicias
a ríos plenos de pájaros en llamas
Busco en la memoria algún atisbo que dibuje en su luto la masacre ese tapiz bordado de huesos en labios sin voz
Arena y miel la boca que se infecta con los gritos huecos de un páramo silente
¿Acaso la fiebre aterrada de la primera desnudez?
Intersticios de almas cuelan las costillas arrasadas
como un cráter enorme abandonado por la tierra
Sarcástica ternura
Beso de fuego
Pero hay otra boca
helada de llamas que funde el iris del sol
La nombro muerte
He enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí
harto de gorriones anidando calaveras
de este crimen de paz herido el seno
sin vida
de este banquete de cuervos hastiados de carroña
perdido entre los gritos de esta guerra
La voracidad del hombre traga niños con balas en el pecho
y sólo he enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí
Son punzantes los ojos alumbrando hiel tras las hogueras
Las entrañas de una aldea vomitan coágulos de horror
vomitan medallas los pechos generales
vomita un enjambre de tumbas la tierra
vomito
yo
Un sudario de sangre jala las máscaras de esta comedia absurda
Con inocencia de aleteos febriles copula una libélula
Gritan que tienen alas las escápulas de un muerto
El morir es siempre virgen
Frágil doncella vejada del horror
No sé por qué seguir la huella
La guerra hace hombres así
con el gesto ridículo y humano de hacerle una tumba al enemigo
Hay algo de inmoral en este infierno
vestigios de lujuria amurallados en la crueldad
"Hazme gozar Señor de la impúdica desnudez de un cuerpo
sin sangre"
Y encascados
los niños aprendieron a gozarlo
Gesta cadáveres el ombligo del monte
cuando el escabro es una cintura leve que duerme en el bolsillo
Pero yo seré en los labios de tu sexo el anticipo de la muerte
Como cuchillas los labios parirán maldiciones
llamará a exilios demenciales la nostalgia
al primer capullo en los manzanos
al ternero que chupa de las tetas de su madre
De cartón son los puntales de la blasfemia
¿Debo recordar que estoy hablando de la guerra que un circo macabro tiende su carpa de humo que las naciones aplauden
que el hongo crece cobijando espectros
que estúpida flamea la victoria?
Tal vez alguno evoque la alegoría de un rasguño
Sí
Debo recordar que estoy hablando de la guerra
Soy mi resto desnudo de mí
un espectro que vaga en ripio de falanges
como manos náufragas abrasadas por la sed
La acequia emerge infecta de serpientes
jactándose de sus llagas
llorando lágrimas de orín hacia el abismo
Yo sólo puedo cruzar crespones como látigos
Y soy harto falaz en esta mímica
De mi cuello cuelga un proyectil
la bala con que maté mi primer hombre
cuando corrí a cazarlo
hundiendo
árticas mis manos
en sus vísceras calientes
Como un tatuaje rígido llevo esos ojos estaqueados en el alma
Un proyectil cuelga de mi cuello
Horca ineficaz
Los ojos siguen quemando al sol que quema
El aire ha mutado en un bostezo
Me encuentro en el oráculo de una efigie tramada en luto
Un tanque ha comenzado a roer la fronda
como a un jardín
las motas de sangre la fornican
Bajo los párpados la memoria destrenza sus aguas
y lenguas de dulzura anidan mis nudos
Terror de estar
vivo y huésped
en cadalso de este lazo con alma de mujer
Hoy el cuervo acelera los retornos
Soy gemelo a mí mismo en otra muerte
un salto al infinito vacío de Sus ojos
La guerra zurce prolija nuestras llagas
ante un sol verdugo afiebrado de sentencias
Sólo la noche
hembra madre del destierro
nos devuelve al seno del cansancio
Estoy desfigurado de mi ser
trizado idólatra en cuchillas de sangre
Fangosa mi alma los codos las rodillas
En llanto carcomida
mi niñez
—Y será entonces rechinar de dientes –repetía mi madre apocalíptica— Será entonces
Sin saber que hoy
(Nada más)
Yo
espejo en los ojos de aquellas madres que recibían a sus muertos
vi bajar en guirnaldas de los trenes cuerpos enhebrados
Bajé
Era setiembre en casa de mi padre
Ya no asustaba a las vecinas que en los ataúdes sembraran crisantemos
y subí al holocausto como un animal sediento a su propio abrevadero
Era setiembre en casa de mi padre
Las mujeres cargaron sus semillas
Enmarañado
el cabello de una mujer acaricia la maleza
con los ojos abiertos en un abanico estático hacia el horizonte
sus palmas hundidas feroces en el cuerpo de un niño
completamente desnuda de piel y llanto
Del delirio
belleza en fuga
Ciega de Dios
con una mueca en beso cayendo de los labios
La guerra es un aletear tristísimo de lluvias
Recuerden
yo he enterrado esa desesperación incesante de volver sin mí
Es la noche petrificada de la acecho
la burla del incesto con los hijos de la patria
debo seguir
trotando trampas de trincheras
Seguir hacia la nada
lamiendo miedo
y seguir
seguir
Seguir de ojos
de labios
de terrores
Seguir de angustias
de entierros
de aporías
Pero ya no continuar
Yo sabía del aroma de azahar en los naranjos
espinas y eternidad
Estoy en cópula con las llaves del infierno
Mirame
Ya he muerto
estoy abrevando de mi propia sangre entre la hierba
y he visto el rostro de Dios llorando sangre
Dame Señor un poco de tus náuseas
un poco de tu llanto
o tu vergüenza
porque ya no adolezco
Estoy seco de horror
Los astros saben de mi burla hacia lo eterno
Soy un pájaro lleno de silencios
perdido clarividente en noche de mil años
con la lengua blasfemando vértigos
El tiempo cauteriza el hedor de la carne
Cabellera poblada de hostias el vuelo de las aves
Ardiendo
los ángeles han huido
Pero no temas
No es morir presentir la muerte
Horca destronada
Vértigo y migración de ojos
Humíllala con el rocío de tu frente
Huiré por fin de ser esquivo
de la maleza acerada del espanto
Se desmembran los hombres al otro lado de las playas
Mortajas errantes
hastiadas hostias
eco torrente confinado al dolor solo
Hay una bestia en mí
insaciable de coágulos y exilios
una urgencia agazapada
Una cópula aburrida con los signos
Esta trinchera no parirá mi redención
Ajeno de inocencia he tatuado fetos en vientres de mujer
Encumbrada violación que anchas manos rasguñan insensatas
No existe bálsamo donde dar fuga a los despojos
Confines herrumbrados del pánico
Telón de escupitajos hacia el rostro de Dios
En la boca del lirio
es irrepetible
cada respirar
La tierra
mestiza sobreviviente entre botas y sangre
maga descalza en arrebatos de rocío
sostiene un soliloquio eterno con la ignominia de la cruz
y yo
Hermana Tierra
un sitiar desesperado a las lindes de mi cuerpo primitivo
El ángel lloraba su amargura serena
No sé si pueda recordar
¿Acaso soy yo
ese que camina cubierto de gloria y láudano
mezquino lujurioso de emboscadas?
Lamo el sabor inútil de los manzanos de la niñez
los cuentos al pecho de mi padre que olía a quietud
Y duele ausencias
destemplo ausencias
muy cerca de estos abortos infiltrados de medallas
Si terminara esta guerra adónde ir huérfano de lucha?
Parda profecía revienta
Estalla en secretos laberintos el pájaro de lodo
En las gargantas la furia palpitante de un corazón de hierro
Y hoy
que me arden los párpados en los ojos de Juan
en los míos
en los de todos los soldados muertos
me emborracho del llanto de los vivos
donde una redecilla se sueña
se eleva con aroma a azahar
y un jugo verde
pastoso
cuela las grietas
horada tumbas
cala mi asco
el asco de las damas de caridad que toman el té
y se instala ahí
justo delante y un poco más abajo de la inserción de la lengua
El asco decía
y los azahares
No sé cómo poemar azahar y muerte
Punzo mi grito como la cigarra su canto atrincherado
—¿Te acordás mamá?
El esqueleto me llevaba en brazos
riendo suelta su suelta mandíbula.
enorme riendo
devoradora
(y yo despertaba en llanto dentro de su boca)
La memoria puede expandir los tiempos hasta deformarlos
No sé por qué he venido
Ni siquiera soy poeta
El oficio de testigo siempre me produjo horror
Por eso sumo mi música al gemir de las esquirlas en el vientre Avanzo desnudo
con el odio como herramienta
con la visión de la muerte como coraza
(Eso dijeron)
¡Si yo sólo siento piedad!
¿Desnudo?
Tengo el abrigo de mi escuadra
De su presencia me embriago
El recuerdo sabe a vino caliente
mano caricia
a esa madre que arropa las hilachas
que aún conservamos de niñez
En un fogón que agoniza brasas traemos historias
Hay ojos pardos y sonrisas blancas
Hay llantos de niño y caricaturas del espanto
Hay puños cerrados y bocas
¡tan abiertas!
Estoy desposado con la guerra
¡Con esta guerra!
Por eso la comprendo
y permanezco en mi amada como en un capullo de aguas en sueño
Ella me ha preñado de infinito
Tal vez deba callar
MARCELA PREDIERI
lunes 21 de febrero de 2011
TALLER DELAPALABRA CICLO 2011
Gacetilla Cultural
Talleres Literarios DELAPALABRA en Biblioteca Dep. de Naciones Unidas
Asociación Amigos del Sistema de Bibliotecas Públicas y Centro Cultural "Osvaldo Soriano" informa que se encuentra abierta la inscripción para los talleres literarios DELAPALABRA coordinados por la escritora Marcela Predieri. El ciclo lectivo 2011 se dictará a partir del 8 de marzo en Biblioteca Depositaria de Naciones Unidas –Gascón y Olavarría-. Nivel inicial: martes de 20 a 22 y jueves de 14.30 a 16.30. Niveles intermedio y avanzado: miércoles de 14.30 a 16.30 y de 20 a 22.
Durante los mismos se trabaja poesía, cuento, novela y dramaturgia haciendo hincapié en la búsqueda y corrección del estilo propio, la escritura creativa a través de consignas y juegos de motivación literaria, el empleo de técnicas para los distintos géneros, y la lectura y análisis de textos de autores contemporáneos.
Para mayores informes se puede visitar la página web: www.delapalabra.com.ar , contactarse telefónicamente al 451- 7337 o vía e-mail a delapalabra@hotmail.com
Para inscripciones concurrir directamente a la Biblioteca Dep. de Naciones Unidas en el día y horario elegido con un texto breve.
Talleres Literarios DELAPALABRA en Biblioteca Dep. de Naciones Unidas
Asociación Amigos del Sistema de Bibliotecas Públicas y Centro Cultural "Osvaldo Soriano" informa que se encuentra abierta la inscripción para los talleres literarios DELAPALABRA coordinados por la escritora Marcela Predieri. El ciclo lectivo 2011 se dictará a partir del 8 de marzo en Biblioteca Depositaria de Naciones Unidas –Gascón y Olavarría-. Nivel inicial: martes de 20 a 22 y jueves de 14.30 a 16.30. Niveles intermedio y avanzado: miércoles de 14.30 a 16.30 y de 20 a 22.
