lunes, 14 de julio de 2014

"YO SOY EL QUE ESTARÉ"



Yo soy el que estaré

Le habían enseñado que había un solo Dios pero ocho bochazos en la Facultad de Teología de la UCA −más un poquito de calle por cierto−, le demostraron lo contrario. Los hindúes adoraban a Brahman, Shiva y Vishnu, los musulmanes a Alá; y a la Marga, los muchachos de la esquina; eso era una trilogía o una orgía, como lo de Dios uno y trino. Y cuentan que trinó el terceto tía, abuela y madre a su llegada, y le hizo creer que él sería especial, único en el mundo.
Pero se llamaba Carlitos, igual que el gordo de la otra cuadra, Gardel y el primo más chico; ni siquiera Carlos como su padre o Don Carlos como el abuelo materno. Por eso, apenas alcanzó la altura de la mesa del comedor, supo que tendría que hacerse notar. Así que empezaron las trepadas a los árboles, luego las amonestaciones en el colegio, y por último la carrera de técnico superior en sismografía planetaria. Al pedo, siempre al pedo. Porque Carlitos era Carlitos por mucho que quisiera diferenciarse. ¿Qué Carlitos?
Él tenía que hacer algo en la vida que lo transformara en un ícono, en el nombre de una calle por lo menos. No fue así. Como sismógrafo terminó trabajando de oficinista en el correo, como oficinista de correo −a pesar de coleccionar y vender estampillas− siempre ganó poco; y sólo pudo comprar una casita igual a todas con el plan del banco hipotecario para casarse con una chica, común y corriente, del barrio Chauvín. Él creyó que ese amor sí sería único en el mundo, y fruto de ese amor tuvo un hijo único… hasta que llegaron los otros seis. También creyó que ella sería la única mujer de su vida, pero cuando murió de una bronquitis común recién cumplidos los treinta y cuatro, como los hijos no podían quedar sin madre, se volvió a casar. La nueva resultó ser tan buena esposa y madre como lo había sido su mujer anterior. Y también la amó. Tanto como amaba el olor a tinta de los sellos, las postales de viaje sin sobre, los encabezados comunes, tipo Querida Martha: te escribo estas líneas…, o los formalismos: Sin otro particular saluda a Usted… Eran simples. Igual que los telegramas o las cartas de renuncia, igual a la que él mismo mandó una tarde setiembre, de esas tan sentimentales como suelen ser las tardes lluviosas de setiembre.
Carlitos se sintió entonces dueño de todo el tiempo del mundo para concebir una forma de llegar a la inmortalidad. Si no podía ser una calle, por lo menos una placa en la biblioteca el barrio; así que se dispuso a escribir su historia. No podía ser igual a otras, de modo que compró y leyó cuanto libro de memorias, diario o autobiografía encontró en las tiendas de usados, más las que le prestaron y aquellas que le costaron fortunas −por ejemplo las de los famosos que siempre cuestan demasiado sobre todo si son no autorizadas−. Todo había sido escrito. Uno quiere ser distinto y la suma de los distintos es innumerable… Primero se desmoralizó, después se dijo ¿por qué no? y fue entonces cuando le pasaron con un skate por encima del pie. Miró al jovencito con rabia y dolor. Cuando al primer hombre sobre la tierra le pisaron un pie ¿habrá gritado? Tal vez sí podría marcar alguna diferencia: No gritó. Tal vez por lo mismo “Qué tal López” figuraba en Wikipedia ¿O habrá sido porque lo escribió Cortázar?
Para la época en la que el libro iba tomando forma murió su segunda esposa. Él tenía 57 años y algunos de sus amigos empezaban a faltar a las reuniones de los jueves. Uy ¿te acordás de Pancho? Y qué tipazo el Rubén… tan joven. Que un infarto, que un cáncer de colon, que no tendría que haber salido a la ruta con esa niebla. De todos se acordaban un tiempo. Y después: nada.
Aquella tarde, poco antes de las seis, hora a la que cierra el cementerio de La Loma se le ocurrió ir a dar una vuelta. Había una leyenda en la que no había reparado hasta entonces: Aquí descansan los que no precedieron en la vida. Las inscripciones en las lápidas poco se diferenciaban unas de otras. No importaba si sus ocupantes habían dejado el reino de los vivos en 1879, 1946 o 2005. ¿Se destacaría la suya algún día? Allí estaban también las de sus dos mujeres, una en la galería de la izquierda al fondo, la otra a la derecha, tercer pasillo; las dos con los bronces opacos y el pasto crecido. A la salida encontró a la que sería su tercera esposa. A ella también la quiso. Y la quiso tanto como a las otras, con ese único amor único. Cómo puede uno amar, no más de una vez sino, tres veces. ¿Qué era el amor?
Decidió dejar de lado sus memorias y encarar otro género: el ensayo. ¿Sería original ese cuestionamiento filosófico? Sabía que no era dueño de las respuestas pero sí de las preguntas. ¿Acaso muchos no las habían formulado ya? Él no haría lo mismo. Le vino a la cabeza el nombre de una telenovela que miraba su madre: El amor tiene cara de mujer. No, el amor no era buen tema; había pasado ya por muchas manos. Igual que Marga, igual que él. Así que Carlitos, o Carlos, un tipo con nombre común, con una historia común, con las mismas preguntas que se han hecho desde hace milenios todos los mortales, se preguntó sobre la muerte y encontró que no había forma de hacerlo sino en plena vida.
Con la minuciosidad de un arqueólogo, Carlitos hizo autopsia a los recuerdos, recorrió los lugares de su infancia, investigó, abrió heridas y mortajas, enterró desengaños, resucitó juegos, sufrió otra vez las pérdidas y revivió la gloria de sus pocos logros; compró momias en el mercado negro, coleccionó obituarios, transcribió, definió, esbozó su testamento y redactó su epitafio. Cuando sintió que estaba logrando plasmar una obra que estaba seguro lo haría merecedor de un lugar en el Parnaso, la mujer lo incineró con la mirada, dio un portazo y se fue.
No se inmolaría.  Por fin era el único habitante de la casa. Recién ahora, con más de ochenta años todo cobraba sentido: Esa vida, igual a la de los muchos Carlitos que habían llevado o no su nombre, era única e irrepetible.
Esa noche lo internaron. Dicen que hablaba de tiempo y eternidades. De otros sin rostro, de disolverse, de fundirse, de un nombre impronunciable. Cuando le preguntaron el suyo, simplemente calló. Algunos afirman que eligió una cama cualquiera de la sala general, otros que fue la nº 7 del séptimo piso. Que se acostó a dormir, por última vez, con un NN atado al dedo gordo del pie izquierdo. Y que no tuvo miedo. Al fin y al cabo, su muerte sería igual a cualquier otra.

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