lunes, 14 de julio de 2014

POEMAS PARA RECORDAR



JIRONES




He querido remontar las alas de los dioses / pero he falseado el rumbo // En descenso a las panteras del infierno  / me interné  en la vagina  de la muerte ///
Quizás haya sabido en la lengua / el roce sublime de la mirra // Pero un escalpelo voraz / quebró gozoso / el tímido sostén de mi garganta / mi otro  ser / que tras los barrotes de la vida / me esperaba ///
Apenas niña / violada / desnuda y cenicienta / quise/ entre azabaches / rasgar la mezquindad  de creerme invulnerable // Y replegada hasta el llanto / hasta el feto / hasta esa cumbre abisal que es la intemperie / reclamé mi derecho a la agonía ///
Pero no hay regreso ///
Sembrada en el arado infértil / los tentáculos de la cordura / se abrocharon a mi piel / me arrastraron  a los senderos de la furia ///
Mi palabra está maldita // La palabra de todos los hombres / es maldita // Calcina la piel / inflama / retuerce / mancha // Pero siempre es más / / Y nos somete // como a esclavos de una piel que nos devora el alma ///
La felicidad está regida por institutrices ciegas // Nos descalza la venda de los ojos // Nos lacera con su cordura luminosa / y nos invita a ver ///
Despierto / ahora / del cadalso de esta etiquetada mueca de coherencias cotidianas // Ya nada inflamará tanto  mis sentidos / como la muerte de este paladeo: Vivir en un segundo la eternidad / obligada a perecerla //
                                                              Voy a crucificar el andamiaje ///   
                                                                          He perdido el silencio

                                                                                                           y me río a carcajadas



 



"YO SOY EL QUE ESTARÉ"



Yo soy el que estaré

Le habían enseñado que había un solo Dios pero ocho bochazos en la Facultad de Teología de la UCA −más un poquito de calle por cierto−, le demostraron lo contrario. Los hindúes adoraban a Brahman, Shiva y Vishnu, los musulmanes a Alá; y a la Marga, los muchachos de la esquina; eso era una trilogía o una orgía, como lo de Dios uno y trino. Y cuentan que trinó el terceto tía, abuela y madre a su llegada, y le hizo creer que él sería especial, único en el mundo.
Pero se llamaba Carlitos, igual que el gordo de la otra cuadra, Gardel y el primo más chico; ni siquiera Carlos como su padre o Don Carlos como el abuelo materno. Por eso, apenas alcanzó la altura de la mesa del comedor, supo que tendría que hacerse notar. Así que empezaron las trepadas a los árboles, luego las amonestaciones en el colegio, y por último la carrera de técnico superior en sismografía planetaria. Al pedo, siempre al pedo. Porque Carlitos era Carlitos por mucho que quisiera diferenciarse. ¿Qué Carlitos?
Él tenía que hacer algo en la vida que lo transformara en un ícono, en el nombre de una calle por lo menos. No fue así. Como sismógrafo terminó trabajando de oficinista en el correo, como oficinista de correo −a pesar de coleccionar y vender estampillas− siempre ganó poco; y sólo pudo comprar una casita igual a todas con el plan del banco hipotecario para casarse con una chica, común y corriente, del barrio Chauvín. Él creyó que ese amor sí sería único en el mundo, y fruto de ese amor tuvo un hijo único… hasta que llegaron los otros seis. También creyó que ella sería la única mujer de su vida, pero cuando murió de una bronquitis común recién cumplidos los treinta y cuatro, como los hijos no podían quedar sin madre, se volvió a casar. La nueva resultó ser tan buena esposa y madre como lo había sido su mujer anterior. Y también la amó. Tanto como amaba el olor a tinta de los sellos, las postales de viaje sin sobre, los encabezados comunes, tipo Querida Martha: te escribo estas líneas…, o los formalismos: Sin otro particular saluda a Usted… Eran simples. Igual que los telegramas o las cartas de renuncia, igual a la que él mismo mandó una tarde setiembre, de esas tan sentimentales como suelen ser las tardes lluviosas de setiembre.
Carlitos se sintió entonces dueño de todo el tiempo del mundo para concebir una forma de llegar a la inmortalidad. Si no podía ser una calle, por lo menos una placa en la biblioteca el barrio; así que se dispuso a escribir su historia. No podía ser igual a otras, de modo que compró y leyó cuanto libro de memorias, diario o autobiografía encontró en las tiendas de usados, más las que le prestaron y aquellas que le costaron fortunas −por ejemplo las de los famosos que siempre cuestan demasiado sobre todo si son no autorizadas−. Todo había sido escrito. Uno quiere ser distinto y la suma de los distintos es innumerable… Primero se desmoralizó, después se dijo ¿por qué no? y fue entonces cuando le pasaron con un skate por encima del pie. Miró al jovencito con rabia y dolor. Cuando al primer hombre sobre la tierra le pisaron un pie ¿habrá gritado? Tal vez sí podría marcar alguna diferencia: No gritó. Tal vez por lo mismo “Qué tal López” figuraba en Wikipedia ¿O habrá sido porque lo escribió Cortázar?
Para la época en la que el libro iba tomando forma murió su segunda esposa. Él tenía 57 años y algunos de sus amigos empezaban a faltar a las reuniones de los jueves. Uy ¿te acordás de Pancho? Y qué tipazo el Rubén… tan joven. Que un infarto, que un cáncer de colon, que no tendría que haber salido a la ruta con esa niebla. De todos se acordaban un tiempo. Y después: nada.
Aquella tarde, poco antes de las seis, hora a la que cierra el cementerio de La Loma se le ocurrió ir a dar una vuelta. Había una leyenda en la que no había reparado hasta entonces: Aquí descansan los que no precedieron en la vida. Las inscripciones en las lápidas poco se diferenciaban unas de otras. No importaba si sus ocupantes habían dejado el reino de los vivos en 1879, 1946 o 2005. ¿Se destacaría la suya algún día? Allí estaban también las de sus dos mujeres, una en la galería de la izquierda al fondo, la otra a la derecha, tercer pasillo; las dos con los bronces opacos y el pasto crecido. A la salida encontró a la que sería su tercera esposa. A ella también la quiso. Y la quiso tanto como a las otras, con ese único amor único. Cómo puede uno amar, no más de una vez sino, tres veces. ¿Qué era el amor?
Decidió dejar de lado sus memorias y encarar otro género: el ensayo. ¿Sería original ese cuestionamiento filosófico? Sabía que no era dueño de las respuestas pero sí de las preguntas. ¿Acaso muchos no las habían formulado ya? Él no haría lo mismo. Le vino a la cabeza el nombre de una telenovela que miraba su madre: El amor tiene cara de mujer. No, el amor no era buen tema; había pasado ya por muchas manos. Igual que Marga, igual que él. Así que Carlitos, o Carlos, un tipo con nombre común, con una historia común, con las mismas preguntas que se han hecho desde hace milenios todos los mortales, se preguntó sobre la muerte y encontró que no había forma de hacerlo sino en plena vida.
Con la minuciosidad de un arqueólogo, Carlitos hizo autopsia a los recuerdos, recorrió los lugares de su infancia, investigó, abrió heridas y mortajas, enterró desengaños, resucitó juegos, sufrió otra vez las pérdidas y revivió la gloria de sus pocos logros; compró momias en el mercado negro, coleccionó obituarios, transcribió, definió, esbozó su testamento y redactó su epitafio. Cuando sintió que estaba logrando plasmar una obra que estaba seguro lo haría merecedor de un lugar en el Parnaso, la mujer lo incineró con la mirada, dio un portazo y se fue.
No se inmolaría.  Por fin era el único habitante de la casa. Recién ahora, con más de ochenta años todo cobraba sentido: Esa vida, igual a la de los muchos Carlitos que habían llevado o no su nombre, era única e irrepetible.
Esa noche lo internaron. Dicen que hablaba de tiempo y eternidades. De otros sin rostro, de disolverse, de fundirse, de un nombre impronunciable. Cuando le preguntaron el suyo, simplemente calló. Algunos afirman que eligió una cama cualquiera de la sala general, otros que fue la nº 7 del séptimo piso. Que se acostó a dormir, por última vez, con un NN atado al dedo gordo del pie izquierdo. Y que no tuvo miedo. Al fin y al cabo, su muerte sería igual a cualquier otra.