Durante los mismos se trabaja poesía, cuento, novela y dramaturgia haciendo hincapié en la búsqueda y corrección del estilo propio, la escritura creativa a través de consignas y juegos de motivación literaria, el empleo de técnicas para los distintos géneros, y la lectura y análisis de textos de autores contemporáneos.
Para mayores informes se puede visitar la página web: www.delapalabra.com.ar , contactarse telefónicamente al 451- 7337 o vía e-mail a delapalabra@hotmail.com
Para inscripciones concurrir directamente a la Biblioteca Dep. de Naciones Unidas en el día y horario elegido con un texto breve.
viernes 2 de abril de 2010
TALLER LITERARIO DELAPALABRA
TALLERES LITERARIOS
DELAPALABRA
POESÍA, CUENTO, NOVELA, DRAMATURGIA
POESÍA, CUENTO, NOVELA, DRAMATURGIA
20 años en Mar del Plata
coordina Marcela Predieri
Ciclo 2010
Inscripción abierta todo el año
Horarios:
Nivel Básico: martes de 20 a 22 en "Biblioteca Depositaria de naciones Unidas" - Olavarría y Gascón_
jueves de 15 a 17 en "Biblioteca Depositaria de naciones Unidas" - Olavarría y Gascón_
Nivel Avanzado: miércoles de 20 a 22
Para mayores informes visitar la página web: http://www.delapalabra.com.ar/
Maores informes al 451 7337
o por internet: delapalabra@hotmail.com
(Una vez iniciado el ciclo
concurrir directamente los días y horarios señalados
con un texto breve a cualquiera de los talleres nivel básico)
Programa Nivel básico
(por módulos)
Ser escritor: oir la propia voz / La libertad para crear /
Logo/ Melo y Fano poeia Sólo un diccionario posible
El tratamiento de la Imagen (metáfora, símbolo, imagen)
La elección del género
De la catarsis al yo poético
Figuras Retóricas
La creación del personaje según el género
Bases para la corrección de textos/ El contexto
(Del simbolismo a las vanguardias: dadaísmo, surrealismo, creacionismo)
Trama y argumento
Posición de narrador/ Actitud / Punto de vista
Puntuación /Diálogos y voces
Los tiempos verbales: cómo aprovecharlos
Formas breves: haiku, tanka, micro relato
La prosa poética o el poema extendido
El comienzo y el final en el cuento
Lo feo, lo malo, lo prohibido
Ser escritor: oir la propia voz / La libertad para crear /
Logo/ Melo y Fano poeia Sólo un diccionario posible
El tratamiento de la Imagen (metáfora, símbolo, imagen)
La elección del género
De la catarsis al yo poético
Figuras Retóricas
La creación del personaje según el género
Bases para la corrección de textos/ El contexto
(Del simbolismo a las vanguardias: dadaísmo, surrealismo, creacionismo)
Trama y argumento
Posición de narrador/ Actitud / Punto de vista
Puntuación /Diálogos y voces
Los tiempos verbales: cómo aprovecharlos
Formas breves: haiku, tanka, micro relato
La prosa poética o el poema extendido
El comienzo y el final en el cuento
Lo feo, lo malo, lo prohibido
Literatura Social / Locura y arte
El texto bizarro / Literatura erótica
El ensayo
Género fantástico y policial
Poesía concreta
Los monstruos literarios 1
Los monstruos literarios 2
Saltos cualitativos
Cuento infantil
El neo barroco
Novela y dramaturgia
El texto bizarro / Literatura erótica
El ensayo
Género fantástico y policial
Poesía concreta
Los monstruos literarios 1
Los monstruos literarios 2
Saltos cualitativos
Cuento infantil
El neo barroco
Novela y dramaturgia
CUENTOS
LA CASA DE PIEDRA*
Está bien, si no con un sándwich a la salida es lo mismo. Pero creamé, es una fija. Yo sé por qué se lo digo. Mire, le sigo contando: yo nací en Mar del Plata, vivíamos justo acá enfrente, en la manzana 115. Sí, la que demolieron. ¿Ve? Por donde está pasando el 523. Mi padre era abogado de Casinos, así que le quedaba bárbaro. Teníamos familia en Buenos Aires, mi abuela y dos tías, y en enero, aprovechando el mes de feria, íbamos siempre para allá con tío Ezequiel. Él también vivía acá, en la loma de Colón, pero tenía una farmacia por la calle Luro, frente a la estación de trenes. Tío Ezequiel era una máquina: trabajaba de día y de noche. De día, frente al mostrador; de noche era adicto a otro tipo de mesas. ¿Que qué mesas? Todas: las de dinero, las de pocker, de Black Jack, Punto y Banca, los tableros y las barras. Era curador mi tío, sanador de dolores de cabeza, especialista en constipados y cistitis de señoras. Farmacéutico, bah, aunque sin diploma. No se preocupe, yo tengo el remedio para todo mal, decía. Pero era más que un doctor, pensaba yo en esa época. Gracias. Que la fortuna le devuelva más. Si no con un sándwich es lo mismo.
Mucho después me di cuenta de que hablaba de otros males: esguinces de la fortuna, mal de amor, maridos celosos, sueños inalcanzables, desconsuelo crónico. Para todos tenía su medicina, la que los mantenía vivos y expectantes por lo menos hasta la semana siguiente. Que una fija para la carrera del sábado, que un numerito para la quiniela, que un hágame caso: primera bola al diecisiete. Sale o sale. Yo vuelvo el domingo, si no puede dígame cuánto y le hago la gauchada. ¿O para qué son los amigos?
Mucha gente venía a ver a Don Ezequiel. Don era un título entonces, no cualquiera… Y yo los veía abrazarlo, darle la mano con un ¡gustazo! ¡Si no fuera por Usted!... o hundírsele en el hombro, agarrarse la cabeza… Y mi tío, siempre tan amable, campechano como pocos, los acompañaba hasta la puerta. No se desanime, vuelva la semana próxima. Ya va a ver… Gracias. Que Dios se lo pague.
Tío Ezequiel era un maestro. Sí. Un maestro en jugarse la vida, el sueldo, el reloj y la campera en la primera bola. Pero eso lo entendí muchos años más tarde cuando mi padre murió en un accidente en la vieja Ruta 2. Era doble mano en aquel tiempo, demasiado angosta para el recambio del primero de febrero. A nosotros la Virgen nos puso la mano encima, como decía mi madre. Pobre, mi vieja que nunca había trabajado, tuvo que empezar obligada, pero no quiso ir de dependiente a la farmacia; ella no iba a vivir a costillas de un cuñado; así que el tío la colocó en la inmobiliaria de un amigo en Buenos Aires. Y nos fuimos para allá, un poco apretados, eso sí; hubo que acostumbrarse a la escuela pública y a los viajes en colectivo. ¿Las vacaciones? Si no hubiera sido por el tío Ezequiel, apenas un recuerdo de la infancia. Pero él empezó a traerme a Mar del Plata cada vez que podía. En tren, eso sí, jamás en auto o en micro; condición inamovible de mi madre. Yo tenía que guardar faltas, ni una rata a la escuela, creamé, porque él llegaba allá los viernes pero recién veníamos para Mar del Plata los domingos. Todavía me acuerdo…El tío siempre de traje, el pelo negrísimo y engominado; todo un caballero. Durante el trayecto me compraba una gaseosa o dos; los sándwiches que me preparaba la vieja los dejábamos para cuando llegásemos porque nadie come en pullman. La vuelta siempre era una sorpresa. Algunas veces en El Marplatense, con cena en el comedor y una botellita de buen tinto para él; otras veces de a tres, sentados derechitos en los asientos marrones de la clase turista. A mí no me molestaba porque aunque no tuviéramos ni para un sándwich de salame, nunca faltaba quien te pasara un mate con un ¿gusta, Don? Y ofrézcale al joven, por favor… Gracias. Que Dios le de el doble.
Cuando cumplí los quince me trajo a debutar acá, fue en la casita de la Plaza Mitre. ¿No la conoce? A partir de ese día, en la mesa grande de los domingos en la casa de los abuelos, empecé a sentarme a su lado, nunca más con los primos menores. Tengo para él un gran futuro, solía decir mientras me palmeaba el hombro. Todo calculado ¿no?, se reía alguna de las tías. Y no falla ¿no? agregaba otra. Mi madre saltaba como una fiera con un: Al chico más te vale que lo dejes tranquilo. Tío Ezequiel me hacía un guiño. Son mujeres… Cómo me hacía reír. ¡Yo me sentía tan hombre! Gracias. Que tenga suerte.
Tres años más tuve que esperar para que me trajera a trabajar con él a la Casa de Piedra. Me compró un traje gris y una corbata de seda con un ancla. No me dejó traer mis ahorros. Pero a la salida te toca pagar la cena en la Taberna Baska, me dijo. Es tu primera visita; no falla, ya vas a ver. Y no falló. Negro el 17 en la primera bola segunda mesa a la derecha. Las apuestas no se levantan, indicó. Y no lo hice. Negro el 17… Después fueron el 11, otros tres negros y en seguida pasar a la tercera docena y los ladrillos. El sonido de las fichas me hervía en los oídos y en la cara. Así se hace, sobrino, así se hace… Fueron buenos años. Él me enseñó todos los secretos. Y yo era buen aprendiz. Que tenga fortuna, amigo. Gracias.
Al cumplir los veintiuno, mi madre se casó de nuevo. Un tipo insoportable. Yo armé el bolso, largué Bioquímica y me volví para Mar del Plata. El tío me llevó a trabajar a la farmacia. Ahí, claro, tenía que llamarlo Jefe. Que Dios se lo pague.
Para esa época alternábamos las venidas al Casino con tardes soleadas en el Hipódromo de Palermo. Y fue ahí mismo, con cincuenta y dos años cumplidos, que conoció a una mujer. Mala yegua. Mala yegua ella y su maldita obsesión feminista de de desechar cuanto caballo ganador se cantara como fija. Sólo potrancas. Y perdedoras además. Ezequiel estaba loco por ella. Sí, perdido es la palabra, porque fue perdiendo todo: nuestras noches de ruleta, el sueño, el depto, la dignidad, el rolex y la salud. Y a mí también, o casi, porque una noche no pude evitar cantarle la justa y nos fuimos a las manos. No me quedó otra que mudarme y me mudé. Me fui con la vieja otra vez a Buenos Aires. Gracias. Que tenga suerte.
Era mala hembra y no me iba a quedar para verlo mancarse frente a ella. Pero sí lo vi. Primero de a poco, cada vez más flaco, cada vez más amarillos sus dientes de tabaco o de caballo, ya era lo mismo. Y por fin, de un golpe a pleno sol de setiembre, frente a ella que gritaba como loca poco antes de terminar la cuarta carrera de la Polla de Potrillos. La ambulancia no tardó en llegar pero el corazón le había corcoveado fiero. La mina ni apareció por el entierro, si me permite llamarlo así. El tío había dejado testamento y una carta con su última voluntad: quería ser cremado y que arrojaran sus cenizas en la pista antes de la primera largada de sábado. Ese sábado era el Gran Premio Polla de Potrancas. Puras yeguas, me dije, y de la muy yegua, nada. Que la fortuna le de el doble…
Las burritas se ubicaban ya en los Boxes de Exhibición, recorrían la Redonda para que pudiéramos apreciar su estado físico y realizaban el clásico paseo por la Pista. En ese momento esparcí lo que quedaba de Tío Ezequiel. ¿Será para que te acuerdes de cómo te puede pisotear una pollera? me insinuó un viejo colega. Se me hizo un nudo en la garganta. Y… habrá que creer en los mensajes del otro mundo, le dije con resignación. Siempre me acuerdo que el tío contaba cómo, cuando tenía siete años se le había aparecido en sueños un hermanito muerto de tuberculosis para cantarle el número entero del Gordo de Navidad. Él había corrido a decírselo a su madre pero como no tenían un mango para comprar el billete, con lágrimas en los ojos lo mandó a él mismo con una notita y las monedas hasta lo del almacenero de la esquina que levantaba quiniela. Con 47 terminaba. El número salió cantado. Esa noche compraron sidra y al día siguiente fueron todos al cementerio con las calas más grandes que se vieron jamás. Yo, en realidad, no creía que fuera cierto. Gracias. Que Dios lo bendiga.
La cuestión es que las potrancas casi estaban llegando a las gateras cuando se acercó un gordo de pelada brillante: ¿El viejo te dejó alguna fija? Seguro, me reí. Segura, querrá decir, respondió el gordo, qué raro, es una de las mayor sport. Mire, hay que creer o reventar: ahí mismo me di cuenta. No miré, en las Performances del Programa Oficial, en qué puesto había salido esa potranca en las últimas carreras; no miré quién era el Jockey ni pregunté por su entrenador. Corrí hasta las ventanillas ubicadas en las tribunas; podía tramitar apuestas sólo hasta el cierre del sport y faltaba poco. Todo lo que llevaba era la guita para pagar un nicho por cinco años en La Chacarita, que íbamos a llenar con una urna falsa para que mi abuela tuviera dónde ir a llorarle. Muy creyente, la abuela. Aposté a ganador, el operador me entregó el ticket de apuesta. Y no miré más que la largada. Me sumé al aplauso de los amigos trajeados por respeto, y cuando el polvo se arremolinó entre las patas de los animales… al ver cómo las yeguas le pasaban por encima, no puedo negárselo, lloré. Pero no por él, el tío se estaba elevando junto al polvo en medio de la Fiesta Hípica. Era su Gran Premio. Y supe sin que la Comisión de Carreras diera a conocer el resultado oficial, que podía ir hasta la ventanilla y esperar a cobrar. Gracias. Que Dios siempre le dé más.
Saqué de la basura la caja de zapatos que había oficiado de coche fúnebre para llevar al Tío hasta su última morada, deseché el tarro ámbar y puse la guita. Una larga fila de amigos se acercó. También el gordo de la pelada brillante. ¡Sigue cantando la justa el viejo! Nos vemos la semana próxima en Mar del Plata ¿sí? No, le respondí. Está bien que el tío me haya heredado la farmacia pero hay que hacer tanto papeleo con todo esto… Nos vemos en un mes o dos. Está bien, pero no te lo gastés todo ¿eh? Que Dios se lo pague. Muy amable. Tenga fe.
Me hice cargo del negocio en menos del tiempo pactado. Si a la ceremonia de las cenizas había ido mucha gente, el desfile por la farmacia fue interminable. Mujeres jóvenes que decían que Don Ezequiel era un Santo, ancianos que me preguntaban qué iban a hacer sin Don Ezequiel, y acreedores, docenas de acreedores. Algunos traían pagarés, otros argumentaban préstamos de amigo y los más, cara de matones, a los que pagué sin preguntar. Durante un tiempo seguí con el negocio, levanté quiniela, abracé a las viejas, di préstamos a cambio de sortijas de enlace y alguna que otra pelotudez hasta que apareció la blanca. Y fue que no, sin vueltas. Nadie iba a ensuciar la memoria del tío y yo no me iba a hundir en su memoria, mucho menos. Así que el negocio siguió despachando de aspirinas y antiácidos hasta que volvieron las boletas, las fijas y dos mangos al cuarenta y siete. Años tranquilos, pero nada es para siempre; y la fortuna tampoco es para todos. Muchas gracias. Que tenga suerte.
A partir de aquí todo se acelera. En pocos años llegó el Prode, se oficializó la quiniela, y los bingos invadieron la ciudad. Que la inflación, que el dólar, que los saqueos y los pibes que salen a chorear; que el corralito, que el corralón… Y sí, es Argentina. ¿Que cuánto hace de esto? Casi veinte años, tiene razón; pero veinte años no es nada. Además la vida es una apuesta. A veces me pregunto si la mía valió la pena, o la de él… No, Señor, no me de otra moneda. Ya tengo bastante. Gracias. Hoy entró mucha gente. ¿Me puede hacer una gauchada? Póngame esto al 17 en la primera bola, segunda mesa. Imaginesé, con esta facha no me dejan entrar. Yo lo espero a la salida. O mejor en la Taberna Baska. Sí mejor lo espero allá. No se preocupe, jefe. Es una fija. Invito yo.
*se suele llamar así al Casino Central de la ciudad de Mar del Plata, Argentina
Publicado en revista La Avispa, nº 22, Mar del Plata 2003
LA SELVA LIBRE
Y vos y aquel y cualquier otro, nos levantamos juntos sIn saber, para saber y por qué no, que cualquier mono que se precie no es más que un mono. Y el pellejo tira y aunque no queramos nos encontramos sacándonos los piojos con dedicación casi absoluta se transforma en la obsesión de todos los días.
Y es así, para qué más, podés decirme. si querés otro día volvemos a encontrarnos, pero no...
Yo sé del juego de arrancarse la piel. Con una basta. Una vez, no piel aunque la piel sea una y se arquee reptando sobre las sábanas que se acomodan primero a la tibieza de mi forma y penetrando impúdicas primero -las profanas- por los huelgos que dejamos de vergüenza porque siempre está ese darse entero pero no, clavar las uñas hasta ahí, abandonarse al tacto del otro siempre y cuando pierdas el desenfreno total de un éxtasis que desanuda cada uno de tus lazos menos el hilo invisible con el que imaginás precintada tu cintura, para que en todo momento, el rollito quede sostenido y al volvernos la panza no se vaya de costado.
Las sábanas, decía, ladronas que se apropian de la temperatura de nuestros cuerpos y terminan arrugada, se enredan a los dedos d e los pies y ala rodilla en la vuelta como para recordarte que ahí están porque al fin y al cabo un poco de rebeldía adolescente está bien como este regalo que me doy, que me diste aunque la sábana quede manchada como mi nombre y a la sábana la agarre y la estruje y la muerda, porque ya vas a ver, que esto de andar sintiendo no es así de fácil; porque el que las hace las paga Habrase visto: andar gozando así sábana hija de mil...
Del libro Del Papelero, Ed Martín, Mar del Plata, 2002
CARTA ABIERTA
Estimado Padre Eduardo:
Esta carta no respeta las liturgias, mucho menos la de La Palabra, pero me urge reconciliarme conmigo misma, con la humanidad y principalmente con el Verbo Encarnado; por eso necesito que escuche (lea) mi confesión.
Para ser concreta, Padre, me acuso ser una representación; si no fuera así, ya me habría acercado al confesionario para enfrentarme a U usted sin simulacros y no estaría escribiendo esto. Pero no soy actriz o sea que dar la cara no es mi fuerte y por otro lado, sólo al escribir soy sincera, ya que es lo único que sé hacer 0 engendrar, como prefiera. Además, a las palabras se las lleva el viento, a los secretos de confesión... vaya a saber. Y yo quiero que esto sea un .doc Así que hágalo público, si quiere:
Padre, yo siento la necesidad de romper los moldes, las reglas, las hormas, las matrices, los montajes, las instalaciones. Es como si una asfixia abarcara y oprimiera toda mi piel, sofocándome hasta extinguirme. Muchos se conforman con la vida que les tocó vivir, aunque al hacerlo se desfiguren, distorsionen, deformen. Conformar... Deformar... Me pregunto si serán sinónimos o antónimos. Un prototipo, cualquier modelo o paradigma se acomoda, te acomoda a una casilla, a un apartado; te aparta, te empaña, te rotula: "hombre sin rostro", te ultraja. A mí no me alcanza un tipo de vida, Padre, los quiero todos.
Por eso despojo y calzo íntegro cada uno de los infinitos pellejos de los hombres y trato de hacerlos míos; robo vidas y las siento, vivo como propias... las cuento. La de quien ama y de quien sufre, la de la señora gorda tomando el té de las cinco en punto, la del drogadicto, del apático o el burgués de m..., la del soldado valeroso y del cobarde, del político y el mendigo, el verdugo y el ahorcado, del subversivo y el represor, de las Bovary y los Fierro... Entonces invento, fabulo, miento. Eso es, Padre, el escritor: un gran mentiroso. Y yo escribo.
Pero ¿sabe? Al robar vidas, las vivo para mí y las vivo para otros. No quiero disculparme, no, al contrario; estoy condenada, lo sé y soy culpable no sólo de robar o mentir sino de los siete pecados capitales porque si fuera verdad que tengo una misión, entonces, cómo explicar cuando en ocasiones, colmada de pereza, transito las profundidades sin decidirme a habitar el cuerpo de mi alma y paso días, semanas, meses sin escribir, temerosa de enloquecer si lo hago y segura de que si no lo hago, finalmente enloqueceré. Entonces, el germen o el gusano de la envidia me penetra y las vidas de otros, virtuosas o perversas, sencillas o intrincadas, comienzan a seducirme, a incitarme... y las ansío, Padre, porque derrochan vivencias que yo jamás experimentaré, vierten las I historias que yo nunca seré capaz de narrar, descifran los libros que en-.al vida alcanzaré a leer. y.,( abarrotada de codicia parto a investigar, a escuchar detrás de las puertas y las almas, a mirar hacia dentro de los ojos, a robar sus alientos en busca de una línea... y anoto datos, acumulo, como un preciado tesoro, cada referencia en mi cuaderno de notas, en el revés de la cuenta del supermercado, en los márgenes de los libros y, le confieso, Padre, que cuando empieza ese proceso de encarnarse en otro, ya no como Santa Concepción, sino Calvario donde crucifico mi comodidad y asumo igual que Cristo los pecados de los hombre, le juro, y no es herejía, Padre, que siento que voy a redimirlos pues llevo conmigo todas las miserias; también todos los placeres, dirá Usted pero de eso no se escribe.
Por eso, para saldar mis deudas con el Señor, si quiero ser justa, debo acusarme también de gula, una gula feroz por saber más y más, tanto que devoro y me engolosino con el respirar de cada uno de mis personajes, me acaramelo con sus poemas, saboreo la melodía de sus voces y cómplice, amaso situaciones para hacer también míos todos sus sentidos... y paladear su lengua, sus ojos, sus tactos. Termino mamando un calostro que me inmuniza del afuera, atiborrada de mí y sin poder saciarme nunca.