Veo Veo



VEO VEO

¿Qué ves? Mamá ve los brotes de los prunus a punto de reventar, rosados, lúbricos. Mira las azaleas y los agapantos, se deleita descalza sobre el césped nuevísimo y retira con cuidado un poquito de musgo que se ha establecido en el rincón más oscuro. Toma un tozo de soga y dibuja con ella el recorte de una nueva bordura que va a pedir al jardinero cubra con lamiun para iluminar el sector; lo imagina y sonríe, después entra y sube hasta el cuarto para arreglarse y salir con las amigas. Definitivamente esas sesiones de radiofrecuencia y el pulido con punta de diamante la hacen ver espléndida. Se delinea los ojos, la boca, sólo un toque de rubor color durazno. Ni un cabello fuera de lugar después del shock de keratina, lo peina hacia la derecha. Elige el jean con tachas y una remera animal print. El té es a las cinco. Ma, me podrías mirar el resumen de… No, por favor Gordi, ahora no puedo.
…Una cosa. Esto es una cosa, masculla el padre, no es fútbol. Ni ese boludo es un dos, no la para ni por puta. El padre cambia de canal, mejor las noticias. La Cristina está dando su discurso número veintisiete. Esto es futbol para todos, declama. Sí, claro, para todos los infelices que habitamos el suelo argentino. ¿Para esto pago Direct TV? ¿Para hacerme mala sangre? Hace zapping hasta que desaparece la cara de la K. No puede ni verla. Una mina… No hay nada que hacer ¿por qué nos se ocupa de cosas de minas? Sólo a nosotros se nos ocurre. Qué gente de mierda. Qué país de mierda. Se levanta del sillón, va hasta el escritorio, abre la correspondencia: una notificación del a Afip. La puta que lo parió… Pa, ¿puedo llevarme al auto? No. Y golpeá antes de entrar. ¿No ves que puedo estar con gente?
…¿Qué cosa? ¿Qué cosa estaba buscando yo?  Los ojos de la abuela saltan de una pared a otra del jardín de invierno. Se detienen en el canasto de la lana, en el almohadón de la mecedora, la manta, un pulóver a medio terminar, el último, el que le estaba tejiendo al viejo. Rojo. Rojo oscuro. Como la sangre que pasaba por el cañito de la transfusión, como la sala de terapia y los cortinados, como las venas que se le reventaban en los tobillos, oscuros como la infección. Púrpura, le habían dicho, pero las manchas eran rojas como la que vio en la sábana aquella mañana; fue su primer hombre, suele repetir, su único hombre. Por eso cada aniversario ocultaba la sonrisa tras un enorme ramo de rosas rojas. Rojo era ahora su dolor. Oscuro como seguir viviendo. Se agarra la garganta y se para frente al espejo. Entonces la ve. La aguja nº 9 está pinchada sobre el costado izquierdo de la mañanita.  Abuela, ¿No viste mi…? Sí, ya la , menos mal que le había pintado la punta de rojo. Últimamente no me acuerdo de dónde dejo las cosas, últimamente no me acuerdo de nada.
…Maravillosa. Ana Clara mira la foto de Martín. Pone “Me gusta”. Le gusta. Y mucho. Después ve pasar las notificaciones, las clickea rápido. Entra al muro de su hermano, ahí puede ver más fotos de Martín, las del partido de hockey contra UNI. Mira esos bíceps contraídos, la bocha que definió el tanto con su golpe en pleno vuelo, se detiene en las piernas, en los cuádriceps. Agranda la foto…Tiene los ojos más profundos que haya visto jamás pero no la comenta, no puede hacerlo desde ahí. Vuelve a su face, al álbum de la reunión del sábado. Está con las chicas vestida de azul. Todas están vestidas de azul. Como los ojos de Martín. Ahí sí pone “Me gusta”, porque se gusta. Y porque le gustó que la besara, y está segura de que también le gustó cómo besaba ella. Esta noche la va a llamar. Es un divino: alguien que tiene en la portada una foto de cuando era chiquito no puede ser sino un dulce. Y van a ser felices para siempre. Ana… ¿Qué mirás, boludo? ¡Cerrá esa puerta! Privacidad. ¿No entendés lo que significa privacidad?
…De qué color. Blanca. La tiene sobre la mesa de luz. Ve que es poca. Se da vuelta y tapa la cara con la almohada. Se da vuelta otra vez. Mira el techo, es blanco. Todos los techos son blancos  menos el de su hermana que está pintado de celeste con estrellitas. Pelotuda… Estira el brazo para agarrar la gillette. Mejor no, mejor dejarla para después. Pone música. ¡Bajá esa música! se escucha desde abajo. No va a bajarla. Se agarra las sienes, recoge las rodillas y apoya la cabeza sobre ellas. No da ni para una línea. Al apretarse los ojos todo pasa del verde al rojo al azul. Y otra vez blanco. ¡Bajá esa música! No otra vez. ¿Qué me tienen? ¿entre ojos? No, no esta vez. Arranca las frazadas, va al baño para buscar una benzocaina para cortarla. ¿Otra vez con dolor de garganta? le pregunta la abuela. Al salir se choca con la madre. ¿Por qué no mirás por donde caminás! Es que ese chico debe andar ojeado, intenta tranquilizarla. El chico hace como si no las hubieras visto y se encierra en el cuarto, con llave esta vez. Muele, mezcla, separa la línea en dos. Enrolla con cuidado un billete de dos pesos y esnifa. El polvo asciende por su nariz, baja por la laringe, se le hunde en la tráquea. Tirado de espaldas intenta tocar el techo pero ve cómo se aleja a medida que él hunde en la cama; sonríe ante la blandura de la almohada del colchón del cuarto entero. El efecto tarda, tal vez la cortó demasiado. Se levanta y va por las pipas; sabe que así durará menos pero lo necesita ahora. Elige la que tiene el dibujo del águila montada sobre la serpiente; falta el tigre, pero no se extraña, qué es lo real o cuánto vale. Mete lo poco que queda en la pipa y la enciende con el billete. La oreja izquierda de Mitre se desprende y cae sobre una hoja doblada del cuaderno Rivadavia abierto al costado de la cama. Adiós monografía. Ve los dos rostros presidenciales arrugarse y fundirse. La coincidencia es absurda. Da para reírse y se ríe. Cuando trata de apagarlo con el pie, como la media es de lana, solo consigue avivar el fuego. Se quema. Se quema y ríe como loco mientras ve las llamitas subirle por la pantorrilla. Se la arranca y tira contra la ventana, observa extasiado cómo la cortina de voile se dispara en llamas hacia arriba.