Lo sé, Padre, me revuelco, para ser exacta, encendida de lujuria con ese personaje que estoy creando, que soy yo y es otro y... hermafrodita, erizo mi piel. Me cuesta escribir esto, pero ¿podría Usted, que sabe mejor que nadie de las luchas de la carne, interceder por mí ante el Altísimo? Es talla fiebre, el goce de descubrir los más íntimos anhelos, la excitación de penetrar la mente, la voluptuosidad de ser en sangre, lágrimas, semen y saliva solo uno... Es tal el deseo y tan ingobernable. "¡Oh, pureza!" clamaba Rimbaud, como yo clamo. ¿Habrá perdón para mi alma?
Ya habrá advertido que he guardado la ira y la soberbia para el final. El primero porque es el más doloroso y tal vez sirva, en parte, para purgar mi penitencia. Lo que sucede es que cuando mi personaje o mi poema no responde, no crece, no se desprende de mí y adquiere vida propia, siento al desgarro de la cólera estallar en furia, gritos, llanto... y rompo originales, destierro páginas completas, incinero el trabajo de meses y caigo presa en tamaño hermetismo que soy capaz de vagar violenta y sola, y en esto hago especial mea culpa, hasta que todo lo demás desaparezca, incluso mis otros hijos, los de la carne.
El segundo, en cambio, es el más terrible. Sólo se manifiesta si la obra creadora llega a su fin; y si se concreta, no existe sino el éxtasis y por qué no ponerlo con todas las letras: me siento Dios y, en mi infinita soberbia, creo que mi obra y Él y yo somos uno, Padre; y nos exhibimos, obligando a los otros, lectores y orejas pacientes de recitales poéticos a compartir nuestras impudicias, como si tuviéramos algo que decir, algún don que nos hace dignos de ser oídos. Y creemos que lo hacemos por el arte, ¿le parece a Usted?, por la cultura... Me da risa.
A medida que escribo esto, Padre, es como si lo estuviera viendo menear la cabeza "Pobre criatura humana -dirá--, es tan débil como sus mentiras. " ¿Verdad? Pero yo sé que le estoy mintiendo también a Usted, no sólo a ellos que creen que el escritor es una especie de héroe neoclásico con mil odiseas sobre los hombros, un enajenado que se agita en estado violento o quizá aquel profeta olvidado que sin embargo tiene algo para revelar... ¡Es mentira!
Reconózcalo Padre, la culpa es de ellos. Al fin y al cabo ¿a quién le interesa si los lugares que invento en realidad no existen si puedo hacérselos ver? O que Usted sea sólo una ocurrencia y esta confesión, un fraude. Ah, eso sí, les encanta creer en ese amor que me desgarra, ese chisme, esa vida tormentosa y arriesgada a la que ellos no se animan... En eso sí... Tampoco les importa cuánto duela -salvo a tía Elisa a quien al mostrarle mi primer poema galardonado me respondió: "¡Ay, nena, qué mal debés estar!" O al imbécil que hizo un ensayo poniendo en duda mi sexualidad porque había escrito en "Invierta un Hijo" desde un yo masculino. Y ¿qué pretendía? ¿Que inventara otra Juana de Arco para escribir como mujer-soldado en la guerra de Malvinas?-. Vamos, no sea ingenuo...
Miento, pero miento porque la gente me necesita, porque no todos tienen la suerte de trasmutarse, de sentir la mordedura de la sociedad y sangrar, de no hacerle caso al miedo y decir lo que otros no se atreven ...Yeso es horrible. Es como si la vida les pasara de costado y la miraran de lejos. Y si la sienten y no pueden hacerse grito, peor aún... Alguien debe hablar, denunciar, burlarse del espíritu de la época. Tal vez, Padre, yo no tenga derecho a callar. ¿Ha visto Usted alguna vez los ojos de los mudos? ¿Los ojos de un torturado con mordaza?
Pensará que engaño y es cierto; pero ¿qué importancia puede tener que mi alma se pierda si existe un lector que llora, ríe, o enmudece con lo que yo le cuento, miento y solo, sólo por unos minutos, se le mueve algo...? Yo no inventé nada nuevo, apenas otro disfraz de voces para la misma historia repetida. El que lee, elige y si alguien llegara a elegirme, tal vez valdría la pena dar la vida por los amigos.
No sé si esta confesión por escrito será válida y si Usted, Padre, en nombre del Verbo hecho Carne podrá de esta forma darme la absolución, pero ya no la necesito; como diría Cortázar, me siento exorcizada, he vomitado a mis monstruos, he escrito otra mentira y no me importa. Existen mentiras que valen la pena, aunque nos condenen... Porque tengo hijos y quiero que puedan seguir escribiendo cartas verdaderas a un Papá Noel de mentira, y que siempre exista alguien dispuesto a meterse en el cuerpo de otro, a andar a tientas en la noche e inmolarse para que sus caras se llenen de risas y de bicicletas ya nosotros de lágrimas los ojos, Padre. ¿O acaso Usted no cree?
Disculpe, no sé si estaré cometiendo un sacrilegio y con esta carta, firmando mi pase a la gehena, pero no puedo "prometer firmemente no pecar más". Tal vez sea verdad que cargo con la maldición de la palabra y sólo pueda seguir escribiendo.
En su Nombre, el del Verbo y el del Espíritu de la Palabra. Amén
Humildemente
Marcela Predieri
(Mujer que escribe)
publicado en Revista Transiciones, 2008
ORA PRONOBIS
El número de la patente me cacheteó. El auto estaba irreconocible, las llamas llegaban ya hasta el cableado de luz, pero la chapa había volado hasta ahí nomás, como el cuerpo. Digo así porque, hasta ese momento, no me había dado cuenta de que ese cuerpo era el Pepe. Y le juro que entonces reaccioné. No podía ser otro. Me habían mandado a avisar que algunos, y la cana, claro, lo andaban buscando pero yo no creí que se atrevieran. ¿Cómo podían ser tan hijos de puta? Y me retorcí de tal forma que tuve que entrar corriendo para no vomitar.
El había pagado como siempre, pero ellos decían que no, y ahora estaban ahí, fumando a su puerta como si tal cosa. Qué destino de mierda. Por cuatro cajones de vino tinto. Pepe hecho sangre y baba contra el piso.
Traté de no mirar demasiado, para que no me vieran, para no involucrarme, porque la cana ya estaba limpiando todo, pero con un ojo en cada cortina y... yo tengo familia, ¿sabe?
La que lo vio de cerca fue doña Elisa, porque antes de que viniera la ambulancia, ella alcanzó la frazada para cubrirlo, total el hijo suyo ya se le había ido hace meses; y se lo llevaron, pero no estaba muerto, movía un poco el ojo de este lado dijo, y le temblaba la mano. No lo vimos más. Aunque parezca mentira, a la frazada tampoco.
En cinco minutos todo el vecindario estaba en la calle; apenas dejó de oírse la sirena. Y los chicos buscaban a ver dónde había quedado más sangre, después se fueron a seguir metiendo ruedas para avivar la fogata de lo que había quedado del Ford. Entre nosotros empezamos a hacer conjeturas, las viejas hablaban bajito y se llevaban los pañuelos a la boca y la mujer del de la tienda lloraba que, la verdad, dio que hablar, porque uno no es tonto.
Y ¿qué quiere que le diga? Que así atardeció y amaneció el primer día y la cana vio aquello hecho, hecho estaba y eso no era bueno. Sin embargo descansó, porque tarde o temprano, como a usted le parezca, se los vio pedir pizza en lo de Los Narigones.
No, nosotros no comimos, por respeto. Tomamos mate hasta que empezó a clarear. Y por quedarnos con la mujer del de la tienda, porque al final se deschavó todo, el marido rajó y ella lloraba a gritos que se lo devuelvan. Entonces nos dividimos para ir a preguntar a las salitas, los cuarteles, los hospitales... en definitiva para rastrear el cuerpo, porque al final, era como yo había dicho: estaba en la morgue y eso nos llevó hasta el jueves. Yo andaba sin cenar. Y ese día tampoco pude porque fui uno de los que tuvo que entrar para reconocerlo. Y dije que sí, que era Pepe Gonzalez, de a la vuelta de mi casa, aunque me podrían haber mostrado otro, que con tal de salir yo firmaba cualquier bosta.
El viernes fuimos hasta el PAMI para que pagara el entierro, pero no me va a creer, Padre, nos dijeron que no correspondía, que además como era muerte dudosa teníamos que esperar hasta el domingo... ¡cómo si el Pepe también fuera a resucitar el tercer día!
Así que acá estoy. Después de la misa ¿no viene a rezar con nosotros por las pobrecitas almas del purgatorio?
publicado en Revista "La Avispa" nº 47
EL VIEJO DE LOS PERROS
—¡Urgente! ¡Prestame los marcadores! —le pedí a mi hermana la más grande. Ella estaba en la cama llorando con la tele prendida.
—¡Tomatelás! ¿No ves que estoy mirando “Amores Perros”?
—¿Y si es de amor, por qué llorás?
¡Para qué se lo habré dicho! Empezó con que el amor es cosa de grandes, que yo no entiendo nada… y qué sé yo cuántas cosas más. Pero yo sí entiendo. Entiendo de amor y de perros. De amor, porque Mariana es mi novia. Ella no lo sabe, pero es mi novia igual, porque es re-linda y no usa hebillas de Barbie como las otras. También sé que no se puede sentir amor por cualquier cosa; uno no es tan tonto. Yo quiero a mi bicicleta más que a nada en el mundo; es la mejor bici de la cuadra pero de ahí a gritarme: ¡Deja eso! ¿Estás enamorado de esa bicicleta? hay como de acá a la Luna. Esa sí la tengo clara. Los humanos no se enamoran de las cosas. De los animales, no sé.
Don Manuel dice que ama a sus perros. Claro que no se parece a un papá, ni siquiera a un abuelo, pero él me enseñó todo lo que sé de amor y de perros. Don Manuel es el Viejo de los Perros. Y vive en Playa Grande, como con veinte, debajo del viejo edificio del INIDEP. Algunos chicos del barrio le tienen miedo, dicen que cuenta historias horribles de barcos que se hundieron y de vigas oxidadas que se pueden venir abajo en cualquier momento. Por eso cada vez que nos queremos meter por ahí nos manda los perros al humo. Y son perros fieros. Yo siempre que voy a la playa con la bici, me bajo antes de que me vean porque si no, te tiran a morder los pantalones aunque los tenga atados con un broche para que no se me enganchen con la cadena. Don Manuel siempre está tomando sol junto a los perros y él dice que ahí está mucho más cómodo que en una casa. Lo que no entiendo es por qué la gente comenta que es una barbaridad que viva así, a la intemperie y solo como un perro. A mí me gusta estar con él y no le tengo miedo ni nada. Dice mi mamá que si ando por ahí se me van a pegar las pulgas ¿y qué? Yo tengo piojos, pero me paso el peine fino y listo; con las pulgas debe ser lo mismo.
Lo que más me gusta son sus historias de perros. Él sabe muchas, muchísimas. Cuenta Don Manuel que el Tuque, uno marrón y negro, flaquito que tiene la cola cortada fue el que quedó atrapado en el Marcelina de Ciriza, así se llamaba el barco pesquero que se soltó de la Escollera Norte en una sudestada gigantesca de hace años –me explicó Don Manuel-, uno que se fue navegando solito hasta Constitución que es adonde están los boliches a los que va mi hermana. ¡Bah! Sólo no. Estaba el Tuque. El Tuque y los fantasmas que viven en los barcos. Y fueron precisamente ellos los que lo empujaron por la borda justo antes de encallar. Los perros de los barcos –dice Don Manuel- son grandes nadadores; eso lo salvó.
También cuenta la aventura de uno negro, rengo de la pata izquierda que una vez quiso salir en parapente con los locos que vuelan en Varesse. Los muchachos odiaban al Negro porque cada vez que querían despegar los corría y les ladraba para que lo atasen y lo llevaran a dar una vuelta. Pero nada. Los parapentistas se entienden con los pájaros pero no saben nada de perros. Un día el Negro se cansó y se prendió de la pata de un piloto que lo alzó como tres metros. Después de tanta patada se soltó. La gente se reía como loca; al piloto, que estaba muerto de rabia, le tuvieron que curar la pierna con agua oxigenada. Al Negro le dolieron las costillas una semana, y yo sé cómo duelen las costillas porque a veces cuando voy a hacer pruebas con la bici a las rampas me mato, te juro que me mato. Don Manuel lo tuvo acostado contra él esa noche y varias noches más hasta que se curó y me contó que cuando soñaba, porque los perros sueñan, parecía sonreír. Así que seguro, tanto no le importó el dolor. Él no podía correr tan rápido como otros perros pero había volado ¿qué tal? Los perros de la playa son tan valientes –dice Don Manuel-. El lo sabe.
También me explicó que hay perros que ladran para avisarle al pescador que tiene un pique; es que a veces, pobres, se duermen de tanto mirar la boyita. Hay otros que aprendieron a hacerle frente a los lobos marinos que se quieren subir a las lanchas amarillas y se ganan algún pescado que le tiran los dueños como recompensa. Claro que antes tuvieron que aprender a comer pescado, pero los perros se adaptan a todo, por eso son sobrevivientes, como yo –dice Don Manuel- aunque eso no lo entiendas bien todavía.
En La Perla, por ejemplo, hay un Golden (el único que no duerme con Don Manuel porque es del Guardavidas pero que siempre lo va a visitar) que ayuda a sacar a la gente del agua. Y la ve enseguidita, mucho antes de que hagan sonar el silbato. Entonces gruñe fuerte y se mete al agua con la rosca y la soga. Hay que ver cómo nada, casi tan rápido como el guardavidas. Los perros de la playa son tan observadores -dice Don Manuel.
También me contó que hace mucho, yo seguro no había nacido porque no me acuerdo, cuando vino el tornado a Mar del Plata, fueron los perros los que le avisaron para que se fuera de abajo de la construcción donde dormía; que él no entendía nada pero que no paraban de aullar, lo despertaron y no dejaron de tironearle de las mangas hasta sacarlo de ahí…Entonces, de golpe, vino el viento, el mar se puso como nunca lo había visto y al toque reventó una ola increíble que arrasó con todo lo que había en el lugar. Que los perros lo protegieron –eso dijo don Manuel- porque son leales, más leales que las personas, que si no, la ola se lo hubiera llevado a él también.
A todos los quiere don Manuel. Y les da de comer aunque no tenga mucho. A veces no le sobra ni un pedazo de sándwich pero de lo poco se comparte –dice- si no, no tiene gracia. Por eso cuando los huesos del asado no alcanzan, le saco algo de la heladera a mi mamá y se lo llevo; aunque casi siempre lo único que hay es un pedazo de queso fresco o alguna milanesa medio dura del mediodía. Porque ahora Don Manuel tiene una perra, y la perra tuvo nueve cachorros. Por qué tantos -le pregunté-. Él me explicó que seguramente se había enamorado más de la cuenta, como les pasa a veces a las personas, como le pasó a él hace mucho. Por eso la va a cuidar, a ella y a los cachorros, hasta que crezcan.
Una vez, los chicos le preguntamos por qué vivía ahí, y él nos dijo que le gusta mirar el mar. A mí me parece que por eso tiene los ojos entre verde sucio y marroncito, como el agua de acá. Y porque ama a los perros –dijo-; como en la película de mi hermana –dije, pero no me escuchó-. Que le hacen compañía el Tuque, la perra, los cachorros, el Negro y el Golden que viene de visita. Porque los perros de la calle somos una gran familia –trata de explicarme Don Manuel- y no nos dejamos nunca solos. Que nosotros tenemos que aprender.
Ayer empezaron las obras para arreglar el viejo edificio, van a hacer una confitería o algo así, y Don Manuel se tiene que mudar. Dice que no sabe muy bien a dónde va a ir pero se va a llevar a los perros. No se abandona a los amigos, aunque sean perros; que tal vez vaya para las Playas del Sur, que ahí también se juntan los surfistas y son buena gente; él les va a calentar agua para el mate para cuando salen del mar muertos de frío y, si le tiran unas monedas no le va a venir mal. También me pidió que le hiciera un dibujo, porque seguro me va a extrañar y que si tanto ama a sus perros que trate de imaginarme cuánto me llegó a querer a mí. Yo le dije que también lo quería mucho pero que a mí no me salen bien los dibujos, que mi hermana me carga, que sólo hago monigotes –dice-, pero Don Manuel me contestó que a él le parecen muy lindos y que no me olvide de hacer al Negro con su hueso preferido. También me dijo que si cuando vuelvo para la playa no lo encuentro, lo ponga en una botella y lo tire al mar. Que él todas las mañanas va a revisar lo que la marea trae hasta la costa. Y no sabés las cosas que se encuentran –dijo-, que me quedara tranquilo. Ahora mismo me voy y lo empiezo a hacer –le contesté-, por si acaso. Pero seguro lo voy a ir a visitar; si mi papá no me lleva, me armo la mochila y voy con la bici. Es lejos pero si uno no es capaz de pedalear un poco más para estar con un amigo… Nunca, nunca, nunca lo voy a dejar solo. Eso lo aprendí con Don Manuel.
Cuando llegué a casa, en la vereda estaba la hija de la vecina, que es una perra –dice mi hermana-, y será porque se la pasa diciendo: ésta es una vida de perros, o qué noche de perros, o porque se puso de novio con Caniche, que antes era el novio de mi hermana. Apenas entré mamá empezó: Dejá de rascarte como un perro… pero yo me fui corriendo a buscar los marcadores. Tengo que hacer un dibujo para mi amigo –grité-, pero mi hermana parece sorda. ¿Por qué no me prestará los marcadores de una buena vez? Entonces me encerré en el garage y me puse a dibujar con el lápiz de carpintero de papá que en eso entró preguntando: ¿a qué hora cenamos que estoy cansado como un perro?
Yo no entiendo muy bien de qué perros hablan. A mí me parece que el único que sabe de perros es Don Manuel.
•cuento infantil publicado en el libro NUBE SUBE, Ed.Balder
Está bien, si no con un sándwich a la salida es lo mismo. Pero creamé, es una fija. Yo sé por qué se lo digo. Mire, le sigo contando: yo nací en Mar del Plata, vivíamos justo acá enfrente, en la manzana 115. Sí, la que demolieron. ¿Ve? Por donde está pasando el 523. Mi padre era abogado de Casinos, así que le quedaba bárbaro. Teníamos familia en Buenos Aires, mi abuela y dos tías, y en enero, aprovechando el mes de feria, íbamos siempre para allá con tío Ezequiel. Él también vivía acá, en la loma de Colón, pero tenía una farmacia por la calle Luro, frente a la estación de trenes. Tío Ezequiel era una máquina: trabajaba de día y de noche. De día, frente al mostrador; de noche era adicto a otro tipo de mesas. ¿Que qué mesas? Todas: las de dinero, las de pocker, de Black Jack, Punto y Banca, los tableros y las barras. Era curador mi tío, sanador de dolores de cabeza, especialista en constipados y cistitis de señoras. Farmacéutico, bah, aunque sin diploma. No se preocupe, yo tengo el remedio para todo mal, decía. Pero era más que un doctor, pensaba yo en esa época. Gracias. Que la fortuna le devuelva más. Si no con un sándwich es lo mismo.
Mucho después me di cuenta de que hablaba de otros males: esguinces de la fortuna, mal de amor, maridos celosos, sueños inalcanzables, desconsuelo crónico. Para todos tenía su medicina, la que los mantenía vivos y expectantes por lo menos hasta la semana siguiente. Que una fija para la carrera del sábado, que un numerito para la quiniela, que un hágame caso: primera bola al diecisiete. Sale o sale. Yo vuelvo el domingo, si no puede dígame cuánto y le hago la gauchada. ¿O para qué son los amigos?
Mucha gente venía a ver a Don Ezequiel. Don era un título entonces, no cualquiera… Y yo los veía abrazarlo, darle la mano con un ¡gustazo! ¡Si no fuera por Usted!... o hundírsele en el hombro, agarrarse la cabeza… Y mi tío, siempre tan amable, campechano como pocos, los acompañaba hasta la puerta. No se desanime, vuelva la semana próxima. Ya va a ver… Gracias. Que Dios se lo pague.
Tío Ezequiel era un maestro. Sí. Un maestro en jugarse la vida, el sueldo, el reloj y la campera en la primera bola. Pero eso lo entendí muchos años más tarde cuando mi padre murió en un accidente en la vieja Ruta 2. Era doble mano en aquel tiempo, demasiado angosta para el recambio del primero de febrero. A nosotros la Virgen nos puso la mano encima, como decía mi madre. Pobre, mi vieja que nunca había trabajado, tuvo que empezar obligada, pero no quiso ir de dependiente a la farmacia; ella no iba a vivir a costillas de un cuñado; así que el tío la colocó en la inmobiliaria de un amigo en Buenos Aires. Y nos fuimos para allá, un poco apretados, eso sí; hubo que acostumbrarse a la escuela pública y a los viajes en colectivo. ¿Las vacaciones? Si no hubiera sido por el tío Ezequiel, apenas un recuerdo de la infancia. Pero él empezó a traerme a Mar del Plata cada vez que podía. En tren, eso sí, jamás en auto o en micro; condición inamovible de mi madre. Yo tenía que guardar faltas, ni una rata a la escuela, creamé, porque él llegaba allá los viernes pero recién veníamos para Mar del Plata los domingos. Todavía me acuerdo…El tío siempre de traje, el pelo negrísimo y engominado; todo un caballero. Durante el trayecto me compraba una gaseosa o dos; los sándwiches que me preparaba la vieja los dejábamos para cuando llegásemos porque nadie come en pullman. La vuelta siempre era una sorpresa. Algunas veces en El Marplatense, con cena en el comedor y una botellita de buen tinto para él; otras veces de a tres, sentados derechitos en los asientos marrones de la clase turista. A mí no me molestaba porque aunque no tuviéramos ni para un sándwich de salame, nunca faltaba quien te pasara un mate con un ¿gusta, Don? Y ofrézcale al joven, por favor… Gracias. Que Dios le de el doble.
Cuando cumplí los quince me trajo a debutar acá, fue en la casita de la Plaza Mitre. ¿No la conoce? A partir de ese día, en la mesa grande de los domingos en la casa de los abuelos, empecé a sentarme a su lado, nunca más con los primos menores. Tengo para él un gran futuro, solía decir mientras me palmeaba el hombro. Todo calculado ¿no?, se reía alguna de las tías. Y no falla ¿no? agregaba otra. Mi madre saltaba como una fiera con un: Al chico más te vale que lo dejes tranquilo. Tío Ezequiel me hacía un guiño. Son mujeres… Cómo me hacía reír. ¡Yo me sentía tan hombre! Gracias. Que tenga suerte.
Tres años más tuve que esperar para que me trajera a trabajar con él a la Casa de Piedra. Me compró un traje gris y una corbata de seda con un ancla. No me dejó traer mis ahorros. Pero a la salida te toca pagar la cena en la Taberna Baska, me dijo. Es tu primera visita; no falla, ya vas a ver. Y no falló. Negro el 17 en la primera bola segunda mesa a la derecha. Las apuestas no se levantan, indicó. Y no lo hice. Negro el 17… Después fueron el 11, otros tres negros y en seguida pasar a la tercera docena y los ladrillos. El sonido de las fichas me hervía en los oídos y en la cara. Así se hace, sobrino, así se hace… Fueron buenos años. Él me enseñó todos los secretos. Y yo era buen aprendiz. Que tenga fortuna, amigo. Gracias.
Al cumplir los veintiuno, mi madre se casó de nuevo. Un tipo insoportable. Yo armé el bolso, largué Bioquímica y me volví para Mar del Plata. El tío me llevó a trabajar a la farmacia. Ahí, claro, tenía que llamarlo Jefe. Que Dios se lo pague.
Para esa época alternábamos las venidas al Casino con tardes soleadas en el Hipódromo de Palermo. Y fue ahí mismo, con cincuenta y dos años cumplidos, que conoció a una mujer. Mala yegua. Mala yegua ella y su maldita obsesión feminista de de desechar cuanto caballo ganador se cantara como fija. Sólo potrancas. Y perdedoras además. Ezequiel estaba loco por ella. Sí, perdido es la palabra, porque fue perdiendo todo: nuestras noches de ruleta, el sueño, el depto, la dignidad, el rolex y la salud. Y a mí también, o casi, porque una noche no pude evitar cantarle la justa y nos fuimos a las manos. No me quedó otra que mudarme y me mudé. Me fui con la vieja otra vez a Buenos Aires. Gracias. Que tenga suerte.
Era mala hembra y no me iba a quedar para verlo mancarse frente a ella. Pero sí lo vi. Primero de a poco, cada vez más flaco, cada vez más amarillos sus dientes de tabaco o de caballo, ya era lo mismo. Y por fin, de un golpe a pleno sol de setiembre, frente a ella que gritaba como loca poco antes de terminar la cuarta carrera de la Polla de Potrillos. La ambulancia no tardó en llegar pero el corazón le había corcoveado fiero. La mina ni apareció por el entierro, si me permite llamarlo así. El tío había dejado testamento y una carta con su última voluntad: quería ser cremado y que arrojaran sus cenizas en la pista antes de la primera largada de sábado. Ese sábado era el Gran Premio Polla de Potrancas. Puras yeguas, me dije, y de la muy yegua, nada. Que la fortuna le de el doble…
Las burritas se ubicaban ya en los Boxes de Exhibición, recorrían la Redonda para que pudiéramos apreciar su estado físico y realizaban el clásico paseo por la Pista. En ese momento esparcí lo que quedaba de Tío Ezequiel. ¿Será para que te acuerdes de cómo te puede pisotear una pollera? me insinuó un viejo colega. Se me hizo un nudo en la garganta. Y… habrá que creer en los mensajes del otro mundo, le dije con resignación. Siempre me acuerdo que el tío contaba cómo, cuando tenía siete años se le había aparecido en sueños un hermanito muerto de tuberculosis para cantarle el número entero del Gordo de Navidad. Él había corrido a decírselo a su madre pero como no tenían un mango para comprar el billete, con lágrimas en los ojos lo mandó a él mismo con una notita y las monedas hasta lo del almacenero de la esquina que levantaba quiniela. Con 47 terminaba. El número salió cantado. Esa noche compraron sidra y al día siguiente fueron todos al cementerio con las calas más grandes que se vieron jamás. Yo, en realidad, no creía que fuera cierto. Gracias. Que Dios lo bendiga.
La cuestión es que las potrancas casi estaban llegando a las gateras cuando se acercó un gordo de pelada brillante: ¿El viejo te dejó alguna fija? Seguro, me reí. Segura, querrá decir, respondió el gordo, qué raro, es una de las mayor sport. Mire, hay que creer o reventar: ahí mismo me di cuenta. No miré, en las Performances del Programa Oficial, en qué puesto había salido esa potranca en las últimas carreras; no miré quién era el Jockey ni pregunté por su entrenador. Corrí hasta las ventanillas ubicadas en las tribunas; podía tramitar apuestas sólo hasta el cierre del sport y faltaba poco. Todo lo que llevaba era la guita para pagar un nicho por cinco años en La Chacarita, que íbamos a llenar con una urna falsa para que mi abuela tuviera dónde ir a llorarle. Muy creyente, la abuela. Aposté a ganador, el operador me entregó el ticket de apuesta. Y no miré más que la largada. Me sumé al aplauso de los amigos trajeados por respeto, y cuando el polvo se arremolinó entre las patas de los animales… al ver cómo las yeguas le pasaban por encima, no puedo negárselo, lloré. Pero no por él, el tío se estaba elevando junto al polvo en medio de la Fiesta Hípica. Era su Gran Premio. Y supe sin que la Comisión de Carreras diera a conocer el resultado oficial, que podía ir hasta la ventanilla y esperar a cobrar. Gracias. Que Dios siempre le dé más.
Saqué de la basura la caja de zapatos que había oficiado de coche fúnebre para llevar al Tío hasta su última morada, deseché el tarro ámbar y puse la guita. Una larga fila de amigos se acercó. También el gordo de la pelada brillante. ¡Sigue cantando la justa el viejo! Nos vemos la semana próxima en Mar del Plata ¿sí? No, le respondí. Está bien que el tío me haya heredado la farmacia pero hay que hacer tanto papeleo con todo esto… Nos vemos en un mes o dos. Está bien, pero no te lo gastés todo ¿eh? Que Dios se lo pague. Muy amable. Tenga fe.
Me hice cargo del negocio en menos del tiempo pactado. Si a la ceremonia de las cenizas había ido mucha gente, el desfile por la farmacia fue interminable. Mujeres jóvenes que decían que Don Ezequiel era un Santo, ancianos que me preguntaban qué iban a hacer sin Don Ezequiel, y acreedores, docenas de acreedores. Algunos traían pagarés, otros argumentaban préstamos de amigo y los más, cara de matones, a los que pagué sin preguntar. Durante un tiempo seguí con el negocio, levanté quiniela, abracé a las viejas, di préstamos a cambio de sortijas de enlace y alguna que otra pelotudez hasta que apareció la blanca. Y fue que no, sin vueltas. Nadie iba a ensuciar la memoria del tío y yo no me iba a hundir en su memoria, mucho menos. Así que el negocio siguió despachando de aspirinas y antiácidos hasta que volvieron las boletas, las fijas y dos mangos al cuarenta y siete. Años tranquilos, pero nada es para siempre; y la fortuna tampoco es para todos. Muchas gracias. Que tenga suerte.
A partir de aquí todo se acelera. En pocos años llegó el Prode, se oficializó la quiniela, y los bingos invadieron la ciudad. Que la inflación, que el dólar, que los saqueos y los pibes que salen a chorear; que el corralito, que el corralón… Y sí, es Argentina. ¿Que cuánto hace de esto? Casi veinte años, tiene razón; pero veinte años no es nada. Además la vida es una apuesta. A veces me pregunto si la mía valió la pena, o la de él… No, Señor, no me de otra moneda. Ya tengo bastante. Gracias. Hoy entró mucha gente. ¿Me puede hacer una gauchada? Póngame esto al 17 en la primera bola, segunda mesa. Imaginesé, con esta facha no me dejan entrar. Yo lo espero a la salida. O mejor en la Taberna Baska. Sí mejor lo espero allá. No se preocupe, jefe. Es una fija. Invito yo.
*se suele llamar así al Casino Central de la ciudad de Mar del Plata, Argentina
Publicado en revista La Avispa, nº 22, Mar del Plata 2003
LA SELVA LIBRE
Y vos y aquel y cualquier otro, nos levantamos juntos sIn saber, para saber y por qué no, que cualquier mono que se precie no es más que un mono. Y el pellejo tira y aunque no queramos nos encontramos sacándonos los piojos con dedicación casi absoluta se transforma en la obsesión de todos los días.
Y es así, para qué más, podés decirme. si querés otro día volvemos a encontrarnos, pero no...
Yo sé del juego de arrancarse la piel. Con una basta. Una vez, no piel aunque la piel sea una y se arquee reptando sobre las sábanas que se acomodan primero a la tibieza de mi forma y penetrando impúdicas primero -las profanas- por los huelgos que dejamos de vergüenza porque siempre está ese darse entero pero no, clavar las uñas hasta ahí, abandonarse al tacto del otro siempre y cuando pierdas el desenfreno total de un éxtasis que desanuda cada uno de tus lazos menos el hilo invisible con el que imaginás precintada tu cintura, para que en todo momento, el rollito quede sostenido y al volvernos la panza no se vaya de costado.
Las sábanas, decía, ladronas que se apropian de la temperatura de nuestros cuerpos y terminan arrugada, se enredan a los dedos d e los pies y ala rodilla en la vuelta como para recordarte que ahí están porque al fin y al cabo un poco de rebeldía adolescente está bien como este regalo que me doy, que me diste aunque la sábana quede manchada como mi nombre y a la sábana la agarre y la estruje y la muerda, porque ya vas a ver, que esto de andar sintiendo no es así de fácil; porque el que las hace las paga Habrase visto: andar gozando así sábana hija de mil...
Del libro Del Papelero, Ed Martín, Mar del Plata, 2002
CARTA ABIERTA
Estimado Padre Eduardo:
Esta carta no respeta las liturgias, mucho menos la de La Palabra, pero me urge reconciliarme conmigo misma, con la humanidad y principalmente con el Verbo Encarnado; por eso necesito que escuche (lea) mi confesión.
Para ser concreta, Padre, me acuso ser una representación; si no fuera así, ya me habría acercado al confesionario para enfrentarme a U usted sin simulacros y no estaría escribiendo esto. Pero no soy actriz o sea que dar la cara no es mi fuerte y por otro lado, sólo al escribir soy sincera, ya que es lo único que sé hacer 0 engendrar, como prefiera. Además, a las palabras se las lleva el viento, a los secretos de confesión... vaya a saber. Y yo quiero que esto sea un .doc Así que hágalo público, si quiere:
Padre, yo siento la necesidad de romper los moldes, las reglas, las hormas, las matrices, los montajes, las instalaciones. Es como si una asfixia abarcara y oprimiera toda mi piel, sofocándome hasta extinguirme. Muchos se conforman con la vida que les tocó vivir, aunque al hacerlo se desfiguren, distorsionen, deformen. Conformar... Deformar... Me pregunto si serán sinónimos o antónimos. Un prototipo, cualquier modelo o paradigma se acomoda, te acomoda a una casilla, a un apartado; te aparta, te empaña, te rotula: "hombre sin rostro", te ultraja. A mí no me alcanza un tipo de vida, Padre, los quiero todos.
Por eso despojo y calzo íntegro cada uno de los infinitos pellejos de los hombres y trato de hacerlos míos; robo vidas y las siento, vivo como propias... las cuento. La de quien ama y de quien sufre, la de la señora gorda tomando el té de las cinco en punto, la del drogadicto, del apático o el burgués de m..., la del soldado valeroso y del cobarde, del político y el mendigo, el verdugo y el ahorcado, del subversivo y el represor, de las Bovary y los Fierro... Entonces invento, fabulo, miento. Eso es, Padre, el escritor: un gran mentiroso. Y yo escribo.
Pero ¿sabe? Al robar vidas, las vivo para mí y las vivo para otros. No quiero disculparme, no, al contrario; estoy condenada, lo sé y soy culpable no sólo de robar o mentir sino de los siete pecados capitales porque si fuera verdad que tengo una misión, entonces, cómo explicar cuando en ocasiones, colmada de pereza, transito las profundidades sin decidirme a habitar el cuerpo de mi alma y paso días, semanas, meses sin escribir, temerosa de enloquecer si lo hago y segura de que si no lo hago, finalmente enloqueceré. Entonces, el germen o el gusano de la envidia me penetra y las vidas de otros, virtuosas o perversas, sencillas o intrincadas, comienzan a seducirme, a incitarme... y las ansío, Padre, porque derrochan vivencias que yo jamás experimentaré, vierten las I historias que yo nunca seré capaz de narrar, descifran los libros que en-.al vida alcanzaré a leer. y.,( abarrotada de codicia parto a investigar, a escuchar detrás de las puertas y las almas, a mirar hacia dentro de los ojos, a robar sus alientos en busca de una línea... y anoto datos, acumulo, como un preciado tesoro, cada referencia en mi cuaderno de notas, en el revés de la cuenta del supermercado, en los márgenes de los libros y, le confieso, Padre, que cuando empieza ese proceso de encarnarse en otro, ya no como Santa Concepción, sino Calvario donde crucifico mi comodidad y asumo igual que Cristo los pecados de los hombre, le juro, y no es herejía, Padre, que siento que voy a redimirlos pues llevo conmigo todas las miserias; también todos los placeres, dirá Usted pero de eso no se escribe.
Por eso, para saldar mis deudas con el Señor, si quiero ser justa, debo acusarme también de gula, una gula feroz por saber más y más, tanto que devoro y me engolosino con el respirar de cada uno de mis personajes, me acaramelo con sus poemas, saboreo la melodía de sus voces y cómplice, amaso situaciones para hacer también míos todos sus sentidos... y paladear su lengua, sus ojos, sus tactos. Termino mamando un calostro que me inmuniza del afuera, atiborrada de mí y sin poder saciarme nunca.
Lo sé, Padre, me revuelco, para ser exacta, encendida de lujuria con ese personaje que estoy creando, que soy yo y es otro y... hermafrodita, erizo mi piel. Me cuesta escribir esto, pero ¿podría Usted, que sabe mejor que nadie de las luchas de la carne, interceder por mí ante el Altísimo? Es talla fiebre, el goce de descubrir los más íntimos anhelos, la excitación de penetrar la mente, la voluptuosidad de ser en sangre, lágrimas, semen y saliva solo uno... Es tal el deseo y tan ingobernable. "¡Oh, pureza!" clamaba Rimbaud, como yo clamo. ¿Habrá perdón para mi alma?
Ya habrá advertido que he guardado la ira y la soberbia para el final. El primero porque es el más doloroso y tal vez sirva, en parte, para purgar mi penitencia. Lo que sucede es que cuando mi personaje o mi poema no responde, no crece, no se desprende de mí y adquiere vida propia, siento al desgarro de la cólera estallar en furia, gritos, llanto... y rompo originales, destierro páginas completas, incinero el trabajo de meses y caigo presa en tamaño hermetismo que soy capaz de vagar violenta y sola, y en esto hago especial mea culpa, hasta que todo lo demás desaparezca, incluso mis otros hijos, los de la carne.
El segundo, en cambio, es el más terrible. Sólo se manifiesta si la obra creadora llega a su fin; y si se concreta, no existe sino el éxtasis y por qué no ponerlo con todas las letras: me siento Dios y, en mi infinita soberbia, creo que mi obra y Él y yo somos uno, Padre; y nos exhibimos, obligando a los otros, lectores y orejas pacientes de recitales poéticos a compartir nuestras impudicias, como si tuviéramos algo que decir, algún don que nos hace dignos de ser oídos. Y creemos que lo hacemos por el arte, ¿le parece a Usted?, por la cultura... Me da risa.
A medida que escribo esto, Padre, es como si lo estuviera viendo menear la cabeza "Pobre criatura humana -dirá--, es tan débil como sus mentiras. " ¿Verdad? Pero yo sé que le estoy mintiendo también a Usted, no sólo a ellos que creen que el escritor es una especie de héroe neoclásico con mil odiseas sobre los hombros, un enajenado que se agita en estado violento o quizá aquel profeta olvidado que sin embargo tiene algo para revelar... ¡Es mentira!
Reconózcalo Padre, la culpa es de ellos. Al fin y al cabo ¿a quién le interesa si los lugares que invento en realidad no existen si puedo hacérselos ver? O que Usted sea sólo una ocurrencia y esta confesión, un fraude. Ah, eso sí, les encanta creer en ese amor que me desgarra, ese chisme, esa vida tormentosa y arriesgada a la que ellos no se animan... En eso sí... Tampoco les importa cuánto duela -salvo a tía Elisa a quien al mostrarle mi primer poema galardonado me respondió: "¡Ay, nena, qué mal debés estar!" O al imbécil que hizo un ensayo poniendo en duda mi sexualidad porque había escrito en "Invierta un Hijo" desde un yo masculino. Y ¿qué pretendía? ¿Que inventara otra Juana de Arco para escribir como mujer-soldado en la guerra de Malvinas?-. Vamos, no sea ingenuo...
Miento, pero miento porque la gente me necesita, porque no todos tienen la suerte de trasmutarse, de sentir la mordedura de la sociedad y sangrar, de no hacerle caso al miedo y decir lo que otros no se atreven ...Yeso es horrible. Es como si la vida les pasara de costado y la miraran de lejos. Y si la sienten y no pueden hacerse grito, peor aún... Alguien debe hablar, denunciar, burlarse del espíritu de la época. Tal vez, Padre, yo no tenga derecho a callar. ¿Ha visto Usted alguna vez los ojos de los mudos? ¿Los ojos de un torturado con mordaza?
Pensará que engaño y es cierto; pero ¿qué importancia puede tener que mi alma se pierda si existe un lector que llora, ríe, o enmudece con lo que yo le cuento, miento y solo, sólo por unos minutos, se le mueve algo...? Yo no inventé nada nuevo, apenas otro disfraz de voces para la misma historia repetida. El que lee, elige y si alguien llegara a elegirme, tal vez valdría la pena dar la vida por los amigos.
No sé si esta confesión por escrito será válida y si Usted, Padre, en nombre del Verbo hecho Carne podrá de esta forma darme la absolución, pero ya no la necesito; como diría Cortázar, me siento exorcizada, he vomitado a mis monstruos, he escrito otra mentira y no me importa. Existen mentiras que valen la pena, aunque nos condenen... Porque tengo hijos y quiero que puedan seguir escribiendo cartas verdaderas a un Papá Noel de mentira, y que siempre exista alguien dispuesto a meterse en el cuerpo de otro, a andar a tientas en la noche e inmolarse para que sus caras se llenen de risas y de bicicletas ya nosotros de lágrimas los ojos, Padre. ¿O acaso Usted no cree?
Disculpe, no sé si estaré cometiendo un sacrilegio y con esta carta, firmando mi pase a la gehena, pero no puedo "prometer firmemente no pecar más". Tal vez sea verdad que cargo con la maldición de la palabra y sólo pueda seguir escribiendo.
En su Nombre, el del Verbo y el del Espíritu de la Palabra. Amén
Humildemente
Marcela Predieri
(Mujer que escribe)
publicado en Revista Transiciones, 2008
ORA PRONOBIS
El número de la patente me cacheteó. El auto estaba irreconocible, las llamas llegaban ya hasta el cableado de luz, pero la chapa había volado hasta ahí nomás, como el cuerpo. Digo así porque, hasta ese momento, no me había dado cuenta de que ese cuerpo era el Pepe. Y le juro que entonces reaccioné. No podía ser otro. Me habían mandado a avisar que algunos, y la cana, claro, lo andaban buscando pero yo no creí que se atrevieran. ¿Cómo podían ser tan hijos de puta? Y me retorcí de tal forma que tuve que entrar corriendo para no vomitar.
El había pagado como siempre, pero ellos decían que no, y ahora estaban ahí, fumando a su puerta como si tal cosa. Qué destino de mierda. Por cuatro cajones de vino tinto. Pepe hecho sangre y baba contra el piso.
Traté de no mirar demasiado, para que no me vieran, para no involucrarme, porque la cana ya estaba limpiando todo, pero con un ojo en cada cortina y... yo tengo familia, ¿sabe?
La que lo vio de cerca fue doña Elisa, porque antes de que viniera la ambulancia, ella alcanzó la frazada para cubrirlo, total el hijo suyo ya se le había ido hace meses; y se lo llevaron, pero no estaba muerto, movía un poco el ojo de este lado dijo, y le temblaba la mano. No lo vimos más. Aunque parezca mentira, a la frazada tampoco.
En cinco minutos todo el vecindario estaba en la calle; apenas dejó de oírse la sirena. Y los chicos buscaban a ver dónde había quedado más sangre, después se fueron a seguir metiendo ruedas para avivar la fogata de lo que había quedado del Ford. Entre nosotros empezamos a hacer conjeturas, las viejas hablaban bajito y se llevaban los pañuelos a la boca y la mujer del de la tienda lloraba que, la verdad, dio que hablar, porque uno no es tonto.
Y ¿qué quiere que le diga? Que así atardeció y amaneció el primer día y la cana vio aquello hecho, hecho estaba y eso no era bueno. Sin embargo descansó, porque tarde o temprano, como a usted le parezca, se los vio pedir pizza en lo de Los Narigones.