Es la esquina de los Echeverría. No. ¿La de los Alzaga? No. Es la de los Gutierrez. ¿Ves algo? Sí, a la madre; lleva un manojo de vestidos, creo, y una valija… No, son dos valijas. ¿Qué más ves? Al padre, salvó la notebook, una pila de carpetas que casi se le cae y un bolso… un bolso o un maletín grande. ¿Qué cosa? Que ahí está la nena llorando abrazada a un oso de peluche. Y la abuela. A la pobre la traen arrastrando; parece como si quisiera volver a entrar. Es el turno del chico pero el chico no sale. La sirena destella en todos los colores. Todos lo ven. Nadie ve al chico. El humo es negro. Lo veo. Veo.

(Publicado en "el libro de los Juegos" Ed. Martín 2013)

domingo, 2 de junio de 2013

POEMAS NO TAN VIEJOS 2 ( PUBLICADOS EN LA ANTOLOGÍA 2012 "FIN DE CITA"



Lluvia Y Rimmel                                                              

Los puños se clavan a las sábanas
su boca mordida
                 la queja apenas

Él la ama así
                       muda
ella lo sabe
por eso enciende la luz frente al espejo 
             y  para salvarse
                para no morir
se abre toda rouge y sangre
             en una sola mueca
       
Ella no obedece luna alguna
se recorre sola
                          penitente
masturba su imagen
y adicta a su herida
             llora puñaladas
      
Él quiere encender eternidad
          en su ombligo descalzo de mujer
recorre esa aridez
             y la envuelve
hasta hacerla trapo paloma y tanto beso

Mientras
             ella se somete a su antojo
pubis esclavo bajo esa lengua de bronce
y su matriz espina pájaros
                bajo los brazos de la lluvia

La noche avanza
con tatuaje de ébano en los ojos
porque ellos se aman así
             a pura lágrima
                    contra la pared en fuga

y cuando despierten
ella sacudirá
                 de la sábana al sol
esos puños de acíbar


Encono

Es un gesto que se pare
ese de hacerse contorsión
y oler su sangre
                       
Sabe que ayer fue roca pierna y beso
bamboleo jadeante apeándose de él
desde ningún destino

que ansió ser uno
                      y pubis
                           y aguardiente

Hoy
        debe rociar su frente
                      de aceite y alabastro
socavar el lecho y el azogue

Mueven sus caderas los ángeles de viento
(Ella ha calzado sus formas de preñez)

y alza el vaso para crucificar el coito
                      en una pancarta que grite
la avenida de su nombre


Bambalinas

Hay algo en la aceptación de ese nombre
               que la mueve hacia el olvido
un mirar antropófago
               hacia la silueta sepia/ajada de su rostro

Siente ahora el resabio de tu lengua entre los dientes
pero no hay imagen ni voz en la memoria

Está saboreando un trozo de salmón
y le repele el recuerdo de esa pelvis apretada
Toma un sorbo de whisky
                                           escocés
                                                             del mejor
 y un cúmulo de cucarachas escupe miel sobre  su escote

Derribemos las trastiendas

La noche intenta prolongarse
                                    en el vagido de las sábanas

y no sé por qué estamos hablando de esto
       en la lavandería de la esquina


De moras en los ojos

 

Vestida de frío

cruza la calzada del sol

No lo ve                
             La arena es álgida
y protege las nervaduras de su cielo

Ella eleva tres fotos

      que hoy resultan intrusas en su almohada

profecía tal vez
              sobre una piel demasiado blanca

 

Por eso bebe de memoria
aquella imagen que sabe de fragmentos

Es imperfecta su soledad

Bajo la sombra de cualquier esquina

puede alumbrar de ágata el pasado


Dejar De Ser

Quieta divisoria conduce a la caída
Desciende
                 a inhalar hondo
                 su propia gestación

Todo es silencio
                           y un jadeo inútil
que profundiza la asimetría de los cuerpos

Cada porción de piel construye el infinito
Los límites se expanden
                   como si huyeran
                                            avergonzados
del residuo que dejan en el otro

Mueca innominada
                            "Salir requiere mil disfraces"


De Las Rejas

La mañana no quiere alzarse del bostezo

Persiste la resaca del amor
     -una cuchilla que dibujó fronteras entre los muslos-

Llueve un agujero en el alma de Dios

Él la quiere niña
                   virgen otra vez para sostenerle los ojos

para que abrigue su eternidad
          del cansancio de seguir a tientas
                                                 buscándola


Circular

Es una muerte lenta
        tomar la copa y desbeberla
vestirse del orgasmo a la cordura
             desabrazarse del temblor
hacia el ascético saludo en mangas de camisa

Es inútil pretender encadenar la arena libre
                          o demorar la semilla

Así avanza la vida
                   o la muerte
- es lo mismo-

equivocándose  una y otra vez

queriendo ser salto  
               y por qué no orilla


Una y Mil Veces
                                a Enrique Blanchard

Juré no volver a escribir
pero acá estoy
encadenada a ese círculo de ébano

Un poema para quién
                       o para qué
si una vez más
me amortajo a la blancura

Rea de tu red
                      me hago antifaz

No quiero sumergirme en otra temporada
ni hacer símbolos de mis ebriedades

Como un barco
                    naufrago
                              otra vez en mí

y me aburre

tanto

"CASTA DE HEMBRAS" y "TODO ES CUESTIÓN DE CUIDARSE"



Casta de Hembras

Cuando cargó con la hermana y su vientre todavía chato creyó que la primera noche en Retiro sería la peor. Pero no, lo peor vino después, con el invierno, los vómitos y esos hijos de puta que no dejaban de robarles lo poco que juntaban en las esquinas entre las flores y los clavas.
Como la necesidad tiene cara de hereje, ella no cree en Dios, y porque Dios es macho. Así se lo enseñó a la hermana; de modo que aprendieron pronto sin ningún santo que las cobije, las mañas de la calle: a pedir con los ojos dulces y enormes de las vacas, a acostarse sobre sus pocas pertenencias, y que no hay hombres con códigos, que todos son la misma mierda. Como el Hugo que al principio, cuando no llegaban para el paco, les compartía unas secas a cambio de nada. Pero eso fue sólo por un tiempo.
Porque fue también el Hugo el que le puso el fierro en la mano. Es una pistola Beretta 9 mm, le explicó. Para vos, tu hermana ni la toca ¿estamos? todavía es muy pendeja. Claro, pero a la tuya bien que se la dejaste agarrar. Y ahora le gusta. Lo hago porque me gusta y encima traigo plata. Sí, hasta que te puedan preñar o te pegues la papa, pelotuda. Vos no sos mi madre.
Ella también era una pendeja cuando encontró a su viejo al costado de la madre muerta y la obligó a decirle a la cana que la habían encontrado juntos cuando volvían de la escuela. Pero yo volví y vos… Volvimos, dije. Juntos. Fueron los de la otra cuadra, vos los viste.
Después empezó todo aquello, pero de eso no quiere ni acordarse.
De lo que sí se acuerda es que al chumbo primero lo llevaba descargado, para asustar no más; pero como la gente anda con poca plata en el bolsillo y tampoco vale la pena jugársela por monedas, el Hugo le fue metiendo en la cabeza que tenían que entrar a darle a las casas. Que él se quedaría afuera de campana, que al fin y al cabo la otra ya no era tan chica y que nadie desconfiaría de dos minas, mucho menos de ella embarazada. Eso sí: Tenés que cargarlo, no hay que ser boludos. Si alguna vez estamos en el horno, va a ser a matar o morir; me entendés ¿no? Y ella lo cargó, pero no por lo que le había dicho el Hugo.

La cosa daba, venía fácil. Entonces, ¿por qué ahora se la están viendo tan fiera? Por qué la hermana la sacude del brazo. Largalo, grita, ¿Qué te pasa? Ella no contesta. No para de golpear y de escupir al anciano que, de rodillas alza las manos y se agarra a los costados de su cadera. Pará viejo ¿qué carajo hacés?
Por piedad, ya te di todo… Tengo dos hijas. Ella lo mira con asco. ¿Vos también te las cojés? El viejo está aferrado a su jogging y cuando trata de empujarlo hacia atrás, casi se lo arranca. ¿Qué te pasa Nena? grita la hermana ¿Qué mierda está pasando?
Por favor, suplica el anciano. Por favor papá, suplica ella. ¡Cortala Nena! Dejate de joder, rajemos. Pero ella no puede moverse. La tiene otra vez parada sobre el inodoro, ya le sacó la camiseta. No, papá, no… Porque es al viejo, a su viejo, a quien ve arrodillado con la cara sudorosa entre sus piernas.  Al viejo de mierda, que con una mano le desliza el pantalón del jogging desteñido hacia abajo y con la otra le acaricia la carita mojada. Ella no entendía entonces, pero aquella tarde entendió. Por eso cuando vuelve a sentir esa lengua áspera contra su pubis aun sin vello, gime: Por favor papá, basta…  La hermana grita que lo suelte. ¡Soltalo Nena! El viejo sólo quiere que lo sueltes. Yo quiero que lo sueltes. ¡Ahora!
Pero ahora ella ve la sangre en su pantalón. El anciano está llorando. Ella no. Como aprendió a dejar de hacerlo cuando el vello le creció y él dejo de besarla. Puta, tenés sangre ¡puta! Cuando por primera vez la dio vuelta, el brazo retorcido hacia atrás mientras la tironeaba del pelo para empujarla contra el catre. Siente el mismo tufo, siente esa baba, el ardor cuando le arranca la bombacha, su cara contra el colchón, el peso que no la deja respirar… ese dolor.
¡Puta! Ella se resiste. Ya no resiste. Traé a tu hermana, carajo, la abofetea, que la traigás te digo.
Ella quedó a un costado de la cama, deshecha; fue cuando escuchó los gritos, cuando no pudo hacer nada o sí pudo, poco antes de llorar juntitas, abrazadas, mientras se limpiaban la sangre entre las piernas. Entonces supo que tenían que irse de la casilla. Que a su hermana no iba a volver a tocarla. Y se fueron. Esa noche en Retiro una monjita le puso el primer pan sobre la palma sucia. Agarralo, es tuyo, le dijo, y ella lo apretó fuerte, como ahora al chumbo.
Al mes siguiente no hubo sangre, tampoco al otro, ni el que vino después. Que no sea nena, por favor que no sea nena. No puede soportar que tenga que sufrir así, como ella, como su madre, como su hermana. Que no sea nena… Te digo que no, de una que es machito, vaticinaban las amigas. Esto no falla: si el anillo gira para de la derecha, es varón; y mirá, gira como loco… ¡Basta! Tampoco voy a parir otro animal. Quiero sacármelo. Por eso cargó la Beretta, por eso está entrando a las casas; después del sexto mes es más difícil.
Ahora patea al viejo con furia, con la misma con la que trataba de sacarse al suyo de encima; entonces no podía, ahora sí. ¡Viejo de mierda, largame, mal parido!

Entonces las sirenas, el viejo que se le abalanza, el culatazo en pleno rostro, dos disparos… Y las puteadas del Hugo afuera, que se raja mientras ella cae sobre las piso de baldosas y se asfixia con el peso del otro sobre su cuerpo; y la necesidad urgente de sacárselo de encima, de pujar… Ella que no aguanta, que se ovilla entre la sangre, que desgarra la placenta, que quiere creer que Dios existe: Que no sea una nena, Dios, que no sea nena…
Su mueca entre estertores se parece mucho a una sonrisa. 




Todo Es Cuestión De Cuidarse


Cuidado con esos muertos que vos matáis,
pueden gozar de muy buen salud
Padre Alejandro

Con las lolas recién hechas y catorce kilos menos acudí a la cita. Está usted espléndida −me dijo el Dr. Filkenstein− pero tiene que empezar a darse algunos permisos. Hay muchas maneras de endulzar la vida, no sólo con aspartamo. ¿Por qué no se da una vueltita por Youtube, investiga los daños que le puede causar y analiza otras alternativas?

Y sí, ahí estaba la causa de todos mis síntomas: El apartamos produce cáncer, apatía sexual, dolores de pecho, insomnio, depresión, contracturas musculares, trastornos digestivos, herpes, jaquecas, hasta ¡puede llegar a causar muerte súbita! El Doc tenía razón, así que de inmediato lo agregué a mi lista de los “Ya no” y a la semana volví al consultorio.

−¿Y? ¿Cómo se siente? ¿Mejor?
−Sí. Todo está claro ahora. Ya no más aspartamo ni ningún tipo de endulzante artificial.
  Nada de yogures light ni chiclets sin azúcar. Pero tampoco azúcar.
  Ya no galletitas oreo ni merengadas ni pan con manteca.
  Ya no Mac Donald. Ya no salchichas. Ya no panceta ahumada.
  Ya no más chocolates, bocaditos Cabsha ni alfajores de dulce de leche.
  Ya no asado con grasa los domingos. Mucho menos chorizos o pechito de cerdo.
  Ya no fiambres ni papas fritas. Nada de salamín picado grueso.
  Ya no más maní con la cerveza.
−Muy bien, muy bien… ¿Y los permisos?
−Míreme usted. Me siento bárbaro. Medito, corro, bailo todos los días… 
   Ya no fumo. Ya no bebo. Ya no me drogo. 
   Ya no estoy enamorada de ese hombre.
  
   Ya no me creo.
 

POEMAS NO TAN VIEJOS 1



EL RING DE ESTE EMPEÑO CORROE FOTOGRAFÍAS

el aire no tenía lluvia
 dentro de tu boca
Luis Escobar

No será tu nombre
                              a mansalva
lo que me empuje a la pleamar
En mí estará siempre el dictado de la piedra
    
Ya no diré labios
                 no diré ojos
ni siquiera el borde de un como antes
apenas la derrota de un dios niño
acurrucado en su tristeza

No intento evadirme
tu nombre no “me sabe a hierba”
a pena sí
               y de la mucha
       
Sé que amábamos la lluvia
    que besamos faros irrepetibles
y no había en el rugir de la tormenta
golpe ni lenguaje a medias

Pero hoy los pasos pesan y de barro
se ha vuelto cuanto toco
           Se me encharca la saliva

Escribo “te extraño”
              y no es cierto
quiero recordar cómo se extraña

Tengo a la muerte agazapada detrás de los ojos
entre tus piernas tardías
         la meseta insuperable
y el esperma arrojado contra pared del tedio
Un portazo en la garganta
              que no se atreve a ser grito

Ahora
          esta la asfixia de espineles
puede más que nuestros cuerpos

Se estira la mudez
se estira el cansancio
              entre dos botellas a medio vaciar
como siempre
                        a deshora

Es que a vos el arrojo no te cabe
por eso mis manos se alargan
alguien reza un verso anciano
                     y revuelve los tachos de basura
¿Acaso queda algo de nosotros?
Las calles están vacías

Como una marioneta
busco hilos que cuelguen mi mareo de una soga
Ya no quiero respirar

Llueve todavía
            pero mi voz está sucia

Afuera la calle se calza los tacos
y sale a envejecer    

miércoles, 14 de septiembre de 2011

SEGUNDA EDICIÓN DE: Invierta un Hijo

Antes de fin de mes Editorial Martín publicará la segunda Edición de mi libro: Les adelanto un fragmento

INVIERTA UN HIJO



Un ángel llora con un niño muerto entre los brazos

Sobre un pesebre de humo seca angustia

Garganta de Dios

Día de gritos mudos

en la campana hermética de corazones yertos

Los vientos entrelazan almas en rondas

suben

bajan

flotan alas

No hay victoriosos ni vencidos

Infierno

Cielo

Una misma cruz germinada en el Hongo del Dolor





Se han perdido los rumbos en vahídos

y un idiota

besa

vientre al suelo

los pétalos intactos de su sangre



Se confunden los olores

el sudor que aventuró heroísmo en las alturas de la noche

lágrimas como lentes aguzando los ojos

Y es certera la metralla

porque la eternidad se elevó en niños

de lodo y disparos



Yo no creo en fantasmas

pero disparo al centro

del alma

(por si acaso)



Sé que morirás

como se resiste a morir esta guerra

con una granada entre los dientes

recordando el campo de tu padre

como un equilibrista a la borda de las Parcas

ante enloquecidos ojos

en el océano de las tumbas



Y vas cayendo

muerte

a

muerte

cada noche en que una sombra de enigma

se abre entre las grietas de la selva

—¡Disparen! —fue la voz del sargento

Ya no hay duda cuando el miedo nos aprieta la garganta

...Un quejido leve

como el llanto de un niño que espera el pecho de su madre

—¡Son niños! ¡Diablos! ¡Eran niños!

Y corrimos



Los dejaba caer el ángel ojos pájaro

Y nuestros cuerpos

a través de todas las madres

hundieron palmo a puño en las heridas

Entonces

toda la música del universo

es un grito ahogado a los abismos No hace falta llorar



Estás solo

El hambre se desmembra frente a los escombros

abre sus vísceras como fauces gigantescas

devora hombres

El prejuicio es un sabor inexistente

cuando las costillas arden como sables en la espalda

Comimos esa noche

y se hincharon los estómagos

con los aullidos bailando desde adentro



Escapa la luna a su tibieza

se refracta en pómulos brillantes de betún y hueso

Suspira la noche en su mudez

Los latidos son pesadas botas de escuadrón

resbalando por el cuerpo



Más sordo que un timbal abigarrado de melancolía

tan ciego

como el bastón con el que guían sus miedos enredados

En cada jirón del uniforme

la maleza del hombre

y sus pedazos





No conocen el rostro del verdugo

pero existe un hacedor de verdugos

bajo el antifaz de la bandera

de ahí la lucha:

Ver entre las franjas del emblema su cárcel

y la otra

la de ellos

en victoria



Hoy lloramos



Soy yo

y

seré yo

bandera a colores entre rejas de horror

iEs buen negocio el negocio de la muerte!

Miles de ataúdes cubrir de gloria

Manto ultraje

Millones los billetes

Infinita

la mezquindad

Nos sentimos invierno

amparando nuestros huesos para la emboscada final

La escuadra herida de muerte

ante nosotros

Entre las filas

abre boquetes la distancia

Cada uno reliquia el medallón de un compañero

El que estalló en el refugio

El que emprendió la avanzada

El que alzó nuestro cansancio

Pesan sus cadenas al bolsillo

como espectros que profetizan en el miedo su miedo

Ese miedo que nos torna más sagaces



Una línea de fuego despeina los anhelos

—Algún error —gemía el novato con el esternón alzado en lápida

¡Debe haber algún error!

Borra el caos ese instante de infantil lucidez

Alucinación presentida

Conciencia inútil de buscar a cada paso

nuestro nombre

entre los otros sin pasos



Horror



iAún quedan espacios vacíos más allá del universo!

donde las estrellas se nos antojan siniestras

donde la ausencia de la luna es el mejor de los regazos



Nada más será

Sólo humedad de tierra

y un beso de sangre que destemple los cuchillos



jCubran con un manto la fosforescencia de los huesos!

Hay lujuria en el rictus de las calaveras que desfilan sin tráquea

Y como una cachetada

el sarcástico pincel de una mariposa

Un fracaso de gusto áspero

como cientos de lenguas

reptando solas

por las grietas de la tierra



Cintillos sin dueño recorren las falanges

Acá

en esta hoguera miserable de sulfuros

fardos negros de plástico amontonan húmeros

rótulas

clavículas

rompecabezas del Dante

—jY aún faltan piezas! —llora un niño

Escápulas

fémures

la foto de sus padres

Y reza el reglamento:

No embolsar caliente

—Es un dogma culinario —sentenció la mujer del general

No embolsar caliente

mientras las trincheras aún estén tibias por el latir de la sangre mientras el llanto sale las botas del amigo

mientras aún se huela el sudor cubriéndonos la espalda



Me asfixia esta guerra etiquetada de incoherencia

Infiltradas de perfume las hembras generales

De las rocas florece un arcoiris



Hoy al arribo siete rostros afeitados

novatos imbéciles de uniformes impecables

seducidos voluntarios para el frente

Frente ingenua

Y yo estoy al pie

mirándolos

lamiendo profético

sus heridas

arropando terrores

cansado de este nido de serpientes

del derrumbe astral de cada bomba

del aullido agonizante que transforma en caos

los susurros expirados

Quiero ver a la vida ahuyentarse de la muerte

No más envíos

La portezuela del avión se me antoja una llaga que sangra verde oliva

Y seguir

Seguir el vuelo de metrallas con los brazos anidando las cabezas Seguir el rumbo de aguas rojas y cuerpos entroncados

Seguir el miedo

Seguir el himno que pesa herrumbre en nuestros pasos

y ya no continuar



El delirio de una brizna con curvas de mujer trepa las sienes Municiones como senos al pecho la tersura del acero

La sangre

semen

escapando agotadas nuestras fuerzas

De palpar los huesos beso y rojo

Manos desvariadas

Azota una granada el ángel

Siento que algún error

descuelga el infinito

Es más allá del canto de la piedra

donde es blanca cuna el estómago de un muerto

anónimo el caos

ajeno

el pastar de las ovejas

Dolor de ser uno y sin porqué

en una nueva plantación de tinta sobre la foja de las bajas

Luto encabritado

Tronar cañones y silencio de emboscadas

Hay un precepto solitario en un puño que se cierra

porque ayer lo vi

ese rostro que viste de enemigo no es un rostro

ayer lo vi

casi humano

casi niño

desmesuradamente solo

enfermo

aterrado

soñando bastones de azúcar

(como yo)

como yo

bárbaro

asesino

bestial que corre

lanzado sin piedad a un mismo abrazo de fuego

que nos mate y nos acune

Sobrevivo más allá de los acordes bajos de una acústica vacía Sobrevivimos ellos y nosotros

mientras nos horadan los tímpanos los aullidos de la peste



Mortal arrebato arrebatando mortales

Una sinfonía somnolenta en el pentagrama del poniente

Blancas calaveras de silencio

jMaldigan al hombre!



Soy un gorjeo que agoniza en la marcha de los pájaros



Se agujan los cadáveres en el tapiz de la muerte

Penetra el humus la sangre

Allí

donde el pájaro enhebraba semillas

en los antes jardines

los antes huertos

los antes cielos

hay un reloj destrozado con los brazos apuntando al infinito

ese espacio esposado hermano de lo eterno

profano y paradójico

como los misiles

las gotas de lluvia

las plegarias



Se fuga el trozo de hierba en medio de un corazón ensangrentado



Miro a lo lejos

tan cerca abrirse

las mandíbulas desencajadas de la sonrisa de Mefisto

y otro ojo

abierto

redondo

y brillantemente inútil

rodar por la ladera

Soy la profecía viviente de una cruz sin nombre

La boca en trino de un pájaro de lodo

Como un bostezo hastiado de tanto esperar la muerte

daré la vida sin un porqué a las fauces de la tierra



Pronto

las palas cubrirán de polvo el polvo de los huesos



¿Quién burlará una lágrima en los ojos del juego?

Ayer un compañero desertó en la lucha

no a la guerra de mentiras y verdades

de laberintos y emboscadas

de colinas tomadas y bases destru1das

no a la guerra de dioses y banderas

de tropas y aeroplanos

de tierras de nadie y tierras del error



Era su guerra de rocíos tempranos y sudores nocturnos

de cantos de cigarra y oídos sordos

de llanto de niños



Él cubrió con el vientre una granada

los brazos extendidos en santa inmolación

—Debo cuidar la simiente —arrullaba abierta su garganta

al nido de las vísceras

—Regar las semillas —lloraba con el llanto

Y alumbrando una explosión

la espalda en un hueco de corolas

vistió de sangre los ocasos

Ayer un compañero escapó a las nubes

Yo no puedo irme de la muerte

De la mano me lleva moribundo

y me voy

en ella

hacia adentro

cargando restos de sal por el llanto de las olas

resplandeciendo en la última bengala que un grito lanzó al cielo

abrigando miembros helados en esa zambullida

más allá de los abismos

Y los navíos fueron

Me pierdo en mí mismo

en ese laberinto de congojas donde extravié la ajena

en el desafinado acorde de los gemidos de la derrota

en el silencio de los pasos sin dueño

en este rompecabezas

que no quiero componer con mi parte de pésame



¿Correr?

¿Hacia dónde?

Los féretros se apilan como torre de cubos en manos de malabarista

Es tanto el llanto como los corazones púrpura en camas de hospital

como la fiebre y el terror

como las confesiones de haber asesinado

en los oídos del presbítero

(Hay extrema unción en los extremos de su mano)

Huir

Abrir las alas

El fin de la guerra nos dejará cachorros

huérfanos en este nido con olor a cuartel y sudor de batalla

con sabor a miedos y betún resbalando por las sienes

con dolor de llagas nuevas

y viejas caras esfumando la memoria

Pero amamos ese olor sabor dolor

lo reconocemos

a ciegas

como un niño recién parido al pecho de su madre

La guerra nos alimenta con su calostro

y nos inmuniza





A mi costado la humedad de la tierra tiembla



hay mil ojos en los ojos de la noche

en los ojos de la jungla

en los ojos del aire

Y ya no hay ojos



Un arco de horizonte se ha tragado los gritos

y truena

en rodada estampida

el frío rodar por las muñecas



Metrallan los dientes el beso de metrallas

el aire está cargado de siluetas

los espectros acarician con viento los cabellos



A mi costado la humedad de la tierra tiembla

y el sol enceguece espejismos de mujer



Es el alba

con un sol creciente que hará renacer el hedor de la carne

Pateo la furia de la fruta en el despunte

Ahora

que su madurez me recuerda el sexo de las moscas

iquitame

oh Dios apócrifo

esta hambruna de cuerpos calcinados por el mediodía!

La angustia pende boca abajo en el pendular del campanario

Cada vez más cerca de nuestras soledades alas cartilaginosas como un delta de lava

florecen en ramilletes de terror

De nuestras manos crispadas

escapan de las sienes

como escapaba al sol nuestro secreto de cuerpos desnudos

bajo el pudor de la paja

como el llanto en luto de la boca del hombre

como el gorjeo de una alondra ante la muerte de una estrella



La angustia pende boca abajo sus alas

hasta rozarnos



Por eso grita



Grita hasta que no haya oídos sin voltear a tus espaldas

Grita hasta el cielo y grita hasta las grietas

Grita insultos lágrimas sangre

nombres de nadie nombres poderosos

en nombre del pecado y en nombre de la guerra

en nombre del mar que muere

en nombre del hombre que ríe

por el nombre de Dios

por nombre diablo

al nombre del llanto y de la cruz sin nombre



Grita



Grita hasta detener la rotación del universo





Más allá de la noche del alma

La tierra aprisiona soldados bajo lápidas en línea

En el horizonte germinan dagas con empuñaduras en cruz

Y caerá la última bomba como lágrima de Dios

para vomitar del suelo a sus espectros

(Las mujeres se persignan)



Yo tengo una esquirla en la memoria

y alucino a mi madre pariendo

pariendo

pariendo

Genocidio de mi sangre en el vino espeso de la hiel

pariendo

hasta emborracharme de amargura

pariendo

una y otra vez

fetos con rostro de enemigo

Hoy vi un anciano de ojos grises buscando a tientas el lugar de su ciudad

Nada sabe de guerras que cambian geografías

Nada sabe

(y bendice su ceguera)

Sólo trastos y abismos a sus pies



Una grieta desploma el desayuno hacia la úlcera ardiente del centro de la Tierra

quemando vivos los bostezos matinales

Desnudas las bocas de leche tibia

blasfeman sed tapiadas de escombros

y no conciben el olor a boca de mujer vomitando inmundicias

a ríos plenos de pájaros en llamas



Busco en la memoria algún atisbo que dibuje en su luto la masacre ese tapiz bordado de huesos en labios sin voz

Arena y miel la boca que se infecta con los gritos huecos de un páramo silente

¿Acaso la fiebre aterrada de la primera desnudez?

Intersticios de almas cuelan las costillas arrasadas

como un cráter enorme abandonado por la tierra

Sarcástica ternura

Beso de fuego

Pero hay otra boca

helada de llamas que funde el iris del sol



La nombro muerte



He enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí

harto de gorriones anidando calaveras

de este crimen de paz herido el seno

sin vida

de este banquete de cuervos hastiados de carroña

perdido entre los gritos de esta guerra

La voracidad del hombre traga niños con balas en el pecho

y sólo he enterrado esta desesperación incesante de volver sin mí



Son punzantes los ojos alumbrando hiel tras las hogueras

Las entrañas de una aldea vomitan coágulos de horror

vomitan medallas los pechos generales

vomita un enjambre de tumbas la tierra

vomito

yo



Un sudario de sangre jala las máscaras de esta comedia absurda

Con inocencia de aleteos febriles copula una libélula

Gritan que tienen alas las escápulas de un muerto

El morir es siempre virgen

Frágil doncella vejada del horror

No sé por qué seguir la huella

La guerra hace hombres así

con el gesto ridículo y humano de hacerle una tumba al enemigo

Hay algo de inmoral en este infierno

vestigios de lujuria amurallados en la crueldad

"Hazme gozar Señor de la impúdica desnudez de un cuerpo

sin sangre"

Y encascados

los niños aprendieron a gozarlo



Gesta cadáveres el ombligo del monte

cuando el escabro es una cintura leve que duerme en el bolsillo

Pero yo seré en los labios de tu sexo el anticipo de la muerte

Como cuchillas los labios parirán maldiciones

llamará a exilios demenciales la nostalgia

al primer capullo en los manzanos

al ternero que chupa de las tetas de su madre



De cartón son los puntales de la blasfemia

¿Debo recordar que estoy hablando de la guerra que un circo macabro tiende su carpa de humo que las naciones aplauden

que el hongo crece cobijando espectros

que estúpida flamea la victoria?



Tal vez alguno evoque la alegoría de un rasguño



Debo recordar que estoy hablando de la guerra



Soy mi resto desnudo de mí

un espectro que vaga en ripio de falanges

como manos náufragas abrasadas por la sed

La acequia emerge infecta de serpientes

jactándose de sus llagas

llorando lágrimas de orín hacia el abismo



Yo sólo puedo cruzar crespones como látigos

Y soy harto falaz en esta mímica



De mi cuello cuelga un proyectil

la bala con que maté mi primer hombre

cuando corrí a cazarlo

hundiendo

árticas mis manos

en sus vísceras calientes

Como un tatuaje rígido llevo esos ojos estaqueados en el alma



Un proyectil cuelga de mi cuello

Horca ineficaz

Los ojos siguen quemando al sol que quema

El aire ha mutado en un bostezo

Me encuentro en el oráculo de una efigie tramada en luto

Un tanque ha comenzado a roer la fronda

como a un jardín

las motas de sangre la fornican

Bajo los párpados la memoria destrenza sus aguas

y lenguas de dulzura anidan mis nudos

Terror de estar

vivo y huésped

en cadalso de este lazo con alma de mujer

Hoy el cuervo acelera los retornos



Soy gemelo a mí mismo en otra muerte

un salto al infinito vacío de Sus ojos



La guerra zurce prolija nuestras llagas

ante un sol verdugo afiebrado de sentencias

Sólo la noche

hembra madre del destierro

nos devuelve al seno del cansancio

Estoy desfigurado de mi ser

trizado idólatra en cuchillas de sangre

Fangosa mi alma los codos las rodillas

En llanto carcomida

mi niñez



—Y será entonces rechinar de dientes –repetía mi madre apocalíptica— Será entonces

Sin saber que hoy

(Nada más)



Yo

espejo en los ojos de aquellas madres que recibían a sus muertos

vi bajar en guirnaldas de los trenes cuerpos enhebrados

Bajé



Era setiembre en casa de mi padre

Ya no asustaba a las vecinas que en los ataúdes sembraran crisantemos

y subí al holocausto como un animal sediento a su propio abrevadero

Era setiembre en casa de mi padre

Las mujeres cargaron sus semillas

Enmarañado

el cabello de una mujer acaricia la maleza

con los ojos abiertos en un abanico estático hacia el horizonte

sus palmas hundidas feroces en el cuerpo de un niño

completamente desnuda de piel y llanto

Del delirio

belleza en fuga

Ciega de Dios

con una mueca en beso cayendo de los labios



La guerra es un aletear tristísimo de lluvias



Recuerden

yo he enterrado esa desesperación incesante de volver sin mí

Es la noche petrificada de la acecho

la burla del incesto con los hijos de la patria

debo seguir

trotando trampas de trincheras

Seguir hacia la nada

lamiendo miedo

y seguir

seguir

Seguir de ojos

de labios

de terrores

Seguir de angustias

de entierros

de aporías

Pero ya no continuar



Yo sabía del aroma de azahar en los naranjos

espinas y eternidad

Estoy en cópula con las llaves del infierno

Mirame

Ya he muerto

estoy abrevando de mi propia sangre entre la hierba

y he visto el rostro de Dios llorando sangre

Dame Señor un poco de tus náuseas

un poco de tu llanto

o tu vergüenza

porque ya no adolezco

Estoy seco de horror

Los astros saben de mi burla hacia lo eterno

Soy un pájaro lleno de silencios

perdido clarividente en noche de mil años

con la lengua blasfemando vértigos

El tiempo cauteriza el hedor de la carne

Cabellera poblada de hostias el vuelo de las aves

Ardiendo

los ángeles han huido



Pero no temas

No es morir presentir la muerte

Horca destronada

Vértigo y migración de ojos

Humíllala con el rocío de tu frente



Huiré por fin de ser esquivo

de la maleza acerada del espanto

Se desmembran los hombres al otro lado de las playas

Mortajas errantes

hastiadas hostias

eco torrente confinado al dolor solo



Hay una bestia en mí

insaciable de coágulos y exilios

una urgencia agazapada

Una cópula aburrida con los signos

Esta trinchera no parirá mi redención

Ajeno de inocencia he tatuado fetos en vientres de mujer

Encumbrada violación que anchas manos rasguñan insensatas



No existe bálsamo donde dar fuga a los despojos

Confines herrumbrados del pánico

Telón de escupitajos hacia el rostro de Dios

En la boca del lirio

es irrepetible

cada respirar

La tierra

mestiza sobreviviente entre botas y sangre

maga descalza en arrebatos de rocío

sostiene un soliloquio eterno con la ignominia de la cruz



y yo

Hermana Tierra

un sitiar desesperado a las lindes de mi cuerpo primitivo



El ángel lloraba su amargura serena

No sé si pueda recordar



¿Acaso soy yo

ese que camina cubierto de gloria y láudano

mezquino lujurioso de emboscadas?



Lamo el sabor inútil de los manzanos de la niñez

los cuentos al pecho de mi padre que olía a quietud

Y duele ausencias

destemplo ausencias

muy cerca de estos abortos infiltrados de medallas

Si terminara esta guerra adónde ir huérfano de lucha?

Parda profecía revienta

Estalla en secretos laberintos el pájaro de lodo

En las gargantas la furia palpitante de un corazón de hierro

Y hoy

que me arden los párpados en los ojos de Juan

en los míos

en los de todos los soldados muertos

me emborracho del llanto de los vivos

donde una redecilla se sueña

se eleva con aroma a azahar

y un jugo verde

pastoso

cuela las grietas

horada tumbas

cala mi asco

el asco de las damas de caridad que toman el té

y se instala ahí

justo delante y un poco más abajo de la inserción de la lengua

El asco decía

y los azahares

No sé cómo poemar azahar y muerte

Punzo mi grito como la cigarra su canto atrincherado

—¿Te acordás mamá?

El esqueleto me llevaba en brazos

riendo suelta su suelta mandíbula.

enorme riendo

devoradora

(y yo despertaba en llanto dentro de su boca)



La memoria puede expandir los tiempos hasta deformarlos

No sé por qué he venido

Ni siquiera soy poeta



El oficio de testigo siempre me produjo horror

Por eso sumo mi música al gemir de las esquirlas en el vientre Avanzo desnudo

con el odio como herramienta

con la visión de la muerte como coraza

(Eso dijeron)

¡Si yo sólo siento piedad!

¿Desnudo?



Tengo el abrigo de mi escuadra

De su presencia me embriago

El recuerdo sabe a vino caliente

mano caricia

a esa madre que arropa las hilachas

que aún conservamos de niñez

En un fogón que agoniza brasas traemos historias

Hay ojos pardos y sonrisas blancas

Hay llantos de niño y caricaturas del espanto

Hay puños cerrados y bocas

¡tan abiertas!



Estoy desposado con la guerra

¡Con esta guerra!

Por eso la comprendo

y permanezco en mi amada como en un capullo de aguas en sueño



Ella me ha preñado de infinito



Tal vez deba callar







MARCELA PREDIERI