No, nosotros no comimos, por respeto. Tomamos mate hasta que empezó a clarear. Y por quedarnos con la mujer del de la tienda, porque al final se deschavó todo, el marido rajó y ella lloraba a gritos que se lo devuelvan. Entonces nos dividimos para ir a preguntar a las salitas, los cuarteles, los hospitales... en definitiva para rastrear el cuerpo, porque al final, era como yo había dicho: estaba en la morgue y eso nos llevó hasta el jueves. Yo andaba sin cenar. Y ese día tampoco pude porque fui uno de los que tuvo que entrar para reconocerlo. Y dije que sí, que era Pepe Gonzalez, de a la vuelta de mi casa, aunque me podrían haber mostrado otro, que con tal de salir yo firmaba cualquier bosta.
El viernes fuimos hasta el PAMI para que pagara el entierro, pero no me va a creer, Padre, nos dijeron que no correspondía, que además como era muerte dudosa teníamos que esperar hasta el domingo... ¡cómo si el Pepe también fuera a resucitar el tercer día!
Así que acá estoy. Después de la misa ¿no viene a rezar con nosotros por las pobrecitas almas del purgatorio?
publicado en Revista "La Avispa" nº 47
EL VIEJO DE LOS PERROS
—¡Urgente! ¡Prestame los marcadores! —le pedí a mi hermana la más grande. Ella estaba en la cama llorando con la tele prendida.
—¡Tomatelás! ¿No ves que estoy mirando “Amores Perros”?
—¿Y si es de amor, por qué llorás?
¡Para qué se lo habré dicho! Empezó con que el amor es cosa de grandes, que yo no entiendo nada… y qué sé yo cuántas cosas más. Pero yo sí entiendo. Entiendo de amor y de perros. De amor, porque Mariana es mi novia. Ella no lo sabe, pero es mi novia igual, porque es re-linda y no usa hebillas de Barbie como las otras. También sé que no se puede sentir amor por cualquier cosa; uno no es tan tonto. Yo quiero a mi bicicleta más que a nada en el mundo; es la mejor bici de la cuadra pero de ahí a gritarme: ¡Deja eso! ¿Estás enamorado de esa bicicleta? hay como de acá a la Luna. Esa sí la tengo clara. Los humanos no se enamoran de las cosas. De los animales, no sé.
Don Manuel dice que ama a sus perros. Claro que no se parece a un papá, ni siquiera a un abuelo, pero él me enseñó todo lo que sé de amor y de perros. Don Manuel es el Viejo de los Perros. Y vive en Playa Grande, como con veinte, debajo del viejo edificio del INIDEP. Algunos chicos del barrio le tienen miedo, dicen que cuenta historias horribles de barcos que se hundieron y de vigas oxidadas que se pueden venir abajo en cualquier momento. Por eso cada vez que nos queremos meter por ahí nos manda los perros al humo. Y son perros fieros. Yo siempre que voy a la playa con la bici, me bajo antes de que me vean porque si no, te tiran a morder los pantalones aunque los tenga atados con un broche para que no se me enganchen con la cadena. Don Manuel siempre está tomando sol junto a los perros y él dice que ahí está mucho más cómodo que en una casa. Lo que no entiendo es por qué la gente comenta que es una barbaridad que viva así, a la intemperie y solo como un perro. A mí me gusta estar con él y no le tengo miedo ni nada. Dice mi mamá que si ando por ahí se me van a pegar las pulgas ¿y qué? Yo tengo piojos, pero me paso el peine fino y listo; con las pulgas debe ser lo mismo.
Lo que más me gusta son sus historias de perros. Él sabe muchas, muchísimas. Cuenta Don Manuel que el Tuque, uno marrón y negro, flaquito que tiene la cola cortada fue el que quedó atrapado en el Marcelina de Ciriza, así se llamaba el barco pesquero que se soltó de la Escollera Norte en una sudestada gigantesca de hace años –me explicó Don Manuel-, uno que se fue navegando solito hasta Constitución que es adonde están los boliches a los que va mi hermana. ¡Bah! Sólo no. Estaba el Tuque. El Tuque y los fantasmas que viven en los barcos. Y fueron precisamente ellos los que lo empujaron por la borda justo antes de encallar. Los perros de los barcos –dice Don Manuel- son grandes nadadores; eso lo salvó.
También cuenta la aventura de uno negro, rengo de la pata izquierda que una vez quiso salir en parapente con los locos que vuelan en Varesse. Los muchachos odiaban al Negro porque cada vez que querían despegar los corría y les ladraba para que lo atasen y lo llevaran a dar una vuelta. Pero nada. Los parapentistas se entienden con los pájaros pero no saben nada de perros. Un día el Negro se cansó y se prendió de la pata de un piloto que lo alzó como tres metros. Después de tanta patada se soltó. La gente se reía como loca; al piloto, que estaba muerto de rabia, le tuvieron que curar la pierna con agua oxigenada. Al Negro le dolieron las costillas una semana, y yo sé cómo duelen las costillas porque a veces cuando voy a hacer pruebas con la bici a las rampas me mato, te juro que me mato. Don Manuel lo tuvo acostado contra él esa noche y varias noches más hasta que se curó y me contó que cuando soñaba, porque los perros sueñan, parecía sonreír. Así que seguro, tanto no le importó el dolor. Él no podía correr tan rápido como otros perros pero había volado ¿qué tal? Los perros de la playa son tan valientes –dice Don Manuel-. El lo sabe.
También me explicó que hay perros que ladran para avisarle al pescador que tiene un pique; es que a veces, pobres, se duermen de tanto mirar la boyita. Hay otros que aprendieron a hacerle frente a los lobos marinos que se quieren subir a las lanchas amarillas y se ganan algún pescado que le tiran los dueños como recompensa. Claro que antes tuvieron que aprender a comer pescado, pero los perros se adaptan a todo, por eso son sobrevivientes, como yo –dice Don Manuel- aunque eso no lo entiendas bien todavía.
En La Perla, por ejemplo, hay un Golden (el único que no duerme con Don Manuel porque es del Guardavidas pero que siempre lo va a visitar) que ayuda a sacar a la gente del agua. Y la ve enseguidita, mucho antes de que hagan sonar el silbato. Entonces gruñe fuerte y se mete al agua con la rosca y la soga. Hay que ver cómo nada, casi tan rápido como el guardavidas. Los perros de la playa son tan observadores -dice Don Manuel.
También me contó que hace mucho, yo seguro no había nacido porque no me acuerdo, cuando vino el tornado a Mar del Plata, fueron los perros los que le avisaron para que se fuera de abajo de la construcción donde dormía; que él no entendía nada pero que no paraban de aullar, lo despertaron y no dejaron de tironearle de las mangas hasta sacarlo de ahí…Entonces, de golpe, vino el viento, el mar se puso como nunca lo había visto y al toque reventó una ola increíble que arrasó con todo lo que había en el lugar. Que los perros lo protegieron –eso dijo don Manuel- porque son leales, más leales que las personas, que si no, la ola se lo hubiera llevado a él también.
A todos los quiere don Manuel. Y les da de comer aunque no tenga mucho. A veces no le sobra ni un pedazo de sándwich pero de lo poco se comparte –dice- si no, no tiene gracia. Por eso cuando los huesos del asado no alcanzan, le saco algo de la heladera a mi mamá y se lo llevo; aunque casi siempre lo único que hay es un pedazo de queso fresco o alguna milanesa medio dura del mediodía. Porque ahora Don Manuel tiene una perra, y la perra tuvo nueve cachorros. Por qué tantos -le pregunté-. Él me explicó que seguramente se había enamorado más de la cuenta, como les pasa a veces a las personas, como le pasó a él hace mucho. Por eso la va a cuidar, a ella y a los cachorros, hasta que crezcan.
Una vez, los chicos le preguntamos por qué vivía ahí, y él nos dijo que le gusta mirar el mar. A mí me parece que por eso tiene los ojos entre verde sucio y marroncito, como el agua de acá. Y porque ama a los perros –dijo-; como en la película de mi hermana –dije, pero no me escuchó-. Que le hacen compañía el Tuque, la perra, los cachorros, el Negro y el Golden que viene de visita. Porque los perros de la calle somos una gran familia –trata de explicarme Don Manuel- y no nos dejamos nunca solos. Que nosotros tenemos que aprender.
Ayer empezaron las obras para arreglar el viejo edificio, van a hacer una confitería o algo así, y Don Manuel se tiene que mudar. Dice que no sabe muy bien a dónde va a ir pero se va a llevar a los perros. No se abandona a los amigos, aunque sean perros; que tal vez vaya para las Playas del Sur, que ahí también se juntan los surfistas y son buena gente; él les va a calentar agua para el mate para cuando salen del mar muertos de frío y, si le tiran unas monedas no le va a venir mal. También me pidió que le hiciera un dibujo, porque seguro me va a extrañar y que si tanto ama a sus perros que trate de imaginarme cuánto me llegó a querer a mí. Yo le dije que también lo quería mucho pero que a mí no me salen bien los dibujos, que mi hermana me carga, que sólo hago monigotes –dice-, pero Don Manuel me contestó que a él le parecen muy lindos y que no me olvide de hacer al Negro con su hueso preferido. También me dijo que si cuando vuelvo para la playa no lo encuentro, lo ponga en una botella y lo tire al mar. Que él todas las mañanas va a revisar lo que la marea trae hasta la costa. Y no sabés las cosas que se encuentran –dijo-, que me quedara tranquilo. Ahora mismo me voy y lo empiezo a hacer –le contesté-, por si acaso. Pero seguro lo voy a ir a visitar; si mi papá no me lleva, me armo la mochila y voy con la bici. Es lejos pero si uno no es capaz de pedalear un poco más para estar con un amigo… Nunca, nunca, nunca lo voy a dejar solo. Eso lo aprendí con Don Manuel.
Cuando llegué a casa, en la vereda estaba la hija de la vecina, que es una perra –dice mi hermana-, y será porque se la pasa diciendo: ésta es una vida de perros, o qué noche de perros, o porque se puso de novio con Caniche, que antes era el novio de mi hermana. Apenas entré mamá empezó: Dejá de rascarte como un perro… pero yo me fui corriendo a buscar los marcadores. Tengo que hacer un dibujo para mi amigo –grité-, pero mi hermana parece sorda. ¿Por qué no me prestará los marcadores de una buena vez? Entonces me encerré en el garage y me puse a dibujar con el lápiz de carpintero de papá que en eso entró preguntando: ¿a qué hora cenamos que estoy cansado como un perro?
Yo no entiendo muy bien de qué perros hablan. A mí me parece que el único que sabe de perros es Don Manuel.
•cuento infantil publicado en el libro NUBE SUBE, Ed.Balder
martes 18 de diciembre de 2007
ÉBANO (libro completo)
Éste es mi nuevo poemario, el libro que jamás pensé publicar, que nunca quise escribir. Pero muchas veces la literatura nos pone otras almas, otras bocas en la mano, y en ellas somos aunque duela, aunque avergüence, aunque sea regocijo esta pena de besarnos en la boca con la vida o con la muerte... Ustedes dirán
Lo pueden encontrar en la página de poetas en la red (dividido en tres partes) o en nuestra página delapalabra. Por supuesto se agradecen comentarios
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domingo 5 de agosto de 2007
Para leer más textos míos
En estas páginas amigas (más que recomendables) se puede leer más sobre mi obra y la de muchos otros narradores y poetas:
